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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáRespecto al aborto y el derecho a la vida, hubo dos experiencias de amigos cercanos que me marcaron mucho y quiero compartir.
Un amigo tuvo fiebre alta que podía ser rubiola, y coincidió que semanas después su señora se sintió mal, fue al médico y estaba embarazada. Eran jóvenes, se asustaron y consultaron con el médico las posibles consecuencias. Él no les mintió, si se hubiera infectado la madre, habría un 51% de posibilidades de que tuviera un síndrome de rubiola congénita. No hubo síntomas, pero era una posibilidad.
Si se da, el síndrome de la rubiola congénita implica un grupo de síntomas según la tríada de Gregg:
Problemas en la audición.
Enfermedades de los ojos.
Cardiopatía congénita.
Otros síntomas se dan a veces:
Problemas del bazo, hígado o médula ósea (algunos pueden desaparecer poco después del nacimiento).
Retraso mental.
Cabeza de tamaño muy pequeño (microcefalia).
Problemas de visión.
Peso bajo al nacer.
Hepatomegalia.
Micrognatismo.
Con esta perspectiva, la solución del médico era, en la duda, interrumpir el embarazo cuanto antes. Eran jóvenes y podían tener otros hijos. La medicina no podía asegurar que el niño naciera sano, tampoco que no.
Hicieron un viaje y volvieron solos. Tuvieron otros hijos, pero siempre voló sobre ellos la sombra de un hijo que no quisieron. Una triste historia que no terminó bien.
Otro amigo ya tenía una familia armada cuando llegaba un nuevo hijo, la pasión de los padres y de los hermanos.
Cuando hubo un problema y a la madre se le rompió la bolsa cuando aún no llegaban a seis meses de embarazo. En esos tiempos, no había los mismos recursos médicos para recién nacidos, menos para un inmaduro de cinco meses.
Les insinuaron que esos recursos extraordinarios no asegurarían la supervivencia y no estaban obligados a asumirlos, pero ellos insistieron.
Hasta los siete meses esa pequeñísima criatura que ni pulmones tenía luchó como un valiente y fue la causa de vida para sus papás, sus hermanos y para toda la nursery del hospital.
Cuando volvió a la casa, todo le costaba más y le llevaba tiempo, un retardo era notorio.
Pero, al mismo tiempo, el cariño y un corazón de oro que abrazaba a todos era el sol de la casa.
Les cambió la vida, el papá aflojó una brillante carrera profesional para estar en la casa, y todos volvían cuanto antes para compartir con él momentos, sacarlo a pasear; compartir momentos felices sin preocuparse es lo que el pequeño les enseñó a todos.
Silbaba mi amigo cuando me contaba, como Bobby McFerrin: Don’t worry, be happy…
Los hijos son regalos de Dios que llegan para cambiarnos la vida para mejor, no les tengamos miedo.
José Zorrilla