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    La promesa y la jura de la bandera

    Sr. Director:

    La subsecretaria de Educación y Cultura y reconocida historiadora, Ana Ribeiro, ha realizado algunas declaraciones que tal vez no comprendemos, justamente por venir de quien vienen.

    En efecto, refiriéndose a la promesa y jura de la bandera declara: esta ceremonia “obedece a las necesidades de afianzamiento nacional, que tuvieron todos los países (…) y que luego se mantiene como una tradición”.

    Agrega luego: “(…) hay que ponerse en la mentalidad de los niños, que son los que finalmente juran, ya que para ellos representan un honor absolutamente desmedido en la infancia” (El País, 20/9/2021).

    Como es sabido, los niños prometen la bandera y luego, adolescentes, la juran. Más allá de los términos usados que tal vez molesten, como el jurar, se trata de una tradición (tradición: transmisión de noticias, composiciones literarias, doctrinas, ritos, costumbres, etc., hechas de generación en generación; Diccionario de la RAE).

    Es para nosotros no solo una tradición, sino un acto que, en ambas oportunidades, recordamos con alegría. Un acto que en las familias se festejaba y tal vez se festeje. No se trata de “un honor absolutamente desmedido” sino, en la infancia, ir sintiendo el significado de patria y su bandera. Para algunos hoy un trapo.

    Siguiendo con la teoría, estaríamos de acuerdo en correr las fechas nacionales para que se transformen en feriado largos, sin ningún significado más que ese, feriado.

    Estamos seguros de que a la profesora Ana Ribeiro le debe rechinar cuando a un adolescente y hasta algún adulto se le pregunta qué se conmemora, por ejemplo, el 18 de mayo y este no tiene idea de lo que se le está hablando, como ocurre con otras fechas patrias. Eso se debe a que no se le ha dado —ex profeso— la importancia debida a los símbolos nacionales, comenzando por el corrimiento de esos días, situación que ahora, afortunadamente, se ha modificado.

    Por razones familiares en nuestra adolescencia debimos vivir en el exterior; en el puerto el director del liceo al que concurría (Jerónimo Zolezzi) me entregó una carta para abrir en el viaje y en ella me decía: “Cuando veas la bandera del Uruguay flamear en otro país, recuerda a tu familia y a tus amigos, ella a todos nos representa”. Desde entonces ver mi bandera y escuchar mi himno me emociona.

    En su excelente obra El caudillo y el dictador (editorial Planeta, 2003), la profesora Ana Ribeiro relata que Artigas, en su largo exilio en Paraguay, bien dominaba el guaraní, aunque “siempre conversaba en castellano” (pág. 516, obra citada). Más adelante, consigna, un anciano entrevistado que conoció a Artigas de niño cuenta: “Siempre me acariciaba y me decía, mira, yo te voy a robar y te voy a llevar conmigo a Montevideo” (ídem, pág. 517).

    Es decir, Artigas en su largo exilio jamás olvidó a su patria, demostrado en su idioma y en su recuerdo de Montevideo.

    Es justamente eso el concepto patria, bajo cualquier circunstancia, aquí en nuestro suelo o donde la vida nos lleve. Para ello, qué importante es entonces tener presente siempre nuestros símbolos nacionales y tradiciones, asociados a ellos nuestros afectos y también nuestras promesas o juramentos.

    Jorge Ciasullo

    C.I 793978-7