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Es una lástima que en una ciudad pequeña como Montevideo, con una actividad musical tan dominable, no haya sido posible evitar la coincidencia, el mismo día y a la misma hora, de dos conciertos relevantes: por un lado la Gala del 85º aniversario de la Ossodre y por otro el recital del pianista argentino Bruno Gelber. Pero así son las cosas y quien esto escribe optó por ir a escuchar a Gelber. La noche del lunes 20 deberá figurar en los anales musicales montevideanos porque el arte interpretativo de Gelber consiguió amalgamar a la concurrencia que casi colmaba el Teatro Solís, en una comunión silenciosa y extasiada con los sonidos que brotaban del Stenway.
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Hubo un cambio no anunciado en el programa. En lugar de la sonata Nº 23 op. 57 Appassionata, Gelber hizo la Nº 21 del op. 53 Waldstein como segunda obra, luego del inicio del recital con la sonata Claro de luna (Nº 14 op. 27). Esta primera parte del programa con las dos sonatas de Beethoven fue la zona más seria, reflexiva y por momentos angustiosa del recital, notas estas que son propias de ciertas obras beethovenianas y que Gelber supo traducir con trazos imborrables, como por ejemplo lo que hizo de principio a fin con la Waldstein, con subrayado especial en el Adagio molto, breves minutos de hechizo total.
La segunda parte cambió la seriedad por una sonrisa y nos trajo el Carnaval opus 9 de Robert Schumann, monumental obra para piano escrita en 1835, que repasa en 22 piezas breves los personajes del carnaval y de la commedia dell’arte. Es una obra de extrema dificultad no solo técnica, sino sobre todo interpretativa, porque exige del solista un equilibrio emocional que le permita transitar por el contraste permanente en velocidad, en color, y en estado de ánimo. Gelber pasó de la exaltación a la introspección, de explosiones de alegría a una tristeza dulce, de los pasajes marciales a los valseados. Quien esto escribe confiesa que nunca escuchó una versión del Carnaval de esta enjundia. El recital culminó con el Andante spianato y gran polonesa opus 22 de Chopin, que fue una fiesta del canto, del fraseo y del rubato con un buen gusto infalible.
Se sabe que este discípulo del agrio y exigente Vicente Scaramuzza, quien también fue en la misma época maestro de Martha Argerich, le enrostraba a Gelber las “facilidades sin límite que poseía Martha”, al tiempo que le enrostraba a Martha “la profundidad del canto de Gelber”. Más allá de las maldades del maestro, en el Solís brilló por todo lo alto esta profundidad en el canto. El pianista argentino logró algo que muy pocos pueden: recrear viejas y transitadas obras con una luz nueva que las rejuvenece, las reformula y las sirve en bandeja nuevamente para que el público admire y disfrute su vigencia. Cuando se tiene algo diferente para decir y se es capaz de transmitirlo con esta hondura, se hace posible esta transformación de lo viejo en algo nuevo.