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    Los tiempos de la democracia

    Sr. Director:

    La democracia tiene un problema con los tiempos.

    No es el único problema que tiene la democracia. Hay otros, estructurales, como es este. Pero concentrémonos hoy en este.

    Cada vez hay más temas o actividades que no pueden estar todo el tiempo sujetos a (o amenazadas por) cambios.

    Tradicionalmente era un punto que se refería exclusivamente a la tarea de legislar: las leyes deben tener estabilidad. Pero los tiempos modernos exigen perdurabilidad en otros temas (cada vez en más). Pensemos en la política monetaria y en la comercial, en la infraestructura, en el medioambiente. La gente no quiere que le estén cambiando las reglas todo el tiempo, o no poder saber hasta cuando debe decidir una inversión o contará con la infraestructura necesaria o si le van a modificar los requisitos medioambientales.

    Por otro lado, la democracia no funciona bien si sus gobiernos se perpetúan. Elecciones periódicas y limitadas son parte esencial del funcionamiento democrático.

    La gente quiere, a la vez, políticos de Estado (así los llaman cuando pretenden que sean supragubernamentales) y renovación, cambio.

    ¿Cómo atar esas moscas por el rabo?

    Constitucionalmente, muchos países han ido evolucionando hacia fórmulas que buscan aislar relativamente, del elector, algunas de las actividades que mencionaba. En esa línea va la creación de bancos centrales autónomos, así como de órganos de contralor y regulación fuera de la órbita de los poderes ejecutivos.

    Similares inquietudes están llevando, en paralelo, a reformas constitucionales que desplazan competencias del Parlamento hacia el Ejecutivo, respondiendo a otras insatisfacciones con el funcionamienbto clásico de la democracia, pero otro día hablaremos de eso.

    Volviendo a los remedios “temporales”, cabe señalar que tampoco concitan la aprobación general, al menos no en forma constante. No son temas que la ciudadanía perciba normalmente, pero ocurre a veces la desorbitación de los organismos autónomos.

    En algunos países la solución que junta renovación política con permanencia de políticas la han buscado en la creación de burocracias estables. Lo que en Inglaterra llaman mondarins. Pero tampoco aquí hay aceptación unánime y permanente. Ahí está Emanuel Macron empeñado en suprimir el ENA, semillero máximo de mondarins franceses.

    El ideal es que el sistema político tenga la madurez para dialogar y acordar, sin tener que funcionar con base en constreñimientos constitucionales.

    Pero es precisamente lo que no está en la mayoría de los regímenes democráticos contemporáneos: desde EE.UU. a la Argentina y del Reino Unido a Italia, pasando por Colombia, Perú, Ecuador, Brasil —Uruguay— Francia, España, Italia y tantos más, la realidad es de democracias con partidos fragmentados y enfrentados totalmente, alejados de cualquier posibilidad de construir políticas de Estado.

    En definitiva, como ocurre en tantos otros órdenes, se ha perdido la vieja virtus, elemento esencial de la democracia.

    La democracia ayuda a permitir que la virtud humana se desarrolle, pero no la inventa, ni la transforma.

    Ignacio De Posadas