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    Maracanazo mundial único

    Sr. Director:

    Fue el pueblo que con su pasión sin límites le otorgó la propiedad del del Campeonato del Mundo jugado en Brasil en 1950 en el estadio de Maracaná ganado por Uruguay y considerado por el periodismo especializado de todo el mundo como la más grande hazaña del fútbol mundial de todos los tiempos. No habrá otra igual. Su recuerdo renace siempre en cada 16 de julio y se identifica en un solo nombre: Obdulio Varela, capitán de una gesta deportiva que inundó el planeta siendo un factor decisivo en lo anímico y temperamental y envidiable espíritu de lucha. Fue un auténtico representante de lo más hondo de nuestro ser nacional: la capacidad de enfrentar y superar las mayores adversidades, transformándose en leyenda… Estaba dotado de una asombrosa intuición capaz de discernir al instante y resolver qué decisión tomar ante una compleja situación. Se ejemplifica con el gesto sin olvido posible de “la pelota bajo el brazo” en el maracanazo. Ese día, en el túnel, cuando entraban a la cancha les había instruido: “Entren caminando despacio, provocativamente tranquilos, erguidos. No miren a la tribuna, sino al frente, porque el partido se juega aquí abajo y somos 11 contra 11, los de afuera son de palo, ¿tamo?”, clasificado como el sermón de las siete palabras. Ya en el centro del terreno de juego el valiente Negro Jefe les arengó: “Cumplidos solo si somos campeones”. Ante 200.000 hinchas, Brasil se pone en ventaja a los 3 minutos del segundo tiempo. Con un empate ya eran campeones. La multitud a un ritmo de samba, cohetería, globos y serpentinas se convierte en un verdadero carnaval. Entonces aparece Obdulio con la pelota bajo el brazo, iniciando una incomprensible protesta, reclamando un órsay. El juez inglés no le entendía y llaman a un intérprete. Había que enfriar, y así transcurren varios minutos. El estadio entero comienza a insultarlo con gritos hostiles, silbatina y amenazas. La euforia del gol se transforma en rabia, enojados, furiosos, que se traslada a los jugadores, perturbados, descontrolados, apaciguando así los seguros ímpetus de entusiasmo por el gol obtenido. Obdulio a su vez les da ánimo a sus compañeros preocupados: “Todos tranquilos, ahora a ganar”, y empieza a mandar, ordenar y arengar. A los 22 minutos empata Schiaffino. Un silencio sepulcral ganó el inmenso escenario, solo rasgado por el sonido del silbato del juez y por Obdulio que a puro grito se tomaba la camiseta y se golpeaba el pecho incitando con amor propio y valentía a obtener el triunfo. Así lo hicieron, cuando Ghiggia a los 34 minutos hace el gol de la victoria. Estupor general, llantos y silencio en la multitud desconsolada de un seguro triunfo. “Yo solo no fui —dijo Obdulio— fueron todos muy buenos, que estaban en su apogeo”. Se ganó con la mente, no solo con la habilidad. Pero ese partido sin Obdulio no se ganaba. Durante 15 años ocupó la titularidad de la selección nacional siendo su capitán y también en los clubes Peñarol y Wanderers entre los años 1941 y 1954. Se retiró de las competencias oficiales de fútbol en 1955, a los 38 años de edad. Más que un jugador de fútbol, tenía una dimensión humana y sensibilidad conmovedora. Fue un gigante de la solidaridad, la amistad, sencillo y humilde, jamás rehusó compromiso ninguno que tuviera que ver con su patria, el honor, la tan manida camiseta celeste y un entrañable amor por los niños, que lo convierten en un ejemplo, un modelo que trasciende lo meramente deportivo, verdadero símbolo de la capacidad de liderazgo. Sería incorrecto no expresar que tuvo varias decepciones y desengaños. Que lo golpearon fuerte y soportó en silencio, sin rencores, reproches ni válidos reclamos; siendo la mayor frustración soportada el descarado robo de una colecta nacional para regalarle una casa, que nunca se aclaró. Con un crédito en el Banco Hipotecario su suegro le construyó una casa en el barrio de Villa Española, donde vivió hasta su muerte. Vivió con una moderada jubilación y una pensión otorgada a los campeones mundiales, cubriendo sus necesidades con austeridad sin apremios, complementada con habilidades de su esposa húngara Catalina Keppler durante 50 años de casados. Habiéndolo acompañado en los 10 últimos años de su vida me brindó su afecto y confianza, valorando mi compañía con intensas vivencias compartidas. A los 68 años, ajeno a todas las vanidades, halagos, homenajes y títulos, se atrincheró en su casa sin ninguna actividad. Realicé frecuentes visitas comenzando un mutuo conocimiento, intentando ser intérprete de sus sentimientos, historias, necesidades normales a su edad, entrando en la privacidad de su hogar con discreción, afecto y comprensión, contribuyendo a superar su exilio. Paseos por la ciudad en sus lugares conocidos, escenarios deportivos, visita a la concentración celeste en los Aromos, conocer Punta del Este, volver a espectáculos de carnaval. Siempre sin mucha exposición pública, de corta duración. Así, cuando la oscuridad del olvido se despeja, este está lleno de memoria y regresan los recuerdos que en la vejez provocan remembranzas de alegrías vividas. Durante años han proliferado notas en diarios, revistas, radios, televisión. Instalaciones deportivas con su nombre, libros, estatuas, obras de teatro, piezas musicales. Ha recibido distinciones y condecoraciones internacionales destacándose la Orden al Mérito del Fútbol Sudamericano y la más resonante a escala mundial: la medalla Orden al Mérito otorgada por la FIFA en ocasión de disputarse el Campeonato Mundial de Fútbol en Estados Unidos, en 1994, al que asistió acompañado de su señora y este autor. Es el único jugador uruguayo que ha recibido esta distinción. Maracaná no es una reliquia de museo, es una lección de vida, de fe, de amor propio, de serenidad para sobreponerse a la adversidad, de valores humanos que trascienden los tiempos, ejemplificantes, un hábito perenne para las nuevas generaciones de perfil uruguayo que se va desdibujando entre el vértigo de la modernidad. El 2 de agosto de 1996, a los 78 años de edad, dejó de latir su enorme corazón de gigante, mi amigo Jacinto, bueno, generoso y valiente como nadie.

    Prof. Armando Fernández

    CI 864.717-9