N° 1793 - 04 al 10 de Diciembre de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUn mes fue suficiente para saber si el ministro de Defensa Nacional, Eleuterio Fernández Huidobro, se disculpaba o presentaba una denuncia luego de acusar de corruptas a las empresas encuestadoras; afirmó que el 26 de octubre, con sus resultados, estafaron a los votantes y pese a la gravedad de esa imputación, nada hizo.
No todo es válido en la lucha política. Mal que les pese a los idólatras de Maquiavelo, deben descartarse el engaño o la crueldad. Cuando se atribuyen delitos a empresas o personas con reputación intachable se camina por la cuerda floja. La única excusa para evitar responsabilidad penal es ser inimputable: se puede padecer paranoia, ser un psicópata o estar dominado por una adicción que lleve a delirios sin fundamento.
En cambio, nadie está a salvo de cometer errores por los cuales, como siempre, se paga un precio. Las encuestas sobre las elecciones condujeron a conclusiones equivocadas de políticos, analistas y electores. Luego, con los resultados a la vista, varios empresarios admitieron sus graves errores y se comprometieron a revisar su metodología, como lo expresó en Búsqueda Luis Eduardo González, director de Cifra, quien admitió haber sufrido el mayor golpe de su carrera profesional.
En la investigación social, la técnica de las encuestas tiene como objetivo reflejar la preferencia o el rechazo de la opinión pública en áreas variadas: comerciales, empresariales, deportivas, institucionales o electorales. Desde que un diario de Estados Unidos hizo la primera a comienzos del siglo XIX los encuestadores utilizan básicamente una técnica de cuestionarios a grupos reducidos y representativos de la sociedad, con un método que el vertiginoso cambio de las comunicaciones obliga constantemente a modificar o revisar.
Desde siempre, quienes no resultan favorecidos por el resultado de esas “muestras” las cuestionan, a veces con razón, otras sin tenerla. Hay algo indesmentible: ningún encuestador se equivoca a propósito. Su mayor capital, su medio de vida y el de su empresa es dar una información lo más cercana a la realidad y mantener la credibilidad frente a sus clientes. Y son de todos los colores partidarios. No tienen una bola de cristal; no son magos, clarividentes ni chamanes, y sus resultados no deben considerarse 100% acertados. Por esa razón le destinan un porcentaje al error (+/– 3%) e incluyen en los resultados porcentajes de indecisos y de quienes no quisieron responder.
El objetivo de estos profesionales no es el de conducir a la opinión pública (aunque algunos con dolo así lo consideren), sino mantenerla informada y, fundamentalmente, orientar en la toma de decisiones a quienes, como es el caso, planifican campañas aunque hayan expresado como verdad absoluta algo erróneo: “El Frente Amplio no tendrá mayoría parlamentaria”.
Con la misma temeridad irresponsable con la que ha transitado por su vida, Fernández Huidobro descarta errores. El 10 de noviembre en “La República” acusó a las encuestadoras de haber actuado como criminales para impedir que el Frente Amplio ganara en la primera vuelta siguiendo las directivas de los “grandes medios de comunicación”.
“Las encuestadoras lograron lo que se propusieron, o le propusieron, y triunfaron”, afirmó. Cuando se le preguntó si consideraba que hubo alevosía (un agravante en la responsabilidad criminal) en los resultados de las encuestadoras, no dudó: “¡Claro! Les propusieron que hicieran algo para que no hubiera mayoría parlamentaria y para que hubiera segunda vuelta. Si no hubiera sido por los datos de las encuestadoras hace rato que el Frente Amplio hubiese ganado en la primera vuelta y ese dato ellos lo sabían muy bien (…); fue el principal objetivo de las empresas encuestadoras, aunque por más que mintieron no pudieron hacer maravillas, pero una piernita le pudieron hacer (…); hicieron el trabajo que les mandaron hacer los grandes medios de comunicación”. En síntesis, afirma y reafirma que mediante conscientes maniobras corruptas estafaron a los electores.
Para el ministro, las empresas (sus titulares) falsearon los resultados para incidir conscientemente en contra de una victoria del Frente Amplio en la primera vuelta. Si, como afirma, tiene pruebas (dice que empleados frenteamplistas de las encuestadoras “por abajo nos pasaban los datos verdaderos”), debe ponerlas sobre la mesa para que todos sepamos la verdad. No solo en el ámbito electoral, sino respecto de cualquier otro tipo de encuesta.
Pero no lo hace. Miente o no le da el cuero. Su estilo ha sido el mismo de siempre: lanzar ráfagas de diferente calibre, incluyendo difamaciones e injurias. Tampoco reaccionaron las encuestadoras que ante el sacudón prefieren mirar al costado. Si invocaran lesiones en su honor el ministro se vería obligado a producir la “prueba de la verdad” de lo que dijo y quedaría al desnudo.
Alguien me advirtió que no hay que dar por el pito más de lo que el pito vale. Tiene razón, pero el pito no lo sopló “El Ñato”, el ex guerrillero, militante locuaz y sin límites éticos. Es un ex senador, actual ministro de Defensa Nacional y hombre de confianza del presidente José Mujica. También es un decrépito político cuyas actitudes pueden enturbiar la legítima y arrasadora victoria de Tabaré Vázquez. Si el futuro presidente busca la perdida concordia a lo que contribuyó ese charlabarata, no lo tendrá en cuenta junto a varios que patean en la misma dirección.