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    Nomenclátor de Montevideo

    Sr. Director:

    Empecemos por su nombre actual. Hay 36 hipótesis respecto al origen del vocablo, algunas estrambóticas. En cuanto al nombre primigenio, era San Felipe de Montevideo, debido a que el rey de la época era Felipe V, el primer Borbón de España. Así aparece en el acta de fundación jurídica de la ciudad, firmada por Zabala. Así se le llamó durante el siglo XVIII. Recién en el siglo XIX, a principios, se agrega Santiago, como puede comprobarse en las actas del Cabildo y en los grabados ingleses de la época de las invasiones.

    El proceso de fundación de la ciudad comenzó en 1724 y terminó en 1730. En ese mismo año, el Cabildo aprobó el primer nomenclátor urbano. Refería a la situación de la calle o algún elemento que la caracterizaba. Ejemplos: calle del Puerto y calle de la Iglesia. Solo había un nombre propio, siendo el de un vecino de origen francés, Callo, que quizás por eso resultara singular. Se cumplía con la función elemental del nomenclátor: la orientación del viandante.

    En 1778, el Cabildo impone un nuevo nomenclátor. Son ahora, todos nombres de santos.

    Recién en 1843, en plena Guerra Grande, surgió el nomenclátor más apreciado por los especialistas. El Dr. Andrés Lamas creó un nomenclátor para la Ciudad Vieja y la Ciudad Nueva. En el primero se hacía una síntesis de nuestra historia, cosa tan importante para la identidad de la población de un país joven: Indígenas, Colón, Solís, Reconquista, batallas y personajes —Zabala, Alzáibar, Pérez Castellano, Maciel—, siendo uno solo de origen extranjero, Washington, por ser el “grande institutor del gobierno republicano representativo”. La calle donde funcionaba el Parlamento, en la sede del Viejo Cabildo, fue llamada Cámaras.

    El nomenclátor de la Ciudad Nueva comprendía nombres de los departamentos del Estado y nombres de la topografía nacional. Con el paso del tiempo, al empezar a fallecer figuras políticas, se echó mano al nomenclátor, cambiando nombres en él, y así, rompiendo la armonía del mismo.

    La autoridad encargada de la nominación callejera era la Junta Económica Administrativa (JEA), legislatura comunal de entonces.

    También los rematadores de terrenos, en una ciudad que crecía, dieron nombres a barrios a inaugurarse, y por supuesto, a sus calles.

    Al entrar en vigencia la nueva constitución (1917), la JEA iba a ser sustituida por la Asamblea Representativa. En las últimas sesiones de la JEA se dio nombre a alrededor de 900 calles. Como lo señala Alfredo Castellanos, este bien intencionado propósito les hizo actuar con premura, que no tuvo buenos resultados. Como lo señala el mismo autor, luego se ha seguido actuando “sin plan de conjunto” con lo cual se ha incurrido en “denominaciones inapropiadas”.

    Recién en 1952 se creó una comisión técnica que debería darles rigor a las designaciones del nomenclátor, asesorando al intendente. La Comisión hace propuestas, pero también recibe las de los ciudadanos y de las instituciones. Debe, a veces, corregir grafías (ejemplo: Brandsen que figuraba como Brandzen) y también duplicaciones (caso de Joaquín Torres García, a quien se le habían atribuido dos calles o el caso de Juan de León, con quien ocurrió lo mismo).

    Algo muy importante que la Comisión impuso es el requisito de explicitación de méritos. Durante mucho tiempo se aceptó el nombramiento de personas porque habían ocupado cargos importantes. La Comisión empezó a pedir que se probara qué cosas importantes habían hecho durante esos mandatos, qué proyectos presentaron, etc.

    Dos criterios han sido rectores de la labor de la Comisión. No cambiar las designaciones, algo compartido por la población; y no repetir homenajes, como puede ser nominar una calle y una plaza con el mismo nombre, pero se respeta lo actuado hasta ahora.

    El reglamento vigente requiere que pasen 10 años luego del fallecimiento de quien se quiere ingresar al Nomenclátor. De allí que, con todo el respeto que me merece el Dr. Gonzalo Aguirre, no ocurre eso con el Dr. Batlle. Además sería una falta de respeto sacar un nombre como el del Dr. Morquio.

    Con respecto a Caramurú, la designación obedeció al título de una novela de Magariños Cervantes. En esa época fue común ingresar nombres de libros. Por ejemplo: Motivos de Proteo, Celiar, Ariel, etc.

    La Comisión entiende que el Nomenclátor es la memoria de la ciudad, por eso no debe alterarse. Si falta algo, debe agregarse, pero en un nuevo lugar, que en nuestro caso lo informa el Departamento de Geomática. En algunos casos se ha optado por elegir un camino en lugar de una calle pequeña, por ser de mayor relevancia. Es el caso del Dr. Juan Andrés Ramírez.

    En cuanto a Ramón Anador (que en verdad es Anadón, por lo cual deberá hacerse un cambio), cuestionado por haber sido un simple soldado, así como algún otro que figura en el Nomenclátor, mi convicción republicana me lleva a sentir la misma pena por la muerte de un soldado raso en el campo de batalla que por la de un general en la misma situación.

    Me rechina, al igual que al Dr. Aguirre, una calle con el nombre de José Bonaparte. Estas son las cosas que produce “una ignorancia vastísima”, la cual sigue amenazando al Nomenclátor. Un comunal que ha rechazado a Germán Cabrera, el escultor, y a Reyes Abadie, historiador, nos propuso, entre otros dislates, el nombre de Domingo Tortorelli para una calle. Semejantes desaciertos nos han llegado desde Mujeres con Calle: propuestas como la de Marilyn Monroe, Cleopatra o “una prima mía que murió joven”.

    Con respecto a la supresión de Dante, yo recién había ingresado a la Comisión cuando esto ocurrió. Pedí una entrevista con el Dr. Vázquez, a quien no conocía personalmente. Frente a mi oposición por el cambio de Dante por Eduardo Víctor Haedo, el intendente me dijo: “Yo tengo un cargo político y estoy sometido a presiones”. A lo que le respondí. “Yo tengo un cargo técnico y cada vez que suceda algo así, le vendré a decir que está mal”. Lo único positivo fue que Tabaré Vázquez no se ofendió ni se enojó. Era un caso más de injerencia político partidaria.

    María Emilia Pérez Santarcieri