A veces las historias parecen avanzar demasiado rápido vistas desde afuera. Pero cuando Agustín Zeballos mira hacia atrás encuentra algo distinto: más de una década de trabajo constante, cientos de canciones, escenarios cada vez más grandes y una obsesión por escribir que empezó cuando todavía era un niño.
El próximo sábado 20 de junio se convertirá en el primer rapero uruguayo en presentarse en el Antel Arena. El dato tiene peso propio. No solo porque será el espectáculo más grande de su carrera, sino porque representa un lugar al que el rap nacional nunca había llegado. El género que durante años encontró espacio en plazas, competencias de freestyle, bares y escenarios alternativos ocupará por primera vez el recinto cerrado más grande del país.
El camino hacia el hito
Zeballos apareció por uno de los accesos del Antel Arena con la calma que parece acompañarlo a todas partes. A la distancia todavía no se distinguían bien los detalles, pero había algo que llamaba la atención en su vestuario: una campera personalizada con la letra zeta, inicial de su apellido y sello de su marca, bordada con delicadeza sobre la tela. Más abajo, en el pantalón, un caballo bordado remitía a Amor fiado, el último álbum que hoy lo encuentra recorriendo escenarios y entrevistas.
Cuando se acercó, extendió la mano para saludar, aunque el gesto terminó rápidamente en un abrazo. Preguntó cómo estábamos antes de sentarse a conversar. La cortesía fue inmediata y natural. Ante la misma pregunta, sonrió y respondió sin dudar: “Más que bien”.
Así, entre la inesperada tranquilidad de quien atraviesa uno de los momentos más importantes de su carrera y la sencillez que conserva lejos de los focos, comenzó una conversación que recorrió música, sueños y el camino que lo llevó hasta aquí.
A sus 25 años, Zeballos parece vivir una sucesión permanente de logros. Sin embargo, su recorrido estuvo lejos de los fenómenos instantáneos que dominan buena parte de la industria musical actual. Su crecimiento fue lento, orgánico y sostenido. No hubo un día en el que todo cambiara de golpe, a pesar de algunos picos. Hubo muchos años de insistencia.
La relación con la música comenzó temprano. Primero apareció una pequeña guitarra eléctrica que recibió de regalo cuando era niño y que despertó su interés por el rock. Más tarde llegó el rapero estadounidense Eminem. Compró un disco suyo y descubrió una forma distinta de jugar con las palabras. Sin saberlo, estaba encontrando el lenguaje que terminaría definiendo su vida hasta ahora.
Las plazas fueron su primera escuela. Allí llegaron las batallas de freestyle y también las competencias escritas, donde comenzó a destacarse por la creatividad de sus rimas y la manera en que construía imágenes y relatos. Aquellas experiencias le dieron confianza para grabar sus primeras canciones y animarse a mostrar lo que hacía, a pesar de las miradas escépticas y las sonrisas burlonas que despertaban sus primeras apariciones. “Al principio no lo compartía con nadie; los que sabían se burlaban por no entender bien el baile”, confiesa en uno de sus hits, Asimetría, que reúne más de 7 millones de reproducciones en Spotify.
Sin embargo, con el tiempo fueron llegando los escenarios. Primero los más pequeños, después salas cada vez más importantes. La Trastienda, Sala del Museo, Teatro de Verano, Estadio Obras en Argentina y giras por España fueron marcando distintas etapas de un recorrido que todavía siente que está lejos de terminar. “Siguen sucediendo cosas desde hace 10 años”, dice.
Esa continuidad también explica parte de la naturalidad con la que vive la exposición que vino después. Su nombre comenzó a crecer dentro y fuera de Uruguay, pero nunca sintió que la fama lo desbordara. Cree que Montevideo ayuda. La escala de la ciudad y la forma en que se relaciona la gente hacen que todo sea más llevadero. “Todos los que querían una foto conmigo ya me cruzaron”, bromea.
Más allá de los números, los escenarios o las reproducciones, hay algo que ocupa un lugar central en su vínculo con la música: la necesidad de expresarse. Desde muy joven sintió que las canciones le permitían decir cosas que no encontraba cómo decir de otra manera. “Es mi barco para eso. Me cuesta hasta escribir sin rimar y sin pensar en una canción”, asegura. Esa búsqueda también explica por qué nunca quiso encerrarse dentro de un único sonido. Aunque el rap sigue siendo el corazón de su propuesta artística, siempre se permitió explorar otros caminos, como en uno de sus últimos sencillos realizado junto con el cantante Juanjo Morgade, en el que incursiona en la plena.
La curiosidad y las ganas de experimentar terminaron convirtiéndose en una de sus principales características. Hoy siente que sigue escribiendo impulsado por el mismo amor por la música que tenía cuando empezó, aunque reconoce que los años fueron ampliando sus horizontes. “Hoy imagino cosas que cuando arranqué ni se me cruzaban por la cabeza”.
Quizás por eso tampoco se sorprende tanto cuando habla de colaboraciones que hace algunos años parecían imposibles. Su último álbum, Amor fiado, reúne 13 canciones y varias participaciones internacionales de primer nivel. Entre ellas aparece la estrella del trap Duki en Mal parido, una colaboración que surgió después de tiempo de diálogo entre ambos artistas. También figura un invitado inesperado que cruza mundos: el actor argentino Juan Minujín, protagonista de uno de los videoclips del disco. “Le hablé, le conté sobre el proyecto y, literal, emboqué un triple a la luna”, recuerda entre risas. La experiencia terminó reforzando una inquietud que ya venía creciendo dentro suyo. La actuación empezó a aparecer como un territorio posible para explorar en el futuro. “Me gusta experimentar cosas y ahora siento que tengo más confianza para hacerlo. Si me quieren llamar, estoy dispuesto”.
Música que trasciende
Sin embargo, el fenómeno que más lo impacta no tiene que ver con las “celebridades” ni con los números. Tiene que ver con la forma en que sus canciones se integraron en la vida de otras personas. Hay seguidores que llevan tatuadas frases de sus letras, algo que se ve constantemente en redes sociales a través de publicanciones en historias que comparte el artista. Otros le escriben para contarle historias personales, situaciones familiares difíciles o momentos en los que alguna canción funcionó como refugio. Durante mucho tiempo le costó entenderlo.
Con los años comenzó a comprender que las canciones dejan de pertenecer exclusivamente a quien las escribe. En Condena, uno de los temas más personales de su álbum Asimetría, relata el mensaje de un joven que atraviesa una situación límite y encuentra consuelo en su música. Allí aparece una frase que parece sintetizar buena parte de lo que siente hoy. “Tengo que entender que esto ya no es solo mío”. Para Zeballos, el arte no termina cuando una obra es publicada. Al contrario. Ahí empieza una nueva vida. “Algo lindo que tiene la música es compartir con los demás. Creo que todo el arte que ponemos a disposición de la humanidad se vuelve parte de ella también”.
Patrimonio de una generación
Esta mirada ayuda a entender por qué el Antel Arena tiene un significado que va más allá de lo individual. No lo vive solo como una meta personal, sino como una oportunidad para que el rap uruguayo ocupe un lugar nuevo dentro de la cultura nacional. “Es una puerta para que un montón de gente que no está mirando para acá tenga que girar la cabeza”, sentencia.
El espectáculo tendrá canciones de Amor fiado, clásicos de distintas etapas de su carrera, invitados y varias sorpresas. A diferencia de sus últimos shows, estará acompañado únicamente por DJ, una decisión que responde al deseo de reproducir en vivo el sonido exacto que imaginó para el disco.
Cuando Zeballos habla del momento que atraviesa, insiste en señalar a quienes lo acompañan detrás del escenario. “Yo soy la cara visible, pero detrás de esto hay muchísimas personas que hacen que yo esté más tranquilo y enfocado en hacer música”. Su equipo y su familia aparecen de manera constante en el relato. Son parte de una estructura que lo sostiene mientras la carrera continúa creciendo.
Quizás por eso, aun en medio del momento más importante de su vida profesional, transmite una serenidad poco habitual. Como si entendiera que los grandes logros no son puntos de llegada, sino estaciones de un recorrido más largo.
El niño que escribía rimas en un cuaderno sigue estando ahí. Solo cambió el escenario. Y ahora, cuando las luces del Antel Arena se enciendan frente a miles de personas, también estará subiendo con él una parte de la historia reciente del rap uruguayo. Porque algunas conquistas pertenecen a quien las consigue. Otras, en cambio, terminan convirtiéndose en patrimonio de toda una generación.