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Menos mal que no me casé

Todos conocemos alguna historia de desastres apenas contenidos en plena ceremonia o fiesta de casamiento. El cine tiene un muestrario variado de bodas catastróficas que llevan al extremo situaciones que, probablemente, no sean tan infrecuentes

Editora de Galería

Muriel sueña con casarse. Cuando nadie la ve, se prueba vestidos de novia, pide que la fotografíen y luego pega las polaroid en un álbum de bodas lleno de esas fotos suyas. En todas (con strapless, mangas abullonadas o escote corazón) sonríe, con una felicidad fingida que solo se hará real cuando se case.

Porque, cuando por fin se case, la protagonista de El casamiento de Muriel (nominada al Oscar a Mejor guion) demostrará que vale tanto como sus amigas casadas y ya no será “la estúpida obesa con la que nadie se casaría”. Ella sabe que no todos los casamientos son lo que parecen; a fin de cuentas, en la boda de su amiga Tania, después de atajar el ramo —y tener que entregárselo a alguien que sí estuviera en condiciones de realizar el augurio de ser la próxima en casarse—, vio cómo el novio tenía sexo detrás de una puerta apenas entornada con una de las damas de honor. Pero eso no empaña su sueño, o su meta.

Todos conocemos alguna historia de desastres apenas contenidos en plena ceremonia o fiesta de casamiento; de acontecimientos que sucedieron en un segundo plano, no a la vista de todos, pero sucedieron. Aunque no hayan llegado a poner en riesgo la boda. Porque, admitámoslo, hay que tener coraje para detener una maquinaria así de compleja y con tantos testigos.

El casamiento de Muriel.

El casamiento de Muriel.

Zaira lo hizo un mes y medio antes, ¿se acuerdan? Tuiteó: “Menos mal que no me casé”. Pero de cancelar todo en plena fiesta, tirar todo por la borda por una desilusión o un hallazgo fortuito, no conozco casos reales. En el cine, por suerte, hay unos cuantos.

Soy Patricia Mántaras, periodista y editora de Galería. Espero que esta entrega de Películas para la vida te encuentre bien. Si tenés algún comentario, sugerencia o anécdota jugosa sobre un casamiento catastrófico, podés enviármelo a [email protected]. Estaré encantada de leerte y responderte.

La mirada ajena

Es difícil discernir el verdadero sentido detrás de una fiesta de bodas, porque puede haber muchos. Celebrar el amor entre dos personas es el más evidente, pero en estos tiempos en que los casamientos llegan a ser hasta contenido para redes sociales, la autenticidad está en permanente cuestionamiento. Lo que debería ser un rito social que marca el pasaje de una etapa de la vida a otra es a veces, en cambio, un espectáculo de ostentación de poder económico, éxito y felicidad.

En Melancholia (está en Mubi), Justine (Kirsten Dunst, ganadora del premio a Mejor actriz en Cannes) no está todo lo exultante que se espera de ella en su boda. En el transcurso de la noche, la cosa va empeorando. Interactúa de a ratos con los invitados, pero todo le cuesta. Solo sonríe genuinamente con su padre y, cada tanto, se refugia en alguna habitación sin gente. De alguna manera, ella sabe lo que el resto no: el boicot de su propio casamiento es una minicatástrofe comparada con la que está por pasar afuera; un planeta se acerca peligrosamente a la Tierra con grandes chances de estrellarse. Mientras tanto, su cuñado le echa en cara el precio de la fiesta, la fortuna que gastaron en ella. Y su madre, cuando ella le confiesa que tiene miedo (a la vida, no al planeta), le responde:

—Yo en tu lugar estaría muerta de miedo.

—Me cuesta trabajo caminar correctamente— agrega la chica.

—Tambaléate fuera de aquí. Deja de soñar, Justine. Todos estamos asustados.

Melancolía.

Melancolía.

Eso es lo que a veces nos enseñan a hacer. Portarnos adecuadamente, mostrar que estamos bien. Y si no estamos bien, que no se note.

Por suerte, hay gente (o personajes) como Romina.

Bienvenido al show

Érica Rivas es Romina en Relatos salvajes (el filme nominado al Oscar a Mejor película de lengua extranjera; está en HBO Max). ¿Te acordás de ella? Es la protagonista de la última historia. Qué manera de no importarle nada el resto, la mirada ajena; qué manera de no pensar en las consecuencias. Cuando suena David Guetta y entra triunfal al salón de fiestas de la mano de su marido, parece que nada malo pudiera pasar entre tanta alegría, felicitaciones, besos en la frente y abrazos de la familia. Muestran la alianza a sus amigos como si fuera un trofeo del que vanagloriarse y, a la vez, una garantía de éxito y un escudo contra el fracaso. Pero el anillo no los protege de nada. Mientras transcurren los primeros minutos de la fiesta, la novia descubre que Ariel, su flamante esposo, le fue infiel con una de las invitadas, Lourdes, una compañera de trabajo de pelo largo y cuerpo hegemónico. “¿Todos los de la mesa 27 saben que te la cogiste, Ariel?”.

Lo que sigue es la peor pesadilla para cualquier organizador de fiestas. Romina decide seguir el consejo de un mozo, que la consuela mientras las lágrimas le disuelven el rímel: no preocuparse por lo que piensen los demás. Que termine teniendo sexo con él es un detalle y no tanto, porque su novio la ve y es la primera de una sucesión de rebeliones que la novia se permite esa noche y termina generando una especie de sensación de justicia, de ojo por ojo. Romina está desacatada; mientras todo se desmorona, decide seguir adelante con el cronograma de la fiesta. Los invitados miran azorados, pero a ella de verdad no le importa lo que piensen. Es espectacular ver cómo todo se va desbarrancando y, después de la primera transgresión, las demás vienen solas, imparables. Como cuando se come el primer bombón o se fuma el primer cigarro.

Me estresan las películas en que se olfatea la catástrofe, pero esto es otra cosa. Ver a esta novia echar por la borda una noche carísima, llena de gente vestida de gala; dar vuelta el relato y dejar a la vista tanta falla humana y tan poca perfección me parece revolucionario. Por algo Damián Szifron, el director argentino, decidió que esta historia fuera la que cerrara la película, de la que se quedaran hablando los espectadores al salir del cine.

No pude evitar pensar en Érica Rivas cuando vi El drama (está en Prime Video). Ya sabemos que a Hollywood le encanta reversionar sin pedir permiso o tomar “inspiración” sin demasiado disimulo. En esta película el problema empieza antes del gran día, en los preparativos del casamiento, cuando en una cena de amigos en la que todos están confiando un secreto, Emma (Zendaya) cuenta algo de su adolescencia que deja a todos con la boca abierta. Lo cuenta sin medir el impacto que va a tener y sin prever que hará dudar al novio de la conveniencia de casarse con ella. La cosa sigue rara entre Emma y Charlie (Robert Pattinson), pero el casamiento no se cancela (ya dijimos lo difícil que es parar la maquinaria). El día de la boda, será la novia que descubra un trapito sucio del novio. Resulta que mientras se debatía internamente entre seguir con ella o no, fue en busca de consejo, consuelo o lo que sea con una compañera de trabajo (otra vez la compañera de trabajo), con la que casi terminan teniendo relaciones sexuales (otra vez la infidelidad). Esa mujer también está invitada al casamiento, y nada menos que con su pareja. Resumiendo: el novio termina con un ojo morado y una relación arruinada (no es un spoiler, la película sigue).

Nunca es tarde

Sin que ocurra ninguno de estos dramas, las bodas de por sí tienen una carga inmensa para los novios. Si vamos a lo esencial, todo el asunto de comprometerse (al menos, teóricamente) con otra persona de por vida podría hacer hiperventilar a más de uno. Y está todo el tema de elegir a la persona correcta para dar ese paso eterno (perpetuo, imperecedero, interminable, inmortal, perenne, constante... y podría buscar algún sinónimo más para dimensionar lo que aceptan las personas que se casan). Por algo mucha gente se apoya en supersticiones para asegurarse de empezar con el pie derecho, para garantizarse buenos augurios. Se casan en la misma iglesia que sus padres (si ellos siguen juntos, claro), llevan el rosario de la abuela, el vestido de la madre, eligen la fecha de la suerte y evitan el martes 13, porque ese día no hay que casarse ni que embarcarse. Cuánto miedo detrás de tanta cábala.

El drama.

El drama.

Seguramente viste Sintonía de amor, la película de Nora Ephron (nominada al Oscar a Mejor guion) con Meg Ryan (Annie) y Tom Hanks (Sam). Annie está comprometida con Walter (Bill Pullman), un hombre amoroso pero tediosamente predecible. Antes de la boda, Annie se prueba el vestido de novia de su madre con la idea de llevarlo al altar. Mientras lo buscan en el desván ella le pregunta a su madre cómo supo que su padre era “el elegido”: “Simplemente lo sabes, es como magia”, le responde. La futura novia se calza el vestido, se para frente al espejo y, en un pequeño movimiento de hombros, la tela se desgarra. “Es una señal”, dice Annie. Y ya no podrá sacarse esa idea de la cabeza. Después conoce a Sam y no te cuento más para que, si no la viste, la veas; es una de mis películas favoritas, la encontrás en HBO Max.

Algunas personas se dan cuenta un poco después del momento oportuno (no digamos tarde) de que no tomaron la mejor decisión. Antes de que Julia Roberts huyera de la iglesia dejando a su novio plantado; mucho antes de que intentara sabotear la boda de su mejor amigo en una película (dirigida por el australiano P.H. Hogan, el mismo de El casamiento de Muriel) que fue todo un éxito a fines de los 90, Elaine (Katharine Ross) huyó de su propia boda para escaparse con Ben (Dustin Hoffman) en El graduado (de Mike Nichols, ganador del Oscar a Mejor dirección por esta película). Estaba en la iglesia y ya había dado su consentimiento cuando Ben le grita “¡Elaiiiineeee!”. Ella mira hacia arriba, lo ve y sopesa rápidamente sus opciones.

—Es muy tarde —le dice su madre, la señora Robinson (Anne Bancroft), que, no olvidemos, tuvo un affair con el hombre que ahora está llamando a gritos a su hija.

—No para mí —responde Elaine, y sale corriendo hacia la menos segura de las apuestas. Se encuentra con Ben a pesar de los invitados, que intentan hacerla recapacitar, mientras él los ahuyenta con una cruz de madera que descuelga de la iglesia, como si fueran vampiros.

El graduado.

El graduado.

Salen corriendo, se suben a un ómnibus que pasaba y, sin intercambiar más que una sonrisa, huyen de los convencionalismos.

Este domingo se celebra el Día de la Niñez y aquí te dejo algunas lecturas recomendadas para la ocasión. Si todavía no tenías planes, en esta nota de Clementina Delacroix podés encontrar cuatro ideas para crear con las manos y compartir tiempo en familia. Si todavía estás pensando qué regalar, María Inés Fiordelmondo habló con expertos que aconsejan si elegir juguetes que eduquen o que entretengan.

¡Feliz día para todos los niños!