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    La cultura como esperanza

    N° 1958 - 22 al 28 de Febrero de 2018

    Más de una vez uno se pregunta cómo un país con las características del nuestro no logra solucionar algunos asuntos relativos a la convivencia. Y acaba por responderse que gran parte del problema está en el deterioro del sistema educativo y en el cambio de paradigma de valores sobre el que se sustentan las prioridades individuales y colectivas. 

    Claro que Uruguay no es una excepción y navega en el inestable mar de un mundo globalizado donde ni el más astuto conspirador hubiera podido orquestar una conjunción de situaciones tan propicias como las que se dan en estos tiempos. El valor del esfuerzo palidece ante la tentación del éxito inmediato, el ser se define a través del tener y, por ende, el consumismo desbocado campea alentado por una insatisfacción crónica que nos compele a abandonar pronto lo que hemos logrado y a lanzarnos tras la obtención de nuevos objetos de deseo. La paradoja reside en que, mientras vamos tras esa supuesta felicidad glorificada y somos funcionales al sistema, la vida se nos escurre. Contra eso no hay quien pueda. 

    Entonces, justo cuando el desaliento aparece, uno intenta aferrarse a las cosas buenas. Esa dinámica de la esperanza nos salva de caer en oscuridades paralizantes y nos impulsa a tener algo de fe en el futuro. Levantamos la mirada, nos sacudimos el pesimismo y continuamos. En esa disposición a buscar lo positivo siempre he encontrado alivio en la cultura, así sea en un mínimo resplandor de interés colectivo por una canción o un libro, o en el apoyo masivo a políticas públicas cuya calidad tiene eco en la gente. Cuando la oferta es buena y accesible, la comunidad responde con su asistencia. Así, genera fondos para reinvertir en más proyectos. El gusto del público se refina. La exigencia aumenta. La calidad se supera. El círculo virtuoso es perfecto. 

    Un ejemplo de esto es el Auditorio Nacional del Sodre Dra. Adela Reta. Sus magníficas instalaciones, el personal bien entrenado, la propuesta de espectáculos cada vez más rica en variedad y en grado de excelencia, la gama de precios que permite llenar las salas y agotar las entradas en lapsos más o menos breves, todo confluye hacia un funcionamiento aceitado y en ascenso. O, al menos, es lo que el asistente asiduo percibe sin que por esto desconozca que tras bambalinas existan las lógicas dificultades que toda administración y toda burocracia conllevan. 

    Cada vez que asisto a un espectáculo del Ballet Nacional, a la puesta en escena de una ópera o a un concierto, renuevo la convicción de que vamos por el buen camino y que con orgullo podemos mostrar al mundo lo que hacemos. Hay una generación de uruguayos —niños y jóvenes— que crecerá bajo la estrella de estas producciones, se habituará a ellas y en algún momento se enfrentará al dilema de elegir si destinar su dinero a alguna maratón de descuentos en un centro comercial, cambiar el celular por el último modelo o comprar un abono para asistir a los espectáculos del Auditorio. Sin entrar en consideraciones morales que no me competen ni me interesan, me alegra pensar que el solo hecho de que se presente tal disyuntiva ya es auspicioso. Y —ahora sí me permito deslizar un gusto personalísimo— deseo con todo mi corazón que, puesto a distribuir el limitado presupuesto, alguien prefiera destinarlo a una hora de música antes que a un pantalón nuevo. 

    Ayer fui a comprar los abonos para mi familia. Hace unas semanas recibí una llamada desde el Auditorio y la fecha quedó concertada. Días después llegó la programación a mi casilla de correo. De ese modo, elegí con comodidad el espectáculo y la ubicación de conveniencia. Si uno llega en hora y con los deberes hechos, el trámite es sencillo. Pero, si uno va fuera de tiempo —o incluso fuera de agenda—, intenta colarse aduciendo excusas de lo más pintorescas —ayer fui testigo de eso— y obligando a los cordiales funcionarios a mantenerse firmes o a hacer malabares para que todo el mundo quede satisfecho, si recién en el momento se da a la tarea de analizar la oferta, entonces el trámite se entorpece, la prolija agenda se desordena y la tensión crece entre los que esperan. 

    Los jóvenes funcionarios a cargo hacen su trabajo con la mayor agilidad y dan muestras de una infinita paciencia. Aun así no dan abasto para atender una demanda que viene, año a año, en crecimiento. No estaría mal que las autoridades destinaran más funcionarios a esta tarea. Sin embargo, la verdadera colaboración depende del público asistente. Respetar horarios y ser considerados con el tiempo ajeno es también un indicador del nivel cultural de un pueblo. De nada sirve emocionarse con Beethoven ni comentar admirados la impecable técnica de Ciro Tamayo ni regodearse con el vestuario de Agatha Ruiz de la Prada si luego no trasladamos ese baño de cultura a cada una de nuestras interacciones cotidianas. 

    Ser cultos implica también —o debería— humanizarnos, volvernos más conscientes del otro, más empáticos, más urbanos y civilizados. Y, por qué no, más buenos. 

    ?? El emperador y su milanesa

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