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Edadismo, una forma de discriminación a la que todos estaremos expuestos

“¡Parecés más joven!”, “estoy hecha una vieja”, “¿cómo lo ayudo, abuelo?”. Desde los comentarios más mundanos hasta el diseño de las políticas públicas y los pensamientos más profundos sobre la vejez, el mundo está atravesado por el edadismo, una de las formas de discriminación más socialmente aceptadas y a la que todos, tarde o temprano, estaremos expuestos

Editora de Galería

De momento, la única opción que existe para no envejecer es morir.

Paradójicamente, el paso del tiempo es visto casi como un enemigo contra el que hay que batallar. “¡Parecés más joven!”, “¡estás igual, como si no hubiera pasado el tiempo!”, repetimos a modo de halago, como si el verdadero triunfo no fuera haber llegado, de la forma que sea, hasta este preciso momento de la vida. Como si no aparentar los años vividos fuera un logro.

Todos queremos vivir muchos años. Nadie quiere que se note.

Basta con detenerse a pensarlo unos segundos para notar lo tramposo de este laberinto sin salida: la batalla contra el envejecimiento es de las pocas que se arrancan sabiendo que nunca se ganarán.

¿En qué momento se instaló en el mundo occidental este ideal imposible? ¿Cómo sería nuestra relación con el envejecimiento si ser mayor, y parecerlo, fuera motivo de prestigio y de admiración en lugar de algo que preferimos esconder? Todo sería, sin dudas, mucho más sencillo. Sin embargo, la sociedad actual “todavía endiosa y valora la juventud” y la edad “todavía es un indicador que categoriza”, asegura a Galería el argentino Diego Bernardini, médico de familia y máster en Gerontología, convocado a Uruguay por Lancôme para presentar su nueva línea de cosméticos Absolute Longevity.

Son muchas las razones por las que nadie quiere envejecer. Una de las más profundas e invisibles es el estigma social y los prejuicios asociados a la idea de ser y parecer mayor. En otras palabras, saberse víctima de una de las formas de discriminación más frecuentes y menos visibilizadas: el edadismo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo define como “el estereotipo que se ejerce contra personas o grupos debido a su edad”; al igual que casi toda forma de discriminación, el edadismo daña la salud física y mental, limita las oportunidades laborales y reduce la calidad de vida de quienes lo padecen. Y aunque un joven o adolescente puede sufrirlo, el edadismo hacia las personas mayores es su forma más extendida y con consecuencias más graves en la sociedad. “Hoy las cosas cambiaron mucho, pero aún nuestra sociedad se sigue organizando por cuestiones vinculadas a la edad, cuando perfectamente podrían ser otras”, sostiene Bernardini.

Al igual que casi toda forma de discriminación, el edadismo daña la salud física y mental, limita las oportunidades laborales y reduce la calidad de vida de quienes lo padecen.

Al igual que casi toda forma de discriminación, el edadismo daña la salud física y mental, limita las oportunidades laborales y reduce la calidad de vida de quienes lo padecen.

La discriminación por edad está en todas partes, pero no se combate ampliamente como otros mecanismos de exclusión; por el contrario, es uno de los prejuicios más socialmente normalizados.

Su erradicación es, no obstante, uno de los grandes ejes de acción de la Década del Envejecimiento Saludable (2021-2030), una estrategia mundial impulsada por la OMS y las Naciones Unidas (ONU) que busca aunar esfuerzos de gobiernos, sociedad civil, organismos internacionales, mundo académico y sector privado. Nada de eso es casual, teniendo en cuenta los efectos sobre la sociedad que tiene el edadismo, y que fueron advertidos en el informe mundial que elaboró la OMS: no solo acorta la esperanza de vida, sino que agrava el aislamiento social y la soledad, dificulta la recuperación de la discapacidad y “tiene un alto costo económico para las personas y la sociedad, contribuyendo a la inseguridad financiera y la pobreza, y costando miles de millones de dólares”.

La socióloga y demógrafa Mariana Paredes, integrante del Centro Interdisciplinario de Envejecimiento de la Universidad de la República, señala que, en Uruguay, las personas mayores son de las poblaciones más discriminadas en todos los ámbitos, no solo a nivel cultural y social, sino desde la misma formulación de políticas públicas. “Hoy lo que encontrás en Uruguay es una fiesta de edadismo, porque se habla casi prácticamente solo de las políticas para la infancia. Hay una razón para eso, pero eso no quita que puedas hablar también de políticas hacia las personas mayores. Además, en números, las personas mayores ya están superando a las menores, y las van a superar cada vez más. Entonces, la cuestión es cómo se empieza a trabajar con este prejuicio hacia la vejez”.

Más allá de las consecuencias que el edadismo tiene sobre la salud, la integración social o las oportunidades, Paredes plantea un argumento que apela al interés propio: si tenemos la suerte de vivir muchos años, llegaremos a la vejez y, en una sociedad donde el edadismo sigue tan naturalizado, es muy probable que un día lo experimentemos en carne propia. Combatir el edadismo, entonces, consiste no solo en trabajar por la integración y los derechos de las personas mayores en la actualidad, sino en construir el mundo en el que todos desearíamos vivir la vejez. “Hay que trabajarlo mucho y con esa idea de que uno también va a llegar ahí. La vida es dinámica y no te quedás en la edad que tenés hoy, sino que vas para adelante, vas a llegar a eso. Y llegar no es horrible; la vejez se puede vivir de distintas maneras”.

En todas partes

“Hay casos en los hospitales donde tenemos que esperar en largas colas para ver a un médico y, cuando nos atienden, algunos médicos ni siquiera se molestan en escuchar todo lo que tenemos que decir, y mucho menos en examinarnos correctamente. Cuando empezamos a contarles cuáles son nuestros problemas de salud, a menudo dicen que se deben a nuestra edad y que son cambios naturales. Me siento muy indefensa, pero no hay dónde acudir para quejarme de esto. Incluso si nos quejáramos, dudo que nos escucharan”, dice Vera, de 82 años, uno de los testimonios recogidos en el “Informe mundial sobre edadismo” de la OMS.

Otra de las voces incluidas en el reporte fue la de Gertrude, keniata de 60 años: “La enseñanza corre por mis venas. No es de extrañar que me sintiera devastada cuando el gobierno me dijo, a los 50 años, que debía dejar de trabajar. Me dijeron que era vieja y que debía dejar que los jóvenes se dedicaran a la enseñanza. Me sentí amargada y enfadada”.

El edadismo está en todas partes. “Pero si no tengo nietos”, pensará más de una señora al escuchar al comerciante dirigirse a ella como “abuela”. “Pero si yo tengo claro lo que me pasa”, pensarán muchos pacientes cuando el médico, al atenderlos, le habla a su hijo o acompañante.

Está en lo más mundano, como comentarios del tipo “estoy hecha una vieja” ante cualquier torpeza o dolencia física. También cuando se descarta, aunque sea inconscientemente, un currículum únicamente por la edad de quien se postula. El edadismo está en las publicidades, en el cine que se enfoca en protagonistas jóvenes —o, como mucho, de mediana edad—, en el diseño de las ciudades, en las políticas públicas que consideran al mayor de edad como un costo. Es edadista quien se refiere a una persona mayor como una carga, o quien decide por ella sin consultarle, aunque tenga las facultades para hacerlo. Son edadistas los pensamientos no verbalizados, como asumir que la vejez equivale a enfermedad, dependencia o improductividad.

Lo dicen los datos de la OMS: una de cada dos personas en el mundo mantiene actitudes edadistas hacia las personas mayores.

Se asocia esa etapa de la vida con características percibidas como negativas, y a las que hay que combatir. En ese campo entra con toda su batería de propuestas la industria cosmética y farmacéutica, que apunta a la preservación de la juventud, sobre todo para las mujeres.

En el fondo, lo que hay detrás de esta forma de discriminación es “un concepto de la vejez como una imagen decrépita, carente, patológica”, apunta Paredes. Se asocia esa etapa de la vida con características percibidas como negativas, y a las que hay que combatir. En ese campo entra con toda su batería de propuestas la industria cosmética y farmacéutica, que apunta a la preservación de la juventud, sobre todo para las mujeres: desde las cremas antiarrugas hasta el cubrirse las canas, o complementos que apuntan a aumentar la fuerza muscular, en el entendido de que “hay que llegar fuerte”.

El edadismo encuentra su germen y gran promotor en sociedades capitalistas, donde se margina y excluye a todo el que no es productivo de alguna manera.

En distintas sociedades orientales, al igual que en muchas comunidades indígenas, la vejez se asocia a la experiencia, al respeto, a la autoridad moral, y llegar a ella es no solo motivo de celebración, sino fuente de prestigio. Al final, la manera en que se percibe y afronta el envejecimiento no es más que una construcción cultural, que incluso es conveniente en un sistema orientado al consumo. “Hay un tema que afecta principalmente a sociedades occidentales de consumo, en las que se tiende a marginar a la persona mayor porque ya no se la ve como productiva ni que puede aportar, sino como una carga para la vida social, incluso si esa persona mayor aportó toda su vida a un sistema. Esas lógicas pasan un límite complejo, sobre todo en sociedades donde cada vez vamos a tener más personas mayores”, puntualiza la socióloga y demógrafa.

Este tipo de discriminación asociada a la “improductividad” por no estar insertos en el mercado laboral, según Paredes, deja de lado el hecho de que cada vez más personas mayores se dediquen al cuidado de sus nietos, muchas veces sin siquiera ser consultados, sino “porque no hay más remedio”. “Ahí están teniendo una inserción productiva, porque nadie se hace cargo del cuidado y las personas mayores tienen un rol muy importante”, enfatiza.

La verdadera batalla

Para erradicarlo, el edadismo debe ser atacado desde varios frentes. La educación por sí sola no basta si, por ejemplo, el cine, las series y las publicidades siguen apuntando a la juventud como aspiración máxima. O si las redes están plagadas de contenido que busca convencer de que el camino hacia el bienestar tiene algo que ver con parecer más joven.

Según el informe de la OMS, para revertir esta forma de discriminación se necesita impulsar leyes y políticas contra el edadismo. “Creo que es un trabajo de hormiga, y es en muchos ámbitos en paralelo”, subraya Paredes. Para un cambio a largo plazo, la educación desde edades tempranas resulta fundamental, señala Bernardini. Y no solo en el aula. Si en una familia se refieren a un adulto mayor de manera peyorativa, es probable que, el día de mañana, el niño también lo haga. El reporte también señala que el contacto entre generaciones ayuda a reducir el edadismo, lo que sugiere que desde muchos ámbitos se debería promover esa intergeneracionalidad.

Pero todo empieza, en realidad, por tomar conciencia. Y la buena noticia es que ese trabajo está en manos de todas y cada una de las personas.

El edadismo encuentra su germen y gran promotor en sociedades capitalistas, donde se margina y excluye a todo el que no es productivo de alguna manera.

El edadismo encuentra su germen y gran promotor en sociedades capitalistas, donde se margina y excluye a todo el que no es productivo de alguna manera.

“El prejuicio al final es una idea que vos tenés anclada en la mente, por construcciones sociales que tenemos que ir trabajando en deconstruir”, agrega.

A fin de cuentas, todos conocemos a alguien —o a muchos— de 30 con menos vitalidad que otros de 80, o septuagenarios que aseguran estar viviendo la mejor década de su vida. ¿Por qué, entonces, cuesta tanto dejar de asociar el envejecimiento con aspectos negativos?

Para Bernardini, registrar el paso del tiempo, así como las transformaciones que llegan con él, no tiene por qué restar calidad de vida. “Está comprobado que la gente que repara, que se detiene un poco a pensar y a ver qué ocurre con esta transformación es la que habla de un mayor disfrute”, asegura el médico y máster en Gerontología. Lo explica de manera gráfica: “De joven, de repente, tomabas más vino y no lo disfrutabas, o te descomponías. Hoy, de repente, te tomás media botella de vino, pero la disfrutás, o la querés servida en una copa de ciertas características. La capacidad de disfrute cambia. Eso viene con la edad”.

Entonces, si la única forma de no envejecer sigue siendo morir, quizás el verdadero desafío esté en sustituir la batalla contra el paso del tiempo por otra: la de aceptar que el envejecimiento no es más que la prueba de que seguimos acá y ahora.

Romantizar la arruga

Existen varios factores de riesgo a la hora de discriminar a las personas mayores, según el “Informe mundial de edadismo” de la Organización Mundial de la Salud. Dos de ellos son ser joven y hombre. Más allá de ese dato, los especialistas coinciden en señalar que un factor de riesgo para ser víctima de discriminación por edad es ser mujer, en gran parte debido a los cánones de belleza y las presiones estéticas. “Que haya un sesgo de género es un problema porque las mujeres vivimos más tiempo que los varones”, sostiene la socióloga, demógrafa e integrante del Centro Interdisciplinario de Envejecimiento de la Universidad de la República, Mariana Paredes.

Bernardini, por su parte, coincide en que la mujer “se lleva la peor parte”. “Susan Sontag (escritora y filósofa) decía que mientras una mujer envejece, el hombre se pone más interesante, haciendo referencia a esto”.

En tiempos en los que la industria ofrece todo tipo que productos dirigidos principalmente a las mujeres, y en los que se vuelve casi un estándar ver un rostro lleno de bótox, Bernardini subraya la importancia de comprender dónde radica la verdadera belleza, que poco y nada tiene que ver con la eliminación de arrugas: “Soy partidario de romantizar la arruga. La arruga es la vida que pudiste vivir, que te dejó registro. Puede ser hasta algo sexi; está diciendo: yo viví”. En ese sentido, agrega que la expresión es “la manifestación de la identidad”. Mientras la industria promueve el objetivo de eliminar esas huellas que dejan las expresiones faciales y lleva a adoptar, incluso, conductas de riesgo, el máster en Gerontología señala que toda esa gestualidad (desde la mirada hasta la risa) es “lo que te hace único” y que borrarla (sobre todo cuando se cae en el exceso) también implica “alterar la identidad”.

“La belleza va cambiando, se va modificando, se va complejizando y adquiriendo otros matices. Pasa por una conversación, por un contacto, por supuesto, por una mirada. La belleza va acompañada de una reflexión intelectual, de un buen gusto, de aspectos que hoy nos podemos dar el gusto de disfrutar justamente por lo que nos dio el desarrollo”.

Se asocia esa etapa de la vida con características percibidas como negativas, y a las que hay que combatir. En ese campo entra con toda su batería de propuestas la industria cosmética y farmacéutica, que apunta a la preservación de la juventud, sobre todo para las mujeres.