La Esmeralda se ubica a 280 kilómetros de Montevideo, entre pinos, eucaliptos y acacias; no conoce de multitudes ni de filas en supermercados, e invita a acompasarse a su ritmo lento y atmósfera rústica
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl cartel de la entrada es idéntico a todos los demás: fondo azul, letras blancas y los íconos de siempre —sombrilla, velero, pescado, cubiertos— que parecen una descripción gráfica de las vacaciones en cualquier balneario uruguayo. Aun así, doblar en La Esmeralda se siente como un desvío del circuito conocido.
Su entrada es por la calle principal, Cruz del Sur —o 39—, un camino de tierra que se hace llamar avenida, y que oficia de carta de presentación de este poblado costero. Una casa. Árboles. Más árboles. Otra casa. Varios metros de bosque. Un atelier. Muchos árboles. Una inmobiliaria. Un parque con juegos infantiles, incluida una tirolesa. Más bosque. Una panadería. Una escuela pública. Bosque. Y de fondo, un silencio que está lejos de ser ausencia de sonido: el de la brisa que mueve las hojas de los árboles, el del oleaje constante.
Al atravesar esta “avenida”, La Esmeralda propone dos caminos: quien busque estímulos inmediatos, como algún paseo minuciosamente calculado para el turista, un comercio de souvenirs, un café que llame al cliente con música y luces o una aglomeración donde socializar, puede ahorrarse el tiempo y retirarse por donde entró, salvo que esté dispuesto a aceptar el segundo camino, que poco y nada tiene que ver con el entretenimiento pasajero. Para conocer La Esmeralda hay que estar dispuesto a descubrirla. Y hacerlo puede requerir de tiempo, de bajar unos cuantos decibeles y, también, de renunciar a la dependencia tecnológica.
Es que ni siquiera Google Maps puede jactarse de tener el dominio absoluto de este balneario: figuran calles que no existen, y tampoco se recomienda confiar en sus indicaciones para la oferta de servicios. Conviene, entonces, recurrir a la vieja usanza de consultar a los locales o veraneantes, que serán el mejor y más fiable GPS.
Ubicada a 280 kilómetros de Montevideo —unas tres horas y media en auto y unas cuatro en ómnibus—, La Esmeralda está justo en medio de Punta del Diablo y Aguas Dulces, destinos hacia donde miles llegan cada verano en busca de tranquilidad y desconexión. Pero cualquiera de las localidades vecinas parecen bulliciosas al lado de este balneario, uno de los pocos que todavía no conoce de multitudes, ni de filas en supermercados, ni de playas cubiertas por un manto de sombrillas. En muchos sentidos, La Esmeralda representa algo así como la calma dentro de la calma.
“Es un paraíso”, dice Andrea, dueña del restaurante familiar Pericos, junto con su esposo, Perico, y su hijo, Diego. Enmarcado por el rosa fuerte de una gran santa rita, al fondo de un camino arbolado y prácticamente desierto, el local gastronómico es uno de los hallazgos de quienes se aventuran a descubrir La Esmeralda. “El cliente que llega de noche siente algo especial. Está todo oscuro, piensa que no hay nada, que se equivocó de calle, y de repente ve las lucecitas, que está lleno de gente y queda sorprendido”, comenta. Esta sensación, lejos de ser exclusiva de quienes llegan a Pericos, es parte de la esencia que define el encanto de este balneario. Después, o antes, también está la playa.
Aunque el mar se escucha incluso a un kilómetro de distancia, grandes dunas se imponen como escudo protector de la playa, lo más preciado por la mayoría de los veraneantes.
Hay tres bajadas. La avenida Cruz del Sur conecta con la principal, una larga pasarela de madera que cruza el extenso paisaje de dunas, libre de cualquier tipo de edificación. La imagen remite a como lucía esta parte del Uruguay más de medio siglo atrás, cuando todo era arena, antes de que el empresario Brígido Diano —dicen que inspirado por Piria— decidiera forestar La Esmeralda y transformarla en lo que es hoy. “Se perdía el camino a la playa porque los médanos se mueven; desde la casona bajaban en carreta, pero llegar (a la playa) era una travesía”, cuenta Alejandra Manso, propietaria de la inmobiliaria La Esmeralda, presente en el balneario hace 20 años.
Una primera versión atribuye el nombre del poblado al color del agua. La arena es fina y clara, pero lo que a primera vista llama la atención de esta playa es su extensión. Habría que caminar varias horas para llegar a Aguas Dulces, que está a 16 kilómetros. Del otro lado, 22 kilómetros de arena la separan de Punta del Diablo. Su geografía la convierte en una playa que, para el ojo humano, es infinita. No hay rocas, ni desembocaduras de ningún tipo, ni construcciones que corten la línea del horizonte.
A plena tarde de un día caluroso y soleado se ven pocas personas sobre la arena, además de la caseta ocupada por guardavidas. A diferencia de otras playas en las que grupos de amigos se instalan con parlantes y conservadoras, lo que más se ve son padres que conversan o leen mientras tratan de no perder de vista a sus hijos, parejas que caminan sobre la orilla, amigas tomando sol, con libros en la mano. Una postal que bien podría ser de los años 90.
Es cierto que cada balneario de la costa uruguaya tiene su séquito de fanáticos. Pero quienes eligen año a año La Esmeralda tienen unos cuantos argumentos para hacerlo, más allá de los claramente subjetivos, como el aire o la energía.
Puede que algún día el boom aterrice en este balneario, como lo hizo en La Pedrera, en La Paloma y hasta en Cabo Polonio. De momento —e inexplicablemente— siguen sin percibirse indicios de una verdadera explosión turística.
“Miren que esto es muy grande”, advierte a los recién llegados Carolina, dueña, junto con Juan, su esposo, de la panadería y bollería francesa Sensaciones.
Con 1.160 hectáreas, la superficie de La Esmeralda supera ampliamente no solo a la de sus vecinos, Punta del Diablo y Aguas Dulces, sino a la de casi todos los demás balnearios de la costa rochense. Y parece sacar provecho de su extensión: en lugar de que la densidad de casas y comercios vaya aumentando desde un “centro” hacia afuera, como ocurre en todos los balnearios, en La Esmeralda no hay una clara zona céntrica que funcione como eje, sino que las construcciones se dispersan a lo largo y ancho de todo el balneario.
Por lo pronto, este crecimiento disperso es uno de sus grandes diferenciales. Gracias a eso, da la sensación de que cada casa está sumergida en su propio bosque. “Tenemos una topografía bien distinta. Tenemos árboles de gran porte en la costa, como pinos, eucaliptos, acacias. Todas las casas tienen su biodiversidad, su bosque, su sombra. A la noche pasa una liebre, tenés ciervos, también tenés víboras; animales que viven dentro del bosque, y un sinfín de pájaros”, describe Manso, escribana y propietaria de La Esmeralda Negocios Inmobiliarios.
Aunque cada vez son más quienes descubren La Esmeralda, el aumento del turismo ha sido paulatino, y tampoco hay apuro por crecer más allá de lo que la infraestructura puede sostener. “No queremos arruinar nuestra esencia. Por suerte, a la gente que elige La Esmeralda le gusta esto, que sea agreste. Hay lugares, como Mar de las Pampas (Argentina), que han conservado su esencia. Otros, lamentablemente, la han perdido. Tenemos un balneario muy agreste, muy natural, y queremos conservarlo”, subraya Manso.
Además, crecer “de un día para el otro” generaría problemas, asegura. “¿Qué hacemos con la basura, el saneamiento y los servicios? El turismo tiene dos caras: por un lado, la distribución del ingreso, y por otro, la responsabilidad”.
Las casas más antiguas del poblado son principalmente de argentinos. Hoy, el 70% de quienes provienen de ese país son de Rosario, cuenta Manso, lo que atribuye a la presencia del balneario en ferias de la región, como Arav. En menor cantidad, también hay europeos y estadounidenses. “Las redes sociales tienen eso, el destino va circulando, y muchos españoles consultan como segunda residencia o lugar para invertir”, agrega. Del mismo modo, este verano también aumentaron las consultas de uruguayos que viven en Estados Unidos. “Tienen papeles y todo, pero a partir de la ley migratoria están evaluando volver; quieren salir de esa locura”, detalla. En cualquier caso, el turismo que llega a La Esmeralda es netamente familiar.
Parte del interés creciente también se explica por el precio de los terrenos, con valores muy por debajo de los que se manejan en La Pedrera o Punta del Diablo.
Carlos González, director, junto con Manso, de La Esmeralda Negocios Inmobiliarios, señala que la franja media de precios está entre los 10.000 y los 18.000 dólares. “En esa franja tenés terrenos con calle abierta y luz, con diferentes características”. Luego, hay terrenos a partir de 5.000 dólares, que pueden no tener calle abierta y están, generalmente, más cerca de la ruta. “Esos son ideales para quienes quieren hacer una inversión a mediano y largo plazo”, sostiene el agente inmobiliario.
Actualmente, la mayoría de los hospedajes son particulares, con unos pocos complejos de cabañas, señala González. “No tenemos un pequeño hotel; eso estaría faltando, enmarcado dentro de un complejo, que tenga piscina”, añade.
Además de los complejos de cabañas —como Béke o las geocabañas Flor de Vida—, Manso dice que Airbnb es otra de las “grandes ventanas” para el balneario.
El complejo Béke conserva una de las casonas más antiguas del balneario, construida en los años 50 por una familia de húngaros que veraneaban en La Esmeralda, cuando el entorno recién comenzaba a forestarse.
Antes de que el balneario tuviera bosque y sombra, la zona entraba en la categoría de “arenales improductivos”. En el siglo XIX, la familia Servetto compró tierras alrededor de la laguna de Castillos, y recibió a modo de obsequio cinco kilómetros que incluyen a La Esmeralda. “En aquella época te regalaban la costa porque entendían que eran arenales improductivos. Hoy te regalan 5 kilómetros de costa y es lo mejor que te puede pasar”, bromea Manso.
Brígido Diano, propietario de Calera —empresa de cal— compró esta fracción al estanciero Eliseo Servetto, e impulsó la forestación que hoy caracteriza al paisaje.
De ese intercambio surge una segunda versión alrededor del nombre del balneario: se dice que Eliseo Servetto, casado por conveniencia, estaba enamorado de una mujer llamada Esmeralda, que vivía en la zona. Cuando Diano buscaba registrar sus tierras recién adquiridas, Servetto le habría sugerido: ¿por qué no La Esmeralda?
Así empezó la historia de este balneario que, más de medio siglo después, se sigue dando el lujo de existir a su manera y a su propio ritmo.
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La panadería y bollería francesa Sensaciones abrió hace un año sobre la avenida principal, con la idea de ofrecer sus especialidades, como los croissants rellenos —tanto dulces como salados—, los rolls de canela y una selección de bollería francesa, además de infusiones y café. Enseguida, los croissants de crema de pistachos y crema de almendras se convirtieron en los favoritos de los clientes.
Al mismo tiempo, al estar abiertos todo el día —desde las 8 de la mañana hasta las 20 horas— en una ubicación más que estratégica, de camino a la principal bajada a la playa, ocurrió lo esperable: los veraneantes comenzaron a preguntar por menú de almuerzo, hasta que la panadería empezó a proporcionarlo. Desde entonces, Sensaciones también cuenta con opciones como tartas y milanesas, además de postres.
Paula, de Rosario (Argentina), radicada hace 12 años en La Esmeralda, lleva adelante Azupa, un emprendimiento de cabalgatas que permite conocer el balneario al paso tranquilo de Azúcar y Fiona, sus caballos, que siguen a Paco, el tercer caballo, jineteado por Paula, que guía todo el paseo.
La cabalgata dura aproximadamente dos horas, lo que permite recorrer buena parte del balneario, o hacer un paseo por la infinita playa en los días sin viento. El recorrido empieza en la calle 54 y la 9 y sigue su camino hacia el lado de Punta del Diablo. Un típico paseo incluye cabalgar por la playa, para luego seguir por el monte.
Entre tanto bosque, un rincón de la calle 36, entre la 6 y la 7, llama la atención por su colorido. Es el paseo de compras Mari y Clau, donde dos emprendedoras —Mariana, modista, y Claudia, cocinera— ofrecen todo tipo de artesanías y conservas. Se puede encontrar desde una línea de riñoneras de diferentes colores y tamaños, con correas intercambiables, hasta billeteras, accesorios, cerámica, artículos de crochet, llamadores de ángeles, licores, souvenirs del balneario, entre otras cosas. Comenzaron vendiendo conservas y licores elaborados por la madre y abuela de Claudia, hasta que su negocio comenzó a reunir distintos productos de emprendedoras de la zona.
Es la tercera temporada de Pericos en La Esmeralda, dirigido por Andrea, Pericos y su hijo Diego, una familia que convirtió este balneario en su hogar.
Todo lo que ofrece el menú es elaborado en el momento, directamente para el cliente, en sus horarios de apertura, de 12.30 a 15.30, y de 20 a 23.30. “Somos las mismas tres personas trabajando todo el año, eso hace que sea mucho más familiar”, detalla Andrea.
Las pastas caseras de semolín son una especialidad de la casa, aunque la cazuela de mariscos “también vuela”, cuenta Andrea, además de otros platos típicos, como la milanesa napolitana, el revuelto gramajo y los clásicos —en este restaurante, crujientes— buñuelos de algas.
Durante el verano, Pericos abre todos los días, mientras que en el año abre viernes, sábados y domingos, con horarios especiales durante la semana de acuerdo a la demanda y las reservas.
Desde 2019 La Esmeralda cuenta con diversas opciones de alojamiento ecológico y sustentable. El proyecto Flor de Vida es un predio entre árboles en el que se esparcen diferentes cabañas de barro y madera, como una tiny house y una cabaña amplia, además de un espacio común con cocina, televisión, sillones y un deck con mesas y hamacas paraguayas, carpas estilo glamping cómodamente equipadas con cama, juego de cama y mesa de luz, y domos geodésicos con cama matrimonial. Las cabañas cuentan con cocina y baño independiente—con la opción, también, de usar las áreas comunes—, mientras que los domos y carpas tienen baño compartido.