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Heber Vera, histórico peluquero del Prado: “Cortar el pelo tiene algo de magia, técnica y circo”
Vera repasa una vida de viajes, escenarios y oficios: de taxista a referente del rubro, del teatro a las pelucas oncológicas, y de peinar a crear identidad
La peluquería nunca fue solo peinar, cortar, teñir o fabricar pelucas. Para Heber Vera, ese oficio que lo enamoró con tan solo 19 años siempre tuvo más que ver con la escucha, el vínculo y la construcción de una identidad. Aprendió el oficio a través de la observación, lo perfeccionó en la práctica y en sus infinitas experiencias internacionales. Se formó en Montevideo, Canadá, Europa y Estados Unidos. Trabajó en Montreal, Madrid y Nueva York. Volvió a Uruguay en plena dictadura, con barba, pantalones oxford violetas y un signo de la paz colgado del cuello, y terminó convirtiéndose en campeón nacional de peluquería, referente del rubro y figura clave de una época en la que ir a la peluquería era un ritual semanal.
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Vera se define a sí mismo como un peluquero que “visibilizó la profesión”. En sus años de trabajo no se dedicó solo a seguir modas. Se tomó el tiempo de escuchar, aconsejar, explicar y contemplar el rostro, el cuerpo y la historia de cada una de sus clientas. A esa filosofía hoy la denomina “el método Vera”. La peluquería actual, según dice, tiene más que ver con una búsqueda de identidad que simplemente con peinarse. Vera peina, sí, pero también enseña: cómo lavarse la cabeza, cada cuánto, qué productos usar según cada necesidad. “El método Vera consiste en siempre darle una solución a la mujer, escucharla, aconsejarla”, asegura.
A sus 83 años, todavía trabaja de forma activa, piensa y crea. No habla de retiro, sino de proyectos, de productos nuevos y de ideas que todavía lo entusiasman. Acompaña el rumbo actual de la peluquería familiar desde otro lugar y celebra el cruce generacional, convencido de que la experiencia solo vale si se comparte. Observa cómo cambió la relación de las mujeres con su imagen y cómo la peluquería dejó de ser un ritual fijo para convertirse en una búsqueda más íntima y personal. Desde ese lugar, insiste en lo mismo de siempre: escuchar antes de cortar, aconsejar antes de imponer, entender que el pelo también cuenta una historia. La suya, atravesada por viajes, escenarios y cuerpos distintos, sigue escribiéndose tijera en mano.
Heber Vera (2)
Adrián Echeverriaga
Antes de ser peluquero, trabajó como taxista, ¿cómo pasó de un oficio a otro tan distinto?
Es como un tango la historia. Fui taxista, y en el taxi tuve un romance con una pasajera. Al mismo tiempo, tuve una discusión con mi hermano en casa y me fui por tres días. No tenía donde ir. Ella era divorciada, tenía una peluquería y me ofreció quedarme allí. Entonces, vi cortar el pelo, que tiene algo de magia, técnica y circo. Y me enamoré, le dije que me parecía muy lindo. Ella me preguntó por qué no iba a algún lugar a aprender a hacerlo. Allí fui a aprender y encontré mi destino, mi leitmotiv de vida laboral, y empecé a los 19.
¿Dónde aprendió?
Aprendí en Kismet, la academia que quedaba en la avenida 18 de Julio y Acevedo Díaz, y también en la del gerente de L’Oréal. Luego trabajé en una peluquería de barrio en La Comercial durante unos meses, y me fui para Montreal, Canadá. Allí estuve un año e hice el brevete profesional para poder ejercer. Porque en aquel entonces no te permitían entrar a una peluquería y tocar un rulero si no tenías 900 horas de academia hechas. Luego volví a Uruguay y arrendé la que hoy es mi peluquería. Me presenté a un concurso, saqué el segundo premio en color, que era un viaje a Europa. Allí estuve un año y algo, en una peluquería de Madrid. De ahí me fui a Nueva York. En esa ciudad viví cinco años y trabajé como peluquero. Peinaba muchas pelucas. Era la época de la Revolución cubana, y muchas mujeres de Cuba se habían ido para Nueva York. Las cubanas siempre fueron de usar pelucas y peinados elaborados. Allí me fue muy bien. Hasta que un día, caminando por Manhattan, me encontré con un pedregullo y me pregunté: ¿qué soy acá? Soy esto, un pedregullo. Era un pedregullo de Manhattan, entonces me volví a Uruguay, me enamoré de una chica maravillosa, con unos ojos celestes que me atraparon. Nos casamos y tuvimos tres hijos: Nicolás, Eloísa e Ignacio. Hoy tengo, además, cuatro nietos. En ese entonces yo ya le había echado el ojo a la peluquería de Millán y Larrañaga (Prado), a la que iba cuando tenía siete años con mi madre, porque era de una amiga de ella. Alquilé esa peluquería y viví cuatro años en una habitación en el fondo, donde nació mi hijo Nicolás. Luego salí campeón nacional en peluquería y me dieron una copa. Un día vino a la peluquería un periodista, la vio y me preguntó: “Usted, ¿por qué tiene esa copa?”. Le dije que había salido campeón nacional y me ofreció hacerme una nota para el diario. La hicimos y el título fue El Prado tiene un nuevo campeón. En general, los campeones del Prado eran los Yorkshire, los Aberdeen Angus. Y, a partir de esa nota, se me llenó la peluquería de gente.
Empecé a trabajar para teatros, a través de Isabel Legarra. Así terminé siendo peluquero de la Comedia Nacional. También trabajé para Canal 12 durante 13 años, para el programa Buen día Uruguay. Siento que soy un peluquero que visibilizó la profesión. Fue, además, en una época de oro, donde la peluquería era una cita semanal o, a veces, hasta bisemanal, no mensual. Empecé a trabajar para teatros, a través de Isabel Legarra. Así terminé siendo peluquero de la Comedia Nacional. También trabajé para Canal 12 durante 13 años, para el programa Buen día Uruguay. Siento que soy un peluquero que visibilizó la profesión. Fue, además, en una época de oro, donde la peluquería era una cita semanal o, a veces, hasta bisemanal, no mensual.
¿En qué año fue eso?
En 1974 o 1975. Después me mudé a un departamento frente a la peluquería. Empecé a trabajar para teatros, a través de Isabel Legarra. Así terminé siendo peluquero de la Comedia Nacional. También trabajé para Canal 12 durante 13 años, para el programa Buen día Uruguay. Siento que soy un peluquero que visibilizó la profesión. Fue, además, en una época de oro, donde la peluquería era una cita semanal o, a veces, hasta bisemanal, no mensual.
Heber vera peluca
Desde hace varios años, se especializa en pelucas para teatro y también para pacientes oncológicas.
¿Por qué siente que es un peluquero que visibilizó la profesión?
Porque la mujer llegaba a la peluquería y tenía un peluquero que la aconsejaba, que le decía qué era lo que le quedaba bien, qué era lo que no, los cambios de luz, por qué no tenía que usar tal cosa. Les hablaba del visage (una técnica que busca diseñar el corte, color y peinado más favorecedor para una persona según la forma de su rostro y sus rasgos). La gente empezó a valorar eso y se me llenaba la peluquería. Hoy las mujeres vienen con una foto en el celular y te dicen “quiero esto”. De repente te muestran a una chica de 40 años y ellas tienen 70, pero por lo menos te orientan sobre qué es lo que quieren. En aquel entonces no existía eso, y hacíamos muchos cursos. Cada vez me fui enamorando más de mi profesión. Fui dos veces campeón nacional, fui presidente de la Patronal de Peinadores, fui director artístico de Intercoiffure Uruguay, tengo un diploma de los mejores obreros de Francia.
Siempre dice que usted es peluquero y no estilista, ¿cuáles son las diferencias?
Siempre me lo pregunto: ¿qué es ser estilista? Es tener estilo, y todos tenemos un estilo. Soy estilista porque tengo un estilo, pero también tengo un servicio, un método, una filosofía de salón que tiene mucho que ver con el “yo y vos”, con la clienta, la relación entre mujer y peluquero. Lo que sí puedo decirte es que generé el método Vera.
¿Cómo define el método Vera?
El método Vera es en lo que se ha transformado la peluquería hoy. Las mujeres ya no van a la peluquería a peinarse, sino a buscar una identidad, porque están cansadas de verse como se ven, o porque no les gusta, y quieren cambiar. Y hay muchas ofertas de tratamientos y de todo, algunos que no son muy buenos, que dejan el pelo destruido. Te transformás un poco en una clínica del pelo, y nosotros somos una peluquería que no trabajamos pelo, creamos identidad. El pelo tiene una identidad propia, pero la mujer tiene otra, entonces hay que conjugar las dos. Tenés que trabajar, tenés que informar, tenés que enseñar cómo se lava la cabeza, cada cuánto, los productos adecuados que tienen que usar para cada necesidad. El método Vera hace que la mujer se amigue con su pelo y sepa cómo tratarlo, que eso no le genere un problema y no le demande mucho tiempo. Porque la mujer de hoy no tiene tiempo. El método Vera consiste en siempre darle una solución a la mujer, escucharla, aconsejarla.
Heber vera NY
Heber Vera vivió en Nueva York en los años 60.
Estuvo en Canadá, Nueva York, Francia. Viaja mucho, pero sigue eligiendo vivir y trabajar en Uruguay, ¿por qué?
Porque soy uruguayo, me gusta mi país. Reniego todo el día de estar acá, porque es un país caro, porque esto, porque lo otro, pero me ofrecieron poner una peluquería en Madrid cuando estuve allí y dije que no. Porque este es mi lugar, amo al uruguayo, amo a las mujeres uruguayas.
Hay una anécdota que usted contó en algunas entrevistas de cuando volvió a Uruguay. Llegó de Nueva York con los pelos largos, descalzo, en plena dictadura. ¿Cómo fue?
Recuerdo que llegué al Aeropuerto de Carrasco viejo, que no tenía túnel, bajabas del avión y salías caminando. Y un amigo del barrio que había ido a buscarme saltó del balcón para llegar a la pista y estuvo cinco meses preso. Fue duro volver en dictadura, fue duro tener barba, fueron duros los insultos y estar detenido dos por tres en una comisaría solo por el hecho de ser barbudo. Aparte estaba con un pantalón violeta, oxford, descalzo, con un signo de la paz colgado… Era un disfraz, porque yo nunca fui hippie. Pero mi look siempre me importó, siempre lo cuidé. En eso sí tengo mi estilo.
¿Estuvo en el Festival de Woodstock?
¡Sí! Estuve un día, fue maravilloso. No entendía nada al ver tantos motoqueros con tatuajes, grandotes, barbudos, con casco. Yo recién había llegado a Nueva York y estar allí me generó un impacto muy fuerte. Pero no fue ese el impacto más grande que tuve, sino salir de La Comercial e ir a trabajar al London París. Porque en aquella época tu centro era el de tu barrio, y la avenida 18 de Julio era para una elite. Llegar de La Comercial a London París, que era un supermall que tenía de todo, era un lujo, fue impactante.
Heber vera petru
Vera confeccionó la peluca de Petru Valensky para la obra Quién le teme a Italia Fausta en el Teatro Solís.
Hace cinco años, en una entrevista con Álvaro Carballo para su programa Historias propias, él le consultó sobre su orientación sexual y usted contestó “soy todes”, ¿qué significa eso?
Después me lo cuestioné… ¿Cuál es la diferencia de decir cuál es tu orientación sexual? ¿Qué es el sexo? ¿Cuál es la orientación? ¿Hay que estar encasillado ahora que hay una diversidad cada vez mayor? ¿Qué aporta decir qué soy? Yo quiero que la gente se imagine lo que soy. Lo único que te puedo decir es que siempre la he pasado muy bien.
¿Cuál es la diferencia de decir cuál es tu orientación sexual? ¿Qué es el sexo? ¿Cuál es la orientación? ¿Hay que estar encasillado ahora que hay una diversidad cada vez mayor? ¿Qué aporta decir qué soy? Yo quiero que la gente se imagine lo que soy. Lo único que te puedo decir es que siempre la he pasado muy bien. ¿Cuál es la diferencia de decir cuál es tu orientación sexual? ¿Qué es el sexo? ¿Cuál es la orientación? ¿Hay que estar encasillado ahora que hay una diversidad cada vez mayor? ¿Qué aporta decir qué soy? Yo quiero que la gente se imagine lo que soy. Lo único que te puedo decir es que siempre la he pasado muy bien.
¿Siente que pudo vivir su sexualidad con libertad?
Con total libertad. Yo siempre viví en libertad. Soy acuariano, soy libre. Si algo me asfixia, corro.
Trabajó como peluquero para cine, teatro, y también en su propia peluquería. ¿Dónde se siente más cómodo?
En el teatro.
¿Por qué?
Porque el pelo es parte del personaje. Entonces yo me involucro ya no solo como peluquero, sino como técnico del estilo, de la identidad que tiene ese personaje. Peino mucho para la Comedia Nacional, hablo con la directora, con la vestuarista, con la propia actriz. Una vez a (la actriz de la Comedia Nacional) Jimena Pérez en cuatro horas le cambiamos cinco pelucas durante un ensayo. La primera peluca era de color rojo sangre, y terminó con una corta y canosa. Esas cosas me empoderan a mí mismo con mi profesión, que se me respete, que me llamen para un ensayo, para ver cómo veo al personaje. Me parece fascinante y no lo quiero perder nunca.
Estuvo en Haití, donde enseñó a peluqueros haitianos a trabajar el pelo lacio, ¿cómo surgió esa posibilidad?
En ese entonces teníamos una sucursal de la peluquería en Pocitos, que fue uno de mis errores porque yo no me podía dividir en dos y quería estar en ambos lados. Un día vino una señora por un tratamiento y yo dije: “No quiero hablar de tu pelo, quiero hablar de vos primero”. Empezamos a hablar de ella y después terminamos hablando del pelo, se fue contenta, me abrazó. En ese momento había un delegado de la Organización de las Naciones Unidas, de origen español, que escuchó todo y le interesó muchísimo. Entonces me preguntó si quería integrar una misión humanitaria en Haití. Yo le dije que sí, que iba, que no tenía drama. El problema fue que cuando llegué a Haití me encontré con una realidad de la que la gente no tiene ni idea. Las peluquerías a las que iba tenían piso de tierra y una silla de comedor en el medio, ni siquiera tenían un espejo.
Heber vera1
El peluquero en una presentación del Centro Patronal de Peinadores en el hotel Radisson.
Ha dicho que fue de las miserias más grandes que vio…
Aparte de las miserias, aparte de que nunca terminan de recomponerse de los terremotos, están todas las misiones. Yo tuve una experiencia muy buena en esa misión con los militares, porque me fui de Uruguay con la idea de los milicos de la dictadura y me vine con una idea distinta. Compartí la misión en Morne Cassé con el destacamento de Uruguay, con soldados jóvenes que nos decían que no tenían nada que ver con la dictadura. Pasamos muy bien, fuimos a muchísimos lugares y al final me di cuenta de que lo único que yo podía aportar era hablar de los cabellos lacios. Allá hacían muchos laciados, porque el 99% de las haitianas tienen el pelo crespo, y se hacen trenzas. Entonces di cursos sobre laciados y recibí lecciones humanas que nunca había recibido.
¿Cómo surgió su iniciativa de fabricar pelucas y de apoyar a mujeres con cáncer?
Mi primera clienta fue la doctora Aguirrezabala, madre del que después fue ministro del Partido Colorado, una divina mujer, que tuvo cáncer. Yo aún vivía atrás de la peluquería que alquilaba, y un día vino y me dijo: “Quiero ir a la peluquería después de las siete de la tarde para que me lave el pelo porque se me va a caer”. Y le dije: “Yo le lavo, pero no se le va a caer”. ¡Socorro! Porque en aquel entonces a los pacientes de cáncer les daban una bomba de cobalto que a las 48 horas dejaba a las mujeres sin pelo, verdes y con olor fétido. Hablo de hace 50 años. Y efectivamente se le cayó todo el pelo. Ella se había comprado una peluca sintética y, como le quedaba grande, entre los dos la cosimos y fuimos su primer contacto con esa peluca. Después empecé a trabajar en eso y me formé en Viena, en Nueva York. Descubrí un mundo que no tiene nada que ver con la peluquería. Tiene algo que ver con el pelo, pero no con la peluquería, y me fascina. En el salón tenemos un espacio para eso, a puerta cerrada, amplio, con 600 pelucas de muestra para que puedan ver. Les sacamos medidas, les hacemos el color, las arreglamos si les ven algún defecto. En el momento en que se van con su peluca y nos abrazan, es el mejor pago que nos pueden dar. A las mujeres que trabajan, esas pelucas se las paga el Banco de Previsión Social.
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Adrián Echeverriaga
¿Son muy costosas las pelucas de pelo natural?
Costosísimas. Las pelucas que nosotros vendemos podría decir que son las mejores del mercado. Porque hay otras pelucas que también son muy buenas pero van pegadas. Y yo no trabajo con pelucas pegadas porque, cuando se te cae el pelo, el bulbo queda. Distinto es cuando tenés una alopecia areata, que significa que no te va a crecer nunca más el pelo. Pero, cuando se hace quimio, luego vuelve a crecer el pelo, entonces el bulbo tiene que respirar. Nuestras pelucas no son importadas, son hechas a medida, y hacemos toda la parte de microimplantación como si fuera cuero cabelludo. Para que la mujer no tenga que pegársela, se ajusta en el frente y en la parte de la nuca y queda perfecta. Las mujeres se van locas de la vida.
A sus 83 años sigue trabajando. ¿Piensa en su retiro?
Para nada. Estoy por sacar al mercado un nuevo producto que va a ser revolucionario y estoy como loco. Lo generé con uno de mis hijos y es un protector para el cloro y el agua de mar, para el cuero cabelludo. Hay mujeres que dejan de ir a la piscina porque el cloro les hace pomada el pelo. Esto es una barrera protectora, va a ser un golazo. Uno tiene que hacer plata para no vivir de la jubilación. Yo nunca pensé en jubilarme y tuve que hacerlo hace dos o tres años. Pasé la posta de la peluquería y ahora es mi hija la que lleva todo adelante con un sentido más moderno, estético, simple. El choque generacional a mí me enriquece mucho, y le doy el respaldo de mi experiencia. Pero no pienso en dejar de trabajar.