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Olga Armand Ugon: "miro mi obra y es un reflejo impresionante de lo que soy"

La pintora, docente y creadora de Proyecto Arte consagra su vida al arte contemporáneo tras haber hallado su propia voz

Coordinadora de Sociales

Al cruzar el umbral del atelier, una atmósfera vibrante, cargada de creatividad, envuelve los sentidos. El aire, impregnado por el aroma del óleo y la madera, transporta a un refugio donde el arte cobra vida.

Cada rincón es un festín visual. Pinturas de colores variados capturan la mirada mientras un tímido rayo de sol ilumina una tela que espera el próximo trazo. Entre luces y sombras, emergen figuras equinas, al galope o inmóviles pero todas infundiendo una sensación de libertad.

Un idéntico sentido de emancipación se apodera de Olga Armand Ugon cada vez que plasma en el lienzo sus emblemáticos caballos. El amor por ellos nació en su niñez en Colonia Valdense, en el tambo de su papá Daniel. Los Armand Ugon llegaron desde Europa desarrollando la sociedad de la época al impulsar escuelas y fundar el liceo que lleva su nombre. Olga disfrutaba sus estadías al aire libre con los animales hasta que a sus 10 años la muerte de su padre cortó abruptamente esa conexión.

De adolescente estudió pintura e ingresó al Centro de Diseño Industrial con la idea de dedicarse a esa área del diseño y, por curiosidad, entró a una clase de Peter Hamers y se apasionó por la moda. “Me encantó cómo modelaba en un maniquí chiquito, como una escultura con trozos de tela blancos y negros, por eso me enamoré de la moda, era más artístico haciéndolo con él”. Así fue que también se anotó en la escuela de Hamers y estudió en el Instituto Strasser. Estuvo 10 años enfocada en la indumentaria, trabajó junto al diseñador Oscar Álvarez y creó su propio emprendimiento de ropa de fiesta y novias en Punta Carretas. Sin embargo, la exigencia comercial de producir prendas vendibles la desmotivó, sentía que sofocaba su creatividad. “Cuando bajé a la realidad de tener que hacer solo lo que se vendía para sobrevivir, me aburrí y abandoné. Toda esa parte artística se esfumó”.

Tras una década dedicada a la maternidad, a los 40 retomó las clases de pintura, inicialmente como un hobby, bajo la tutela de Gerardo Acuña y Clever Lara. Con el tiempo comprendió que podía vivir del arte y se atrevió a intentarlo, un sueño latente desde su juventud. Pasó de la abstracción a pintar caballos, una temática que, aunque inicialmente incierta, la fascinó. Tras consolidar su faceta como pintora, diversificó su carrera hacia la docencia y los viajes a ferias del sector.

Desde hace tres años organiza Proyecto Arte, un encuentro donde los artistas exponen sus piezas e interactúan con el público directamente. En la última edición, en el Salón de Eventos del Latu, participaron 130 artistas, 30 de ellos extranjeros, y la visitaron 15.000 personas.

El diálogo comienza sobre el color, protagonista de cada rincón de su atelier, un espacio donde la materia prima se transforma en pura poesía visual y las historias perduran.

La temática de su pintura es exclusiva de caballos, ¿por qué?

Sí, hace tres o cuatro años que solo pinto caballos. Yo vengo de la abstracción, pero ahora tengo la suerte de pintar caballos y que a la gente le guste. Mis caballos no son muy normales, o sea, son medio abstractos. Entonces podían gustar o no; hay gente que prefiere el hiperrealismo y más la gente del campo, pero me está yendo bien.

"Mis caballos no son muy normales, son medio abstractos", dice Olga Armand Ugon.

"Mis caballos no son muy normales, son medio abstractos", dice Olga Armand Ugon.

¿Y cómo empezó todo?

Bueno, es una historia medio triste.

¿Con qué soñaba de chica?

Mi sueño era ser artista. Yo iba al taller de Clever Lara, que es remístico, había gente que dibujaba impresionante, y ahí me di cuenta de que quería pintar. Empecé con Clever, fui a lo de Guillermo Fernández y después lo más parecido que encontré como carrera fue en el Centro Diseño Industrial; conocí a Peter Hamers y me dediqué a la moda por 10 años. Trabajé para Óscar Álvarez y Alba Tejeira haciendo novias y también tuve una boutique en Punta Carretas, Champagne. Después dejé la moda por la maternidad y volví a pintar a los 40. También estudié con Gerardo Acuña, en Bellas Artes; me empezó a ir bien, hice exposiciones, me entusiasmé y seguí.

¿Al principio fue un hobby?

Sí, fui mamá y el arte era un hobby. Mis profes hacían exposiciones y creo que mi primera muestra fue en el Cabildo de Montevideo. También expuse en lo de Diana Saravia y en Galería Aramayo.

¿Y cómo surgió Proyecto Arte, la feria de arte contemporáneo que conecta a los artistas directamente con el público?

Todo comenzó cuando se me ocurrió ir con un grupo de pintores a una feria en Miami y quedé deslumbrada, porque mostrás tu trabajo, estás en contacto con la gente y vendés sin comisiones. Cuando exponés en una galería solo hay lugar para tres o cuatro. Ahora todos los años vamos a Estados Unidos, incluso a Nueva York. Viajamos, exponemos; a veces vendemos, otras veces no.

¿Y qué temática le atrae al público de Estados Unidos?

El año pasado un artista llevó arlequines, otro fue con arte en papel más abstracto, yo con mis caballos, y se vendió todo, volvimos refelices. Sin embargo, otra vez no vendí. Es suerte. Vender es como encontrar al novio. No es fácil.

¿Entonces después de conocer esa experiencia decidió replicarla en Proyecto Arte? La tercera edición se realizó a principios de agosto.

Sí, la primera vez lo organizamos con otra artista, Andrea Sugo, porque yo sola no me hubiera animado. Ahora Andrea no sigue, quedé sola, pero el primero fue gracias a ella. Recuerdo que nos pasó de todo. Los que nos hicieron los stands no los terminaron a tiempo, las paredes quedaron 20 cm más chicas, no había luces para todos. Llegué en la mañana pensando que iba a estar todo pronto, como en Estados Unidos, y todo estaba mal; quedé en estado de shock, lloraba, fue tremendo. Lo único que atiné fue a decirles a los artistas: “O lo hacemos entre todos o esto no sale”. Incluso Andrea y yo compartimos nuestro espacio con otros artistas que no tenían su stand pronto. Pero después fue un éxito y me quedé con eso, me quedé con la alegría, y ahí me animé a seguir sola. Cada edición fue creciendo en cantidad de participantes y en disciplinas: pintura, escultura, arte digital, arte textil, instalaciones, todo. Hasta tuvimos que alargar el horario del domingo, va mucha gente, todos te charlan y están interesados. Esa experiencia es divina.

¿La interacción potencia el arte?

Sí, la interacción es importante porque vos trabajás súper solo, la pintura es solitaria, y está buenísimo ver el efecto que causás. La interacción es una experiencia realmente linda. Además, cuando el artista te cuenta la historia de la obra, le aporta otro valor. La ves con otros ojos, está buena esa charla para saber cómo lo hizo, las técnicas, las historias personales.

¿Le ha pasado de ir a una reunión y encontrarse con una obra suya sin saberlo?

Sí, me ha pasado y está bueno el reencuentro cuando pasan años de no ver esa obra.

¿Y qué se siente?

Me encantó, porque ver un cuadro mío colgado en una casa es como que te encontrás con algo súper nuevo, es una sensación buenísima. Otra vez me pasó con una de mis primeras obras, que vendí en una galería, que el comprador dijo que había sacado una obra de (Enrique) Medina para poner la mía, ¡imaginate! Y tengo un cuento muy gracioso de mis comienzos. Un día mi hermano estaba jugando golf y una persona le preguntó qué era de la pintora Armand Ugon. Él le contestó que no había ninguna pintora en la familia. Y entonces le dijo que había comprado un cuadro en una galería de Olga Armand Ugon. Y recién en ese momento reaccionó y le dijo “¡es mi hermana!”. Llegó a casa con los ojos así de grandes. Esas fueron mis primeras ventas. Para él yo seguía siendo solo su hermana. En casa somos cinco hermanos y me acuerdo que me hacían chistes y decían: “¿Vos pagarías por algo que hace Olga?”.

¿Es la única artista de la familia?

Sí, de mis hermanos soy la única. Pero en mi familia ha habido artistas muy importantes, como mi tío Luis Batlle Ibáñez, pianista, que se fue a vivir a Estados Unidos. Él era un virtuoso, tocaba desde los cinco años, hizo una carrera internacional. Yo no tenía ese talento ni ahí. Mi tío fue mi referente, era un zarpado y para mí ser artista era ser como él, era tener esa magia. Yo sentía que si no eras tipo (Pablo) Picasso no podías ser artista.

¿Y cómo eran las clases con Clever Lara, uno de los grandes artistas uruguayos?

Un aprendizaje. Mágico. Vos ves las obras de Clever a los 16 años y eran maravillosas. Primero aprendí toda la estructura, después tuve que explorar qué hacía con todo ese aprendizaje y más tarde aprendí a soltar; cuando empiezo un caballo no sé cómo va a terminar. Después, cuando ya estaba a un cierto nivel, él me incentivaba a hacer exposiciones.

¿Cómo se encuentra el estilo propio?

Primero aprendés las reglas, después experimentás con la espátula, ves los resultados y, al final de toda esa mezcolanza que aprendiste, cuando te empezás a soltar, ahí empieza a aparecer el estilo propio. Nunca me voy a olvidar cuando Clever me decía: “Rayá, rayá, vos rayá”, porque él veía que mi estilo era por ahí. Cuando me siento trancada, me acuerdo de lo que me enseñó y me suelto, y ahí puedo pintar.

¿Se puede pintar por encargo?

No, no lo hago porque no va a quedar bueno. Pero si me das una foto de un caballo lo puedo hacer a mi estilo. Tengo que dejar que mi instinto aflore, no sé si es inspiración pero si al artista le cortás la libertad, lo matás. La parte creativa tiene que darse en completa libertad. Entonces, puedo hacer un trabajo a pedido, pero será según mi estilo.

Desde hace tres años Olga Armand Ugon organiza Proyecto Arte, un encuentro donde los artistas exponen sus piezas e interactúan con el público directamente.

Desde hace tres años Olga Armand Ugon organiza Proyecto Arte, un encuentro donde los artistas exponen sus piezas e interactúan con el público directamente.

Volviendo a los caballos, ¿qué pasó?, ¿su papá tenía un tambo en Colonia Valdense?

Allá tenemos hasta la calle principal; el colegio y el primer liceo del interior fue creado por Daniel Armand Ugon. Igual que mi padre, vino de Europa para radicarse en Colonia Valdense; eran profesionales y se dedicaban a los quesos, armaron toda una comunidad, los aman en Colonia. Y así surgió el colegio, el liceo. Mi abuelo tenía un campo, mi padre compró un pedacito y se dedicaba a la lechería. Y por eso yo iba mucho al campo, andaba a caballo todo el día, todos decían que iba a ser jocketa; en ese entonces no había nada de arte, solo caballos. De ahí sale mi amor por ellos. Mi padre murió viniendo desde Colonia en la ruta 1 cuando yo tenía 10, y ahí se acabaron los caballos. Recuerdo que me habían regalado dos petisos y cuando se vendió el campo mamá los llevó a no sé dónde. Y a los 50 tuve una crisis grande, me sentía re triste, pensaba qué podía hacer que me diera felicidad y en terapia recordé que me encantaban los caballos. Entonces empecé a hacer doma racional, ese entrenamiento equino basado en la confianza del animal. La historia es medio triste, la tenía guardada en el inconsciente.

¿Y cómo le resultó esa experiencia?

Reviví, reviví. Cada tanto hago cursos. Toda la vida estuve con caballos y la conexión es increíble, son caballos totalmente salvajes. Te quedás quietita, no los mirás fijo porque tienen más miedo que vos, entonces por eso te pueden atacar. Cuando el caballo siente que no le vas a hacer nada, se relaja y terminás tocándolo. Ese momento se siente impresionante. Primero le ponés la mano para que te huela o lo soplas para que sienta tu olor y vas viendo cómo va reaccionando contigo. Divina la experiencia. Me pasaba horas porque también aprendés sobre el respeto y los vínculos entre humanos, cómo te trato y cómo vos me tratás, el miedo que podés tener al otro, lo sentís como amenaza y por eso le hablas mal. Después de eso un amigo me pidió que pintara un caballo, me animé y me compró un cuadro de un caballo que era como una sombra. Y ahí me empecé a copar y nunca más quise dibujar abstracto.

¿Esa crisis fue necesaria para encontrar su camino?

Sí, encontré mi camino y estoy contenta porque puedo seguir pintando caballos y viviendo del arte. Y como siempre digo, si mi padre hubiera vivido, me hubiera dedicado al campo. Con mi madre íbamos y veníamos a todos los museos, al final terminé haciendo lo que le gustaba a ella. Lo interesante es que en mi pintura represento mis estados de ánimo, si tengo una pelea grande con alguien que quiero mucho, pinto un caballo que se está peleando con otro, y no me doy cuenta cuando lo hago. Y si estoy más en paz, capaz que te pinto un caballo manso.

¿También nota los estados de ánimo de sus alumnos en sus pinturas?

El taller es un lugar de buena energía porque está todo el mundo para lo mismo. Son tres horas de taller en donde todos están relajados, es un lindo ambiente. En mis alumnos veo sus personalidades, incluso en mis cuadros ves la mía. Soy súper gestual, desprolija; todo lo dejo, nunca termino nada; me lanzo al cuadro sin saber qué va a venir, y así soy en mi vida: me lanzo y que sea lo que Dios quiera. Miro mi obra y es un reflejo impresionante de lo que soy, no me pidas otra cosa porque no puedo, y eso sí se ve mucho en cada alumno. Te das cuenta de las personalidades, el muy prolijo, el detallista, el perfeccionista, el ansioso, hay de todo. Me acuerdo de una alumna que estaba enojada y pintaba macabro, todo oscuro, pero le quedaba buenísimo. Y yo le pedía que largara lo que sentía.

¿Y cuándo un cuadro está terminado?

Cuando a mí no me gusta está sin terminar. A veces lo dejo y al año lo miro y lo cambio, me puede llevar años. Pero a veces hay pinturas de caballos sin manos ni patas o que dejo que se confunda el fondo con la figura, pero eso me gusta y así está terminado.