Manos del Uruguay cumple 50 años y mantiene su objetivo: acercar el trabajo y favorecer el desarrollo personal de mujeres artesanas en zonas rurales
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En 1968, cinco amigas se unieron para hacer algo inédito hasta el momento: organizar y dar oportunidades de trabajo a las mujeres del interior del país. “Ellas tenían una visión a largo plazo. Querían que nosotras nos formáramos como empresarias, como mujeres y como grupo humano”, recuerda Delia Lestarpe, artesana, sobre los comienzos de un proyecto tan real como innovador. Se llamó Manos del Uruguay y desde el comienzo tuvo un objetivo claro: ayudar a las artesanas a potenciarse, generar un ingreso —que en algunos casos era el único sustento de la familia— y lograr ser independientes enseñándoles técnicas para desarrollar ciertas habilidades. Sin tener que salir de su hábitat, manteniendo su arraigo y organizadas en cooperativas, las mujeres rurales encontraron la forma de trabajar en algo que, además, sentían como propio.
“Confiaron en que íbamos a aprender, que íbamos a superarnos, y algún día llevar esta organización adelante”, contó Gabriela Cabrera, artesana y actual presidenta de la organización, en una celebración organizada para ellas y para rendir homenaje a las cinco fundadoras a 50 años del nacimiento de Manos: “Ellas (las fundadoras) tuvieron esa gran visión que nos contagió de ganas y esperanza y de que cuando se quiere, se puede. Nos dejaron un gran legado del que estamos todas muy agradecidas, y respondemos cada una desde nuestro lugar con compromiso”.
Sin dejar de ser una cooperativa, en 2018 Manos es, también, una empresa con varios locales de venta en centros comerciales y exportadora, con clientes internacionales como Stella McCartney y Marc Jacobs. A 50 años de su gestación, Manos del Uruguay ha impactado en más de 5.000 mujeres —fundamentalmente del interior del país—, artesanas que se desenvolvieron laboral y personalmente a partir de su vínculo con esta organización sin fines de lucro. Sus cinco fundadoras (Manila Chaneton de Vivo, Olga Santayana de Artagaveytia-, Sara Beisso, Dora Muñoz y María del Carmen Bocking) ya no están, pero su legado vive en las artesanas y en los funcionarios, que han heredado su capacidad para superar las dificultades, adaptarse a los cambios y afrontar los desafíos para mantener su vigencia.
Una idea revolucionaria. Hicieron falta cinco mujeres inquietas que se detuvieran a observar dos fenómenos complementarios que, hasta el momento, no tenían punto de contacto: por un lado, mujeres hábiles con sus manos, con conocimientos de hilado, de tejido y de uso del telar y pocas oportunidades para explotar esas condiciones. Por el otro, un mercado que entonces —50 años atrás— ya tendía a valorar lo artesanal, hecho a partir de diseños diferentes y materiales naturales. “¿Cómo unir estas dos puntas?”, se preguntaron las fundadoras, según contó una de ellas, Olga Santayana de Artagaveytia, en una publicación que la organización editó a 38 años de su nacimiento. “La respuesta la dimos cinco amigas que vivíamos en el interior en distintos puntos del país”. Determinación y esfuerzos coordinados con las artesanas y con los vecinos y las autoridades fueron los ingredientes esenciales para poner en marcha el emprendimiento —además de los créditos del BROU, el apoyo del BID y de la Interamerican Foundation y la asesoría del Centro Cooperativista Uruguayo.
“Sabían que había mujeres, que había vellón en el galpón, y algo tenían que hacer —dijo Rufina Román, artesana y expresidenta de Manos. Me las imagino saliendo a buscar a Doña María, que sabía hilar, y a Doña Petrona, que sabía telar. Cada una salió en su zona e hizo lo mismo, y como les pareció poco, invitaron a muchas otras. Fueron haciéndolo como pudieron. Después el batallón se les vino encima: todas las mujeres que estábamos ansiosas por hacer algo y que sentíamos que nos habían dado la oportunidad. Creyeron en nosotras, en que se puede. Fueron dando lo que pudieron y sacrificando tiempo de sus hijos, de sus familias, de sus quehaceres; lo dieron todo. Los primeros años lo hicieron ellas, y después nos integramos con la ayuda y la capacitación de ellas”.
Manos capacitó a las artesanas en tareas específicas como tejido, telado, crochet y teñido, les enseñó a gestionar la cooperativa en cuanto a la organización del trabajo, la administración y hasta la dirección, y las orientó además en áreas referidas a la salud y la familia. “Estas cinco mujeres veían el futuro de Manos, tenían una visión a largo plazo. Querían que nosotras nos formáramos como empresarias, como mujeres y como grupo humano. Pusieron un equipo de profesionales para enseñarnos de la A a la Z. A veces nos asustábamos un poco cuando nos daban responsabilidades, o teníamos que viajar, pero de cada una de ellas tengo anécdotas preciosas, y de cada susto que me llevé también. Ellas me hacían tener confianza en mí, porque me empujaban, me decían ‘vos podés”, contó la artesana y también expresidenta de Manos, Delia Lestarpe.
Para 1970 el emprendimiento ya tenía sus estatutos, contaba con 20 grupos de trabajo activos en el interior del país y con un centro de servicios en Montevideo listo para apoyar en la organización de la producción. Con el tiempo, esa central empezó a encargarse además del abastecimiento de materias primas y a apoyar en diferentes técnicas de producción, en la gestión administrativa, en el diseño y en la comercialización de los productos, así como en la promoción del desarrollo personal y social de las artesanas. El objetivo último era preparar a las mujeres y guiar a los grupos para que pudieran autodirigirse y funcionar como cooperativas de producción independientes. Manos del Uruguay no debía ser “para las artesanas”, sino “de las artesanas”.
Las herramientas, los avances y el diseño. “Dora (Muñoz) andaba con un cinto lleno de herramientas —recuerda Delia. Un día me dio por preguntarle por qué llevaba ese cinto. Ella me miró y me dijo: ‘Sabés, Delia, que a cada herramienta de las que tengo acá primero tenés que tenerla, y después tenés que saberla usar. Son para no quedarme en el camino, y para ayudar a que otro no se quede en el camino’. Yo me quedé de boca abierta. Me estaba diciendo: ‘Te estamos dando las herramientas, mujer, tenés que saber para qué te las damos, porque la capacitación que nos dieron, los profesionales que nos pagaron para que nos formaran, fueron espectaculares. Nos enseñaron a mirar para adelante, a ser empresarias, a tener empuje. Nos dieron herramientas para la vida. De cada una de ellas tengo un recuerdo hermoso”.
Hoy, las 250 artesanas de Manos del Uruguay están distribuidas en 19 localidades y agrupadas en 13 cooperativas que tienen su sede en ciudades y pueblos del interior del país. En la central de servicios, ubicada en Montevideo, trabajan unas 90 personas; sus productos se venden en ocho locales distribuidos en Montevideo, Punta del Este y Colonia. Los miembros de la directiva de Manos cambian cada dos años y, desde 1988, las representantes de las cooperativas han constituido la mayoría en la comisión directiva.
“Aprendí tantas cosas que la vida no me va a dar para agradecer. Primero, a cómo hilar una lana retorcida; después, a cómo mejorarla; después, a administrar, y así hasta llegar a la directiva de Manos”, dice Rufina.
“La lana con la que estas mujeres trabajaban nos asustaría hoy en día porque era verdaderamente rústica, lavada a mano, toscamente hilada y sin teñir”, contó Elizabeth Sosa, una tejedora que aprendió el oficio de su madre y que creció viéndola tejer para Manos. “Jergas, cubrecamas, ponchos, respondían a las necesidades de su entorno. ¿Pero eso era suficiente para que otros se interesaran en sus productos?”, se preguntaban las mujeres de los rincones más escondidos del país.
Terminaron comprobando que sí. Que lo que hacían era altamente apreciado, y que con los lineamientos de un equipo de diseño podían sumar a esas prendas únicas, llenas de sentido, una estética y una identidad que no solo elegiría el consumidor local, sino también el internacional. Aunque los grupitos aislados de artesanas que se reunían para hilar lana vellón con rueca a pedal ahora se organizan cooperativamente y cuentan con tecnología más avanzada para producir las prendas, la belleza y singularidad de lo artesanal siguen vivas como uno de los principios fundamentales de la marca.
La base suele ser siempre la lana, y las ventajas creativas que supone su tejido a mano. Manos del Uruguay pone especial énfasis en la dupla artesano-diseñador. El equipo de diseño recurre, en el proceso de búsqueda de tendencias, fundamentalmente a revistas técnicas, información en la web y los viajes. La investigación implica determinar al mismo tiempo qué fibras están de moda, qué tipo de hilados (gruesos o finos, peinados o cardados, lisos o peludos, rústicos o suaves), qué puntos y qué tramas (intarsia, jacquard, trenzas), así como las terminaciones decorativas (bordados, apliques) y, por supuesto, las formas y los modelos. En función de esto se desarrollan hilados —que en general combinan lana con otras fibras naturales—, y se realizan muestras para probar diferentes puntos y técnicas de tejido, telado, crochet y fieltro.
Los altos estándares de diseño y calidad, así como el valor añadido de que se trata de prendas únicas con una identidad marcada, han llevado a que los productos de Manos sean solicitados también en el exterior por parte de clientes como Stella McCartney, Dries van Noten, Mulberry y Pringle of Scotland en Europa; Marc Jacobs, Peruvian Connection, Donna Karan, Polo Ralph Lauren y Gabriela Hearst (la diseñadora uruguaya de alta costura establecida en Nueva York) en Estados Unidos, y Jazmín Chebar en Argentina.
“Un contrato con el exterior implica proponer un diseño e incorporar las modificaciones sugeridas por el cliente antes de seleccionar la cooperativa que se encargará de despachar el pedido, preparar los moldes en cada talle, redactar las instrucciones que indican la cantidad de hilo y cuánta entretela usar, asegurar el suministro de materia prima, gestionar la entrega de los productos terminados a la oficina central, realizar los controles de calidad y gestionar el envío, en general dentro de un plazo de 90 días”, detalla el equipo de diseño. Requiere de un esfuerzo de varias puntas que implica identificar el mercado, conseguir clientes y conservarlos con la dificultad extra de coordinar toda la producción a distancia. “Al final del proceso, una prenda realizada por una artesana de Manos en la localidad de Tambores es adquirida y atesorada por una una clienta de una marca prestigiosa en la Quinta Avenida de Nueva York. Eso es valor”, dijo Rodolfo Gioscia, gerente general de esta organización sin fines de lucro.
En 2009, Manos del Uruguay fue nombrada miembro de la World Fair Trade Organization (WFTO), la Organización Mundial de Comercio Justo, que tiene como objetivo principal erradicar la pobreza a través del desarrollo económico sostenible. Esta marca de calidad, que opera en 70 países y nuclea a más de 350 organizaciones, garantiza una relación de intercambio comercial basada en el diálogo, la transparencia y el respeto, buscando una mayor equidad en el comercio internacional y asegurando los derechos de los pequeños productores y los trabajadores más vulnerables. La incorporación de Manos a esta organización es un reconocimiento a lo que fue el punto de partida del emprendimiento: ofrecer las herramientas y las oportunidades a las mujeres más vulnerables de aprender un oficio, en algunos casos, o de mejorar sus productos en otros, realizarse y lograr la independencia económica incluso desde los puntos más lejanos del país.
“Manos tiene en su ADN la responsabilidad social y el desarrollo de las personas”, dijo Gioscia en la celebración que la organización realizó para artesanas y funcionarios con motivo del 50º aniversario. Allí se refirió también al futuro: “Habrá desafíos grandes, como los hubo. Hagamos como las fundadoras y pensemos en grande”, concluyó.