Causa y efecto de las emociones

¿Cuándo será el día que comprendamos que la dimensión emocional está en la base de todas las cuestiones humanas? ¿Por qué será que, históricamente, esta parte del ser humano se ha dejado de lado, no ha sido considerada importante? No la tuvieron en cuenta los médicos para encontrar allí la causa de muchas enfermedades. No les importó a los maestros para comprender la conducta y el rendimiento de muchos de sus alumnos. Hasta hace no tantos años, y probablemente sigue siendo así en muchas familias, de las emociones no se hablaba en casa. Los sentimientos no se demostraban. Se consideraban algo muy íntimo y personal, podían revelar debilidades y, sobre todo, uno podía ser juzgado. Y estamos pagando las consecuencias de haber escondido durante tantos años los sentimientos.

Lentamente, muy lentamente, la medicina está comprendiendo que lo emocional no solo juega en el desarrollo y tal vez la cura de algunas enfermedades, sino que directamente puede ser la causa. El problema es que como las emociones no pertenecen al mundo de lo físico, no se pueden tocar, ni medir ni comprobar científicamente, quedan por fuera de los diagnósticos. Sin embargo, en los últimos años se ha ido descubriendo que las emociones son las causantes de muchas de nuestras enfermedades: la angustia, el estrés, la tristeza, la depresión se manifiestan a través de dolencias físicas que pueden terminar causando la muerte. Probablemente, si ante los primeros síntomas, los médicos atacaran la causa emocional detrás de la dolencia física se ahorrarían muchos dolores de cabeza (sin contar el dinero gastado en medicamentos y estudios), pues resolverían antes y con más éxito los problemas de muchos de sus pacientes. Ya lo dijo la psicóloga chilena Pilar Sordo en la entrevista que publicamos en la edición anterior: “Cuando fluyo y puedo decir todo lo que siento, se me pasa, no atoro, no aguanto, entonces no estalla mi cuerpo de alguna manera, y por lo tanto evito enfermarme”.

Pero existe un momento en la vida, antes de llegar a la consulta médica, que puede influir positivamente para que el cuerpo no llegue a enfermar. Es en el aula, frente a la maestra o el maestro. Si durante el proceso de aprendizaje, en la etapa escolar, los niños pueden aprender también a expresar sus emociones, a hablar de ellas, vivirán entonces una infancia más plena y sana, y todo lo que venga después será incorporado con la natural capacidad para adquirir el conocimiento que se debe tener a esa edad.    

Las emociones en el ADN de la educación es el título que Patricia Mántaras encontró para la nota que describe el objetivo del proyecto de ley sobre educación emocional en el que vienen trabajando psicólogos, docentes, juristas y otros profesionales de forma honoraria en Uruguay. Un grupo de expertos que entendió que es imposible el desarrollo sano de una persona si no se presta atención a su salud emocional.

En el artículo que publicamos en este número, Patricia hace referencia al caso de una maestra que tenía un alumno muy inquieto, que no quería aprender y tenía los ojos tristes. Un ejercicio en el que la maestra apuntaba a saber cómo se sentían sus alumnos ese día dio lugar a una charla entre ella y el niño inquieto que terminó con lágrimas en los ojos de ambos. “Ese día comprendí que (...) si un niño no logra poner en palabras algo tan personal e íntimo como son sus emociones, cómo puedo creer que le puedo enseñar lengua, geometría, física. Educar al niño emocionalmente es tan importante y necesario como enseñarle a leer y escribir”, sentenció la docente.

Dicho así parece tan básico y, sin embargo, cuesta tanto. Tuvieron que pasar —y seguirán pasando hasta que se apruebe esta ley— muchas generaciones de escolares para que un día las personas que están más cerca de las emociones de los otros se den cuenta de la necesidad de hablar de lo que nos pasa por dentro.

En la educación emocional los docentes proponen actividades en las que logran construir en los alumnos una serie de habilidades emocionales que les servirán para su vida: conocerse a sí mismos, desarrollar su autoestima, saber regular sus emociones y cultivar la empatía, el ABC para ser felices y estar bien a pesar de los pesares que les haya tocado enfrentar en la vida. Esto deriva, según los estudios realizados, en una reducción de comportamientos de riesgo social, como la violencia, las faltas de respeto, el bullying, el consumo de sustancias nocivas, los embarazos precoces, la depresión, la ansiedad y hasta el suicidio.

Está claro que el camino para tener una vida mejor debe ser el de empezar a escucharnos a nosotros mismos, tratar de entender lo que nos pasa, decirlo y que otros, especialmente los profesionales que trabajan cerca de las personas, nos escuchen. Porque parece que ahí está la raíz de todo.