El Jardín de Infantes del Saint Truchen School se aprestaba a celebrar la fiesta de Halloween. Las maestras iban recibiendo a los niños, que iban llegando luciendo sus originales disfraces, listos a salir luego a circular por el barrio tocando timbre en todas las casas y recolectando caramelos entre los vecinos.
Ambos llevaban igual disfraz, prueba que entre sus familias había también un clima de cooperación y compañerismo, seguramente además tratando de que ninguno sobresaliera por encima del otro, para evitar esos celos tan comunes entre los niños, por más amiguitos que sean.
—“¡Qué precioso disfraz de fantasmas que traen los dos” –dijo la señorita Mary, reconociéndolos solamente porque venían acompañados por la tía de Lorenzo, que siempre los traía al colegio.
Los dos niños llevaban una sábana por encima de sus cabecitas, que les llegaba hasta los tobillos, con dos agujeritos a la altura de los ojitos, que les permitían ver bastante, pero no todo.
—“¡Sí!” —respondió en niño Lorenzo —“¡este disfraz es así porque dice mi mamá que si voy a salir a pedir caramelitos es mejor que la gente no me reconozca, porque capaz que no me daban ninguno! No sé por qué mi mamá dice eso, pero lo dijo, ¿noverdá Pintado?” –prosiguió el niño Lorenzo, quien curiosamente llama a su amiguito por su apellido.
—“¿Es cierto, es cierto!” —replicó el niño Pintado—“¡mi abuela dijo lo mismo! ¡Dijo que si la gente a la que le pedía los caramelos se daba cuenta de quién era yo, en vez de un caramelo me iban a dar un bife! ¡Y yo le dije que a mí los bifes también me gustan, pero ella insistió en que nos tapáramos con las sábanas!”— concluyó.
Otro niño con un disfraz muy original era Juancarlitos López Mena, quien vestía un raído y dehilachado traje viejo, dando la sensación de descuido y desprolijidad que no eran comunes en él. Llevaba una enorme careta que le cubría la carita, tan grande que cuando llegó al patio los demás niños le gritaban “¡careta, careta!” —pero él proseguía como de costumbre en silencio, caminando por los bordes, cerca de las cornisas, lo cual siempre era objeto de las advertencias de las maestras, que le decían “¡cuidado Juancarlitos que te podés precipitar al vacío!” — y él sonreía enigmático, y continuaba su paso.
La enorme careta que cubría su cara era la de un rostro como tallado en piedra, color gris, con rasgos angulosos y toscos.
—“Mi mamá me dijo cuando me la puso que lo mío es el rostro de piedra, y a mí me gustó mucho lo que dijo” —le comentó Juancarlitos a la señorita Mary, cuando ella le elogió el disfraz.
En esta oportunidad Juancarlitos había venido acompañado por otro niño, que no era alumno del colegio. Se trataba de un amiguito argentino que vive en España, y que estaba de visita por unos días, y la familia de Juancarlitos le había pedido al colegio que lo dejaran participar en la fiestita, para que no se sintiera solo.
Hernancito Antoñito Calvo Sánchez, que así se llamaba el niño visitante, traía puesto un original disfraz de superhéroe, mitad de Superman y mitad de Batman.
—“Mi mamá me dijo que así voy a despistar a todos, y que según de qué lado me miren voy a ser uno o voy a ser el otro, ¡es divertido lo que me dijo mi mamá!” —le dijo el pequeño visitante a la señorita Mary cuando esta le preguntó por el curioso disfraz, —“¡seguramente a mí me van a dar más caramelos!”— agregó, entusiasmado.
La careta que llevaba Hernancito Antoñito para que no lo reconocieran, además, era idéntica a la de Juancarlitos.
—“¡Es que mi mamá hizo dos iguales, porque él no tenía careta, y la segunda se la dimos a él” —comentó Juancarlitos— “¡ella dijo que los dos podíamos jugar a ser el dúo de los rostros de piedra, y a mí me gustó!” —agregó con alegría.
Paseando por el patio del cole había muchos otros niños disfrazados, todos con trajes de lo más originales.
Fernandito Calloia, por ejemplo, estaba disfrazado de Alí Babá, con turbante y todo, y su carita estaba semicubierta por un antifaz negro.
Cuando la señorita Lucy le comentó el disfraz, Fernandito le dijo que el traje de Alí Babá llevaba mucha tela, y en su casa había muchísima tela, por eso le hizo esa enorme túnica y el voluminoso turbante.
—“Y mi mamá me dijo, cuando me puso el antifaz: nadie te va a reconocer, y si te preguntan quién sos, tú deciles que es un secreto. Vas a ver que eso resulta, y vas a lograr pasar desapercibido, ¡y tenía razón mi mamá!” —concluyó Fernandito, con una sonrisa.
Otro niño que deambulaba por el patio era el niño Pepito, quien andaba cadenciosamente y en silencio, con un impresionante disfraz de zombi y un maquillaje que asustaba por lo realista y desagradable. Su ropaje eran harapos sucios y grasientos, sus zapatones rotos y semidescosidos. Colgajos de resina simulando carne descompuesta colgaban de su rostro, una peluca que era una melena gris desprolija y despeinada le cubría la cabecita. Con los brazos tendidos hacia adelante asustaba a cuantos se le acercaban, gruñéndoles en la cara.
La señorita Mary elogió su disfraz, el cual encontró tan terrible como espeluznante.
—“Shí, Lushi, todo lo que vo quiera, pero a mí eta cosha no me gustan nada, ¿shabé?” —le contestó el niño Pepito.
—“¿Por qué, Pepito, si estás tan bien disfrazado que te diría que tu disfraz es el mejor de todos?” —le contestó con el afecto habitual la maestra.
—“¡Ej que amí vejtirme de shombi me resulta como otro ato heroico, mamá!” —replicó el niño— “¡voshabé que yo pa sher de shombi no preshisho dijfrá! ¿mentendé?” —replicó Pepito con un dejo de tristeza en su voz.