El deprimente ómnibus en el cual viajo se desvía. Con lentísimo ritmo se están haciendo obras en un tramo de su recorrido.
El deprimente ómnibus en el cual viajo se desvía. Con lentísimo ritmo se están haciendo obras en un tramo de su recorrido.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEntonces el guarda (ocioso, pues estamos ya casi llegando a destino) mira de reojo a la Embajada Francesa, en Andes y Uruguay. El precioso palacio, como muchas delegaciones, cumple normas de seguridad.
El guarda espeta al conductor, su compinche: ¿Y a estos, no les ponen una bombita? ¡También tienen enemigos!
El conductor, cuyo rostro veo por el espejo, sonríe. Con cara de malo, con cara de púber tirando chumbitos mientras la maestra escribe de espaldas en el pizarrón.
Pero este hombre no es un púber. Es un veterano, como el guarda. Hace treinta años que viven en una democracia ininterrumpida. Son ciudadanos.
Con rostros teñidos por la picaresca comienzan a hacerse chistes mutuos sobre los diversos artefactos que han ido apareciendo en los alrededores de la Embajada de Israel. Comparan a Francia con “ellos”. Ni siquiera los nombran. Para el guarda y el conductor, los innombrables, los que tienen millones de enemigos, los que están a merced de las bombas y atentados tienen una identidad obvia: son los judíos. Pero por sus sonrisas no da la impresión de estar alarmados por ello.
Al contrario: fantasean en su charla que de tanto poner bombitas truchas, un día las empresas de seguridad ya no van a hacer caso y entonces sí va a estallar una en serio. Y ahí sí va a volar el World Trade Center. Se matan de risa.
Con su aburrimiento, su zanganismo, su falta de decoro, me ofenden como pasajera. Estoy a punto de reclamarles laicidad en un espacio público. O de levantarme y espetarles que son un par de canallas.
Pero luego pienso que con ese mismo rictus de picardía, todo un lustro, tuve que escuchar a Mujica hablando de temas variopintos, entre ellos política internacional. Desgraciados comentarios sobre las causas de atentados islamistas. Durante el conflicto armado del 2014 con Hamás, Mujica dejó entender que la culpa de todo la tenía Israel, que era el origen de cosas como la de la AMIA.
Y ahora que no está, que anda dando vueltitas por el mundo, que su bebé Sendic está reunido con los árabes preocupados por la baja del precio del petróleo, su rostro se refleja en los rostros de los conductores de ómnibus. La picardía criolla, que parece disfrutar de las acciones del conspirador. El guarda y su sonrisita socarrona. Un espejo de Mujica.
Y su gente, su muchachada, le porfía a Nin Novoa que Uruguay no tiene que condenar al Estado Islámico. Ni meterse con Maduro (gran amigo de Irán y allegados). Le piden al Parlamento que no discutan la carta de Almagro, sorpresiva misiva en medio de la batahola, que es un canto a la democracia.
Almagro en su rol de secretario de la OEA, no de cadete de Mujica.
Me bajo y llego a Rincón y Juncal, donde alguna vez mataron a Venancio Flores. En esa esquina.
El Gral. Flores fue un degollador que hubiera hecho las delicias del Estado Islámico. Pero ahora sus pichones militan en otros partidos.