El Auditorio en tinieblas: solo un discreto juego de luces y sombras con un puñado de focos en el fondo del escenario y dos en frente, a ras del suelo. En el medio, unos paneles de tul sobre los que se recorta la silueta del cantor.
El Auditorio en tinieblas: solo un discreto juego de luces y sombras con un puñado de focos en el fondo del escenario y dos en frente, a ras del suelo. En el medio, unos paneles de tul sobre los que se recorta la silueta del cantor.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl Auditorio a volumen medio: el concierto se llama Silente, y los oídos agradecen la considerable moderación decibélica. No hace falta avasallar los tímpanos con estridencias. La voz suena en primer plano cuando debe; a veces en segundo plano, apenas amplificada por los micros de su guitarra. Y hasta en tercer plano si la canción pide el pianissimo. La voz y las seis cuerdas suenan prístinas, así como los efectos que el productor catalán Carles Campón activa desde la consola.
En los dos conciertos que Jorge Drexler dio esta semana en el Sodre mostró una dimensión escénica-teatral poco frecuente. La puesta sonora y visual fue una oda a la originalidad. Coherente, refinada y de raíz netamente contemporánea, igualó los dos elementos primigenios: luz y sonido (silencio y oscuridad, ruido y resplandor, murmullo y sombra).
La paleta de recursos no sufrió abuso alguno. Drexler no repitió ningún truco. Usó dos guitarras levemente electrificadas con un pasaje central aún más íntimo, solo con su criolla. Hizo una versión de Zitarrosa (Milonga de ojos dorados) a dos violas con el promisorio Seba Prada. Se desplazó por el espacio con inteligencia cuando canciones como Movimiento lo demandaron. Contó breves historias, siempre oportunas y nunca redundantes, como la del día que mostró su primera canción, La aparecida, a su maestro Esteban Klísich. Revalidó su productiva obsesión tecnológica en Telefonía. Tocó Abracadabras al ritmo de un péndulo de Newton y respondió la pregunta de por qué lo hizo con Nada se pierde, una letra basada en ese mismo principio físico que hace mover las bolitas.
Y, por supuesto, defendió el concepto central del show: el silencio reinó en la canción homónima de su último disco y en la versión de Calma.
Un concierto diferente, personalísimo, despegado.