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    El mundo es una canción

    Baby, el aprendiz del crimen, de Edgar Wright

    Al comienzo parece una muestra más de entretenimiento de fórmula. Ladrones onderos e infalibles que caminan por la calle como si estuvieran en una de Quentin Tarantino. Otra película con coches vistosos, armas pesadas y lentes Ray Ban. Y con música cool vistiendo las escenas. Pero alcanzan unos pocos segundos para descubrir que Baby, el aprendiz del crimen es algo radicalmente opuesto al producto criminalmente tonto que el tráiler o las primeras imágenes podían despertar. Algo distinto a lo que se acostumbra a ver en la cartelera comercial. Y lo es, para empezar, porque detrás de esta aceitada máquina se encuentra el realizador británico Edgar Wright, director que puede definirse como una versión british del sibarita y nerd cinematográfico Quentin Tarantino, pero menos desbocado y sutilmente menos exhibicionista y, sobre todo, más atento a las emociones de sus personajes.

    El protagonista de esta historia, Baby (Ansel Elgort), es un increíblemente talentoso chofer que trabaja para Doc (Kevin Spacey), criminal de guante blanco que recurre a diferentes equipos de ladrones para ejecutar atracos salvajes a bancos. Con sus lentes negros y su actitud entre introvertida y soberbia, Baby está metido en este negocio más allá de su voluntad, pero, por ahora, no le queda otra. Y una de las particularidades, una debilidad y fortaleza al mismo tiempo, es que este veloz y silencioso piloto lleva siempre auriculares en sus orejas. Es que Baby —así asegura él que se llama, después se verá— padece tinnitus, aflicción que consiste en la percepción de un zumbido constante instalado en uno o ambos oídos. Esta indisposición auditiva con nombre de personaje de historieta no se corresponde con un trastorno psiquiátrico, sino que puede ser provocada por episodios de estrés o lesiones en la cabeza, por una desmedida exposición al ruido o como efecto colateral de determinados medicamentos. El tinnitus de Baby es producto de un hecho trágico y traumático del que todavía conserva cicatrices. Así que, para combatir ese zumbido, Baby recurre a la música. Todo el tiempo. Es por eso que se pasa buena parte del día enchufado a los auriculares, con la música al mango. Lleva con él, a todas partes, varios ipods, centenares de playlists. Tiene, además de un aire a Marlon Brando de los años de El salvaje, un gusto musical exquisitamente amplio.

    Con ese nombre, Baby, casi todas las canciones hablan de él. Y, para él, el mundo tal como lo percibe es una canción. La música genera reacciones físicas en el joven chofer. Las canciones —mayormente de las décadas de 1970, 1980 y 1990, pero también las que él mismo compone en su casa— acompañan y dan ritmo a muchas de sus rutinas. La secuencia de apertura, con una duración de seis minutos al ritmo de la impresionante Bellbottoms, de Jon Spencer Blues Explosion, lo ilustra a la perfección. Y es la primera muestra de que Baby, el aprendiz del crimen es tanto un film noir como un musical. O mejor dicho: es la demostración de que las secuencias de acción del cine policial y las de baile en los musicales se parecen mucho más de lo que uno puede suponer. Ambas necesitan de un cierto sentido del ritmo para organizar de manera armónica movimientos e interacciones dentro de un espacio determinado. Además, para que esa coreografía tenga un valor más allá del encanto visual, es necesario involucrar sentimientos, emociones que se sientan genuinas.

    Música y velocidad.

    La historia se ve a través de los ojos de Baby. Y se escucha a través de sus oídos. Por eso la música no solo aporta la atmósfera de una secuencia sino que a veces la moldea. En la vida de Baby, para cada acción hay una canción. La versión original de Harlem Shuffle lo acompaña cada vez que sale a buscar café, lo que origina una de las secuencias más bellas de la película. Hay sonidos y movimientos, sean disparos de metralla o giros bruscos en la calle, que se corresponden con la intervención de tal o cual instrumento o con los cambios de secciones musicales dentro de una misma composición. Es algo básico, casi mecánico, pero hay que hacerlo bien. Y Wright, director especializado en utilizar los géneros como trampolín y no como marco, lo hace perfectamente. El realizador de Muertos de risa (Shaun of the Dead, una audaz, romántica e irreverente película de zombies) y Scott Pilgrim versus the World (una historia de amor contada como una batalla de superhéroes), orquesta persecuciones verdaderamente prodigiosas, donde se permite introducir gags entre la violencia, el drama, el vértigo y la desesperación.

    No conviene revelar mucho más acerca de la trama de Baby, no porque haya mucho misterio ni desconcertantes vueltas de tuerca, sino porque cada escena suma, ofrece de manera sutil algo nuevo o inesperado. A veces, Wright lleva los acontecimientos al extremo. Siempre con música, a toda velocidad. Y así, además de la vibrante paleta de colores y de la gracia juguetona a lo Jacques Tati, Wright agrega algo de aspereza y oscuridad. Se puede adelantar que en este policial sin policías protagonizado por un personaje con un nombre improbable, hay una pareja de criminales sexies (Jon Hamm y Eiza González) que seguirán juntos hasta que la muerte los separe, un psicópata peligroso y a veces involuntariamente gracioso (interpretado con estilo por Jamie Foxx), un mafioso con códigos (el señor Spacey, en un papel a medida, de esos que llevaba tiempo sin hacer), y una camarera llamada Débora (Lily James), una adorable criatura determinante para que Baby improvise algún volantazo. Y decir, también, que además de actor, Elgort es músico y DJ, lo cual fue determinante en el casting, porque la relación del protagonista con la música es sumamente activa: Baby graba conversaciones, voces y sonidos para crear collages sonoros, mixtapes que necesita para musicalizar sus días cuando las playlists de sus dispositivos no son suficientes.

    Pero sobre todo conviene decir que Wright —guionista, entre otras, de Tintín y el secreto del unicornio— consigue darle vida a un tipo de aventura que parecía incapaz de escapar del simpático disparate de Rápido y furioso y lo concreta con una de las películas más originales del año.

    Baby, el aprendiz del crimen (Baby Driver). Estados Unidos-Reino Unido, 2017. Guion y dirección: Edgar Wright. Con Ansel Elgort, Kevin Spacey, Lily James, Jon Hamm, Jamie Foxx, Jon Bernthal y Eiza González. Duración: 112 minutos.

    J.A.F.