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    Haciendo boca

    Reflexiones sobre la regulación de la marihuana.

    No hay mejor propaganda en contra del consumo de marihuana, desde el punto de vista de la salubridad, que la presencia (si es posible todos juntos y en una actitud festiva) de los militantes por su legalización. Cualquier botija medianamente lúcido los ve y entiende que no quiere quedar así. Al regularizar el mercado de la marihuana y hacerse cargo del mismo, el Estado —además de recaudar, que es su objetivo primario— consigue mandar el mensaje claro: “querés quedar como el peludo de la manifestación, fumate todo esto, tomá”.

    La promoción de las ferias, los malabares, los recitales de música amateur alineada a la causa y la visita anual de los Wailers, van en el mismo sentido. Son fiestas montadas para confirmar prejuicios, hechas con el único propósito de que quien pase por ahí diga: “no quieren trabajar”. Este tipo de manifestaciones, así como el Festival Internacional del Sanco o el Encuentro Regional del Clown, no hacen otra cosa que reforzar la representación en el imaginario popular del fumeta tipo (lo de “imaginario popular” es una forma más linda de decir “prejuicio” que han encontrado los sociólogos).

    Hay que admitir el peso adquirido por el electorado fumeta. Están más o menos al nivel de los cubanos en Miami, les falta tener una Gloria Estefan de los fumetas para hacer uso de su fuerza nomás.

    Otra forma eficaz para alejar del porro al muchacho es hacerle leer dos o tres canciones de Andrés Calamaro, y mostrarle los efectos que produce la marihuana en el mundo de las rimas. El mensaje sería: “pensá bien si querés que el cerebro te quede pronto como para rimar “te quiero, te llevaste las cenizas y me quedó el cenicero”.

    Uno de los daños más claros de la marihuana: el placer por la aliteración, o sea: la presencia de algún tipo de cacofonía o símil. El mero hecho de repetir al infinito “Plantá tu Planta” (algo que podría enfermar al resto de los mortales) los satisface.

    El fumeta es poco precavido, ingenuo, y no está hecho para la clandestinidad. Tiene la ilusión de que no hay olor a porro a su alrededor, se le genera la misma fantasía que al botija que fuma a escondidas de los padres y apaga el cigarro dos pasos antes de llegar a la casa, para después saludar con un disimulado y rápido “hola papá”, sin hacer caso a que tiene una gelata a pucho en la boca que voltea. Hablamos de muchachos que andan tirando una estela de olor indisimulable, tienen los ojos rojos y achinados, y asaltan la heladera a cualquier hora del día sin preocuparse ni mínimamente por las pruebas del delito que le están aportando al mundo. Es un flagelo, sobre todo, para la heladera. El fumeta te la saquea y no encontrás nada al otro día. Ponerle un candado puede ser solución.

    Así como el joven en general maneja los tres objetivos de vida básicos promocionados por Martí, a saber: tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro; los tres del joven militante frenteamplista serían: tener un amigo homosexual que tenga un hijo adoptado legalmente después de estar casado legalmente con su pareja homosexual, plantar un árbol de marihuana, y escribir un libro sobre la dictadura. He ahí el sueño del joven frenteamplista en su expresión más representativa de estos últimos años, y la verdad es que está cada vez más cerca de cristalizarlo, con suerte lo consigue antes de cumplir los 70 y dejar de ser joven frenteamplista.