La oportunidad es que el centro de datos no sirva solo para tener equipos y capacidad de procesamiento, sino también para desarrollar el software y la infraestructura que permitan al sector público crear y utilizar tecnología de acuerdo con sus propias necesidades y problemas.
Cecilia Rikap en el Antel Summit, previo a la entrevista con Galería.
Adrian Echeverriaga
¿Qué significa soberanía digital para un país chico como Uruguay?
Es poder decidir. Soberanía no es hacer todo internamente en Uruguay. Soberanía es poder tener opciones, decidir qué tecnología querés y cuál no querés, qué cambios tecnológicos son útiles para la población y cuáles no, qué información se va a recopilar, qué datos de las personas y de las instituciones se van a guardar y para qué. También es decidir quién puede acceder a esos datos, cómo se van a manejar y dónde van a instalarse los centros de datos. Decidir es ser soberano.
No significa hacer todo adentro. Muchas veces se entiende la soberanía como una cuestión de territorio o de quién produce una tecnología. Pero eso no necesariamente te hace más soberano. Podés tener una infraestructura instalada en Uruguay y seguir dependiendo de una empresa extranjera para decidir cómo funciona, quién la controla o cómo se utiliza. Por eso, desarrollar algo dentro del país no alcanza por sí solo para tener más soberanía.
¿Cómo ve la estrategia del gobierno uruguayo de atraer inversiones internacionales para instalar centros de datos?
Eso es un error. Porque esas empresas lo que van a venir a hacer es poner su infraestructura. No te van a generar ningún tipo de transferencia tecnológica. Que estén cerca no significa que se genere un polo de empresas y actividades relacionadas. No es como la industria automotriz, por ejemplo. Cuando traés a Volkswagen, va a necesitar empresas que fabriquen las distintas piezas de los autos. Entonces se habilita la posibilidad de que nazcan empresas de autopartes en la región y que, a través de ese vínculo con Volkswagen, se genere un proceso de transferencia tecnológica.
En un centro de datos esto es una fantasía. El centro de datos no requiere una gran cantidad de cosas a su alrededor y la mayoría de lo que necesita se importa, porque igual no se produce localmente lo necesario para construirlo. Tampoco genera una gran cantidad de empleo permanente ni empresas locales que trabajen alrededor de esa infraestructura. Quienes utilizan el centro de datos pueden estar en sus casas en Silicon Valley, en Europa, en China, y el centro de datos puede estar en Uruguay.
Entonces, ¿qué beneficios reales puede traerle a un gobierno un centro de datos de una gran compañía tecnológica?
No hay beneficios. El beneficio, en general, está en dos niveles. Está en el nivel del gobierno nacional y el nivel del gobierno local que acepta o invita al centro de datos. En los dos casos el beneficio termina siendo solamente enunciativo. Podés anunciar que va a haber una inversión en tu país y subirte al tren de decir “yo estoy creando, yo soy parte”. No hay un beneficio real.
No te genera más soberanía, autonomía, no te genera un empleo que justifique el drenaje del resto de tus recursos y tampoco te genera lo que muchas veces terminan diciendo los países: “Me va a generar un ingreso de divisas y va a contribuir al crecimiento económico”. Hasta eso está inflado. Porque, si una gran parte de lo que invierte la empresa es importación de semiconductores y encima ni siquiera pagan impuestos, ¿dónde está el efecto en el crecimiento económico?
¿Y qué es lo que está detrás de esa decisión de los gobiernos de atraerlos?
El Fomo (Fear of Missing Out) de no querer quedarse afuera y agarrar una parte de una tajada que se va después a reflejar en tu aumento de PBI (Producto Bruto Interno), pero que te va a costar carísimo a futuro. Me parece que es pecar de dejar de gobernar en un sentido más amplio y gobernar solamente por el dato. Los gobiernos necesitan proyectos de desarrollo que no sean solo cuánto va a crecer el PBI. No podemos dejar para después cuál es tu estrategia de desarrollo, cuál es tu estrategia de soberanía.
¿Uruguay debería, entonces, mirar con desconfianza la carrera de centros de datos que se está dando en la región?
Sí. Están efectivamente todos equivocados y les terminan haciendo el juego a estas empresas. Ni siquiera les piden nada, ni siquiera hacen que las empresas paguen más impuestos para instalar sus centros de datos. Lo que están haciendo es una carrera hacia abajo.
¿Qué hay detrás de la expansión de estos grandes centros de datos por distintos países?
Lo hacen para seguir expandiendo los negocios que ya tienen estas empresas y fortalecer la infraestructura sobre la que funcionan. Los grandes centros de datos son infraestructuras gigantes que sirven para el entrenamiento de sus modelos de IA o para ofrecer servicios de nube. Y servicio de nube es el lock-in, es el encerrarte dentro de un paquete tecnológico y nunca más salir.
Entonces, lo que hacés es habilitarles todavía más a que sigan expandiendo su propia infraestructura sobre la base de la cual después encierran bajo su tecnología a las empresas locales, a los organismos públicos, a las universidades. Ese Fomo de la IA contribuye a que los datos de esos clientes terminen migrando a la nube de esas grandes tecnológicas. Y si vos encima les facilitás que sigan instalando más centros de datos, directamente no ponés un freno a su capacidad de ofrecer estos servicios.
¿No hay nada bueno en un centro de datos?
El centro de datos controlado por una Microsoft, Google, etcétera, no, nada bueno en tu territorio. Por Antel, sí. Te da capacidades reales para desarrollar tu propio ecosistema digital. Y cuando digo “tu propio”, estoy diciendo que el sector público, que utiliza tecnología digital para prácticamente todo lo que hace, va a poder, a partir de tener su propia infraestructura, diseñar su propia arquitectura de software. El objetivo no es competir. El objetivo no es subirse a la carrera de la IA.
El data center de Antel en Pando.
Antel
¿Qué podría hacer en concreto el Estado con esa infraestructura?
El sector público utiliza tecnología para un montón de cosas que no son IA. Pensá en salud. Los datos del sistema de salud, los sistemas que se utilizan dentro de los hospitales. No solo es almacenar la historia clínica. Es el diagnóstico por imágenes, es cómo funcionan las propias máquinas dentro de los hospitales. Todo eso lo podés hacer sobre la base de software que comprás, por ejemplo, a Siemens, que te lo vende como un servicio dentro de Amazon Web Services. Y entonces le comprás indirectamente también servicios a Amazon Web Services. O podés usar servicios que estén dentro del ecosistema de Antel.
En parte podrás comprar de un privado, en parte utilizar software libre y tener control. Y si le comprás al privado, podés decirle: “Mostrame el algoritmo. Yo lo audito”. Eso no significa que Antel tenga que hacer todo ni que vaya a hacer un modelo de IA generativa de frontera. Significa que hay partes del software de la operatoria del sector público que hoy, a nivel global, cada vez más operan dependiendo de servicios digitales que están en la nube de Amazon, Microsoft y Google.
¿Y por dónde debería empezar Uruguay?
Por la propia dependencia del sector público. No necesitás competir contra Google para almacenar los datos públicos de los uruguayos en un centro de datos. Y no necesitás competir con Google para diseñar software que le permita al gobierno hacer políticas sobre la base de utilizar modelos de inteligencia artificial. Para hacer forecasting (predicciones a partir de datos), para predicciones vinculadas con esos datos, solo necesitás un poco de infraestructura y capacidad de desarrollo intermedio. Y para ese tipo de modelos ya existen hasta modelos de acceso abierto que no son de IA generativa. Hasta los podés desarrollar con la propia gente que está en la universidad pública.
Hay una confusión, entonces, entre inteligencia artificial e inteligencia artificial generativa…
Exactamente. Hay una confusión de pensar que todo lo que es IA es igual que la generativa. La IA generativa requiere cantidades enormes de procesamiento, cantidades enormes de datos y cantidades enormes de personas desarrollando el modelo. Si vamos a ver cuáles son los problemas concretos, podés desarrollar inteligencia artificial con propósito que se puede hacer con métodos que no son la IA generativa.
La IA generativa es uno de los muchos métodos que existen hoy posibles. Y lo que nos quieren imponer las gigantes tecnológicas es que esa IA generativa tiene que servir para todo. Porque, si esa es la que sirve para todo, solo ellos la pueden hacer.
¿Y qué pasa cuando esa lógica llega al Estado?
Que mientras los gobiernos solo piensan en inteligencia artificial y en si tienen el último modelo, pierden de vista que su operatoria cotidiana depende ya de todos estos sistemas. No estamos hablando solo del gobierno. Son las empresas privadas también. Es una oficina, un Parlamento. Hay que sentarse y decir: “¿Cuál es la necesidad real?”. Si es un chatbot para que la gente pueda interactuar y preguntar cuál es la ley que se está discutiendo en el Parlamento, tampoco necesitás inteligencia artificial generativa para eso. El problema es que terminamos adoptando las tecnologías que están de moda sin preguntarnos primero cuál es la necesidad real que se tiene.
¿Cómo debería regularse la IA?
Quizás no es necesario tener una regulación sábana de IA. Podés empezar a pensar sector por sector. Porque podés ir mucho más en lo fino de cómo se está adoptando la tecnología. Si no, caemos en generalidades. Por ejemplo, si la IA para salud lo que va a hacer es reemplazarte al médico, lo que va a hacer a largo plazo es eliminar las capacidades de decisión del personal de la salud.
La IA que potencia el servicio de salud es una IA que no genera eficiencia ni productividad. Porque necesitás todos los médicos, todo el personal de la salud y además la IA. Y necesitás que el personal de la salud siga siendo capaz de pensar por sí mismo y que utilice a la IA como una herramienta, como un apoyo, pero no que reemplace su capacidad de pensar.
Entonces, ¿querés regular? Sí, regulemos. Que no se pueda utilizar inteligencia artificial generativa ni de ningún tipo en los hospitales para reemplazar la toma de decisiones del personal de la salud, por ejemplo. Y vayamos sector por sector, porque quizás así también podemos involucrar de una forma mucho más democrática a las personas que tienen que ser parte de este debate.
¿Quiénes deberían participar de esa discusión?
No es un debate que tienen que tener solo los parlamentarios. Si vamos a discutir ya en el sector salud, lo tienen que discutir con un grupo más representativo que los sindicatos del personal de la salud. Tienen que discutir con grupos de pacientes para entender cuáles son los problemas, qué tipo de soluciones podría ofrecer la inteligencia artificial y cuáles no, y a partir de ahí regular. Si no, caemos en lo que nos dicen (empresas como) McKinsey o Accenture sobre para qué habría que adoptarla. Y esas empresas son correa de transmisión de las que te venden los servicios.
¿La IA va a sacar puestos de trabajo?
No pienso que vaya a generar un desempleo masivo. Pero va a sacar la parte buena de los trabajos. No va a sacar los trabajos. Los trabajos piolas, como el de periodista y el mío, van a ser menos. Porque se va a asumir que un periodista puede hacer 10 veces más artículos o equis veces más artículos en el mismo tiempo que antes.
Entonces no va a hacer falta el mismo número de periodistas que antes. Y si ya había malas condiciones de trabajo y precarización, simplemente se va a profundizar todavía más. ¿Va a desaparecer el trabajo de periodista? No. Pero lo que va a haber es menos puestos como periodista.
¿Y qué pasa con quienes pierdan esos puestos?
El invento es que la persona desplazada va a ir a trabajar en los empleos nuevos. Pero los empleos nuevos son de tecnología y no se generan necesariamente donde vos vivís. Entonces, ¿a dónde va a ir esa persona? Lo que va a hacer es descargarse una aplicación del celular y empezar a trabajar como chofer o choferesa de Uber, como repartidor o en cualquiera de los múltiples empleos informales que existen en nuestras economías. Por eso hace falta la regulación. Por eso hace falta la organización sindical. Por eso hace falta no crearnos el verso de que toda tecnología es buena.
Necesitamos que no se siga segmentando más la capacidad de pensar de la ejecución del trabajo. Necesitamos tecnología para reemplazar los trabajos que son más riesgosos, los que reducen la expectativa de vida. Y, por supuesto, para las personas que hoy realizan esos trabajos hay que crear espacios de trabajo alternativo.
¿Y dónde entra el gobierno en todo esto?
El gobierno entra en la regulación. Entra en contribuir a la creación de empleo. Hacen falta capacidades en el Estado. Hace falta más inversión en los sectores creativos, las industrias creativas, culturales, en la ciencia y la tecnología. El riesgo es que solamente les dé un curso para formación en algo como usar un prompt. El riesgo es caer en que el gobierno solo tiene que darle un entrenamiento para el trabajo, en lugar de tomar en sus manos el diseño de industrias estratégicas.
Así como Antel puede proyectar y pensar un ecosistema digital distinto, que también genera empleo distinto, empleo de calidad, lo mismo podemos pensar para las otras industrias esenciales de la vida.
¿Hay una oportunidad política para hacer algo diferente?
Sí. Creo que hay una pequeña ventana de oportunidad política, no tecnológica, para los gobiernos progresistas y de izquierdas para diseñar una alternativa.
En América Latina quedan pocos gobiernos de izquierda o progresistas.
Sí. Están Lula (da Silva), (Yamandú) Orsi y (Claudia) Sheinbaum. Claro que hay pocos, pero no es solo una estrategia para desarrollar en América Latina.
¿No cree que está calando el mensaje de la derecha?
Sí, claro que está calando. Pero en parte la razón de por qué cala y tan hondo es porque desde la izquierda, desde los progresismos, no tenemos un proyecto alternativo claro. No hay un plan de desarrollo. No hay una propuesta de cómo sería el futuro. Lo que tenemos es siempre, casi siempre, solo malas noticias. Hay experiencias como la de (Zohran) Mamdani en Nueva York, que muestra que tiene una claridad hacia a dónde va, tiene prioridades y las cosas claras para construir un proyecto político a partir de una visión concreta de futuro.
Tenemos que dedicar más esfuerzos a esa construcción de una visión de futuro y desarrollar una estrategia para llegar a esa visión de futuro. Y me parece que, por ejemplo, la Intendencia de Montevideo podría tener una estrategia parecida en Uruguay. ¿Cuáles son las prioridades para las personas que viven dentro de Montevideo en el marco de un proyecto que va más allá solamente de Montevideo? Nos debemos no solo la discusión democrática de qué proyectos queremos, sino también de cómo construir estas otras visiones de futuro.
Hablaba de la necesidad de construir una visión de futuro. ¿Qué visiones existen hoy?
Hoy las únicas visiones de futuro que existen son la religiosa y la de las grandes tecnológicas. Por eso me parece importante la encíclica del papa León XIV, y por eso les preocupa tanto este debate. Y la otra visión, que está en disputa con la católica, es básicamente la salvación de la mano de la tecnología, cueste lo que cueste y aplastando a todos los que haya que aplastar en el camino. Es la visión de las grandes tecnológicas, con sus matices.
¿No cree en lo que plantea la encíclica del papa?
No es creer o no creer. Me parece que el papa es un actor político, no solo espiritual, y que está jugando un juego político. A la Iglesia católica no solo le están quitando fieles los evangelistas, también le están disputando una visión del futuro, de la sociedad y del mundo que se aleja de sus preceptos.
Entonces, salen a decir que ellos son los que tienen una visión de futuro, de comunidad y de humanidad frente a la que proponen las grandes tecnológicas, sus CEO y sus fundadores. Pero lo que me parece que hace falta es una visión de futuro laica y democrática.
No esperaban esa competencia…
No, no esperaban esa competencia. La Iglesia católica tiene derecho a plantear su visión, pero no es un Estado ni un gobierno elegido democráticamente. Hay una responsabilidad desde el sector público de construir otras alternativas.
Escolar con notebook de Ceibal.
Pablo Vignali / adhocFOTOS
¿Qué papel debería tener la educación en esa construcción?
La escuela puede necesitar ciertas tecnologías. Sí, claro. ¿Les niñes tienen que aprender cómo funciona la tecnología? También. Pero necesitan una suerte de educación tecnológica integral, donde entiendan cuál es el costo ecológico, cuáles son las consecuencias éticas, políticas, económicas y sociales del desarrollo de la tecnología.
No pueden aprender tecnología con el modelo que les pone Google. Eso es crear un súbdito. Pierden su capacidad de desarrollar el pensamiento propio. Después le creeremos más o menos a la IA, tendremos más o menos capacidad de verificar si lo que hizo tiene sentido o no. Pero eso es porque tenemos una formación independiente de la IA generativa que después nos permite ser una voz de autoridad en nuestro vínculo con la tecnología.
La tecnología no es un ser vivo. No tiene capacidad de pensamiento propio. Son modelos estadísticos avanzados. Entonces, si lo que hacemos es tercerizar en esos modelos nuestra capacidad de pensar, nos vamos a quedar sin capacidad de pensar. No es solo que yo no voy a poder pensar, que los niños no van a poder pensar. Es que la sociedad se va a quedar sin capacidad de poder pensar, crear y, por lo tanto, producir un mundo mejor.
Da la impresión de que no es muy optimista.
Soy realista. Y no hay que construir optimismo de la voluntad. Hay que desde hoy construir y pensar “bueno, ¿qué podemos hacer?, ¿dónde están las prioridades?”. Hay que elegir, hay que decir “¿por dónde vamos?”. Vamos a empezar por educación, vamos a empezar por salud, pero por algo hay que empezar, y hay que mostrar que es posible producir tecnología de una manera distinta.