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    Haciendo boca

    Por suerte Cristina tiene mucho humor, está lejos de ser una ególatra, y no se toma a sí misma y a su familia (especialmente al fiambre) con demasiada solemnidad y dramatismo. Es altamente probable que pase por alto los dichos de Mujica. Una persona que se hizo poner la Banda Presidencial en la ceremonia protocolar y constitucional de asunción por su propia hija, como si fuera un cumpleaños de 15, y después juró por Dios, la patria y su marido muerto al mismo nivel, no puede haber tomado a mal el quirúrgico aforismo de Mujica. Lo que más irrita a Cristina en la vida es leer en los diarios noticias u opiniones que la cuestionen de alguna manera; gobierna leyendo los diarios —como se debe, según el manual del gobernante contemporáneo, que habrá sido escrito por algún periodista calculo—. Así que ver en letra tamaño 72: “ESTA VIEJA ES PEOR QUE EL TUERTO” en todos los diarios del mundo debe haber incidido un poco en su estado de ánimo. Lo digo como analista político.

    Nuestros últimos tres presidentes, mediante sendos exabruptos, han puesto en evidencia cierta animosidad uruguaya con los hermanos argentinos, que a este ritmo se van a terminar dando cuenta. Me parece que un poco ya sospechan de que no somos tan inofensivos y humildones y amables y tolerantes como nos creían desde su idealización al borde de la uruguayofilia. Estamos destruyendo una ventaja: la inclinación de los argentinos a sentir un cariño emparentado con la compasión y la condescendencia propia del que sabe que está frente a un limitadito (además de en que nosotros ven a sus ellos del pasado, y el pasado siempre es mejor, así que el reflejo habilita la autocompasión a tres bandas, algo que al ser humano le gusta más que encontrar plata tirada). Hemos puesto en peligro el sentimiento que evocábamos en ellos, mezcla de ternura, lástima y admiración, comparable a lo que se siente al ver a un petiso en puntas de pie intentando bajar la bolsa de harina de la alacena, a punto de ponerse de sombrero la lata de yerba.

    Hay que admitir: esta relación (entre ellos y nosotros) es muy difícil que prospere en los términos idílicos pretendidos. De nuestra parte es casi inevitable sentir tirria por ese invasor cultural involuntario, ese macaco enorme que nos ha hecho forjar nuestra personalidad por oposición y al que no podemos dejar de ver en ningún momento, absorbiendo sus peores hedores aunque el mastodonte no lo sepa, siendo aplastado de manera continua por su pata gigante, ya sea de forma premeditada o por mera negligencia.

    Por momentos pienso seriamente que hemos venido a este mundo con la exclusiva tarea de atestiguar lo que hacen nuestros vecinos delaaargentina; que, a su vez, son los únicos testigos de nuestra existencia, y por ende la justifican. Ellos van a toda velocidad, todo el tiempo les suceden cosas, y a nosotros nada… ¡y eso es lo lindo! Tenemos más tiempo para mirar y disfrutar de la locura de enfrente.

    Me pregunto: ¿por qué se siguen sorprendiendo los argentinos ante estas expresiones repentinas de nuestro rechazo, cuando es evidente que el uruguayo promedio detesta al porteño tanto como cualquier ciudadano del mundo? (Ellos se dan cuenta de que los chilenos y los brasileños y los peruanos y los mexicanos, etc., etc., los odian; pero nuestra antipatía los sigue sorprendiendo). Hipótesis: a diferencia de lo que hacen con el resto, los argentinos NO prestan atención a nuestras señales. Es como cuando un tercero se da cuenta de que el perro odia a su dueño, pero el dueño no se da cuenta simplemente porque no le presta atención.