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    Idiotas útiles

    Hace unas décadas, el concepto “idiotas útiles”, atribuido a Lenin, era pan nuestro de todos los días. Se decía, se escribía, se repetía y se sabía lo que significaba. Pero al igual que ha sucedido con muchas otras cosas, el bajón cultural general hace que hoy debamos explicarlo y presentarlo nuevamente en sociedad.

    El idiota útil, según los camaradas soviéticos de la primera hora, era aquel ciudadano occidental que visitaba los países socialistas, veía lo que le mostraban, oía lo que le decían, guardaba las estadísticas que le daban y luego, extasiado por la larga serie de adelantos que había descubierto, regresaba a su país y contaba maravillas. Se convertía, consciente o inconscientemente, en un agitador del comunismo. Entre los idiotas útiles más famosos figura Jean Paul Sartre, gran ícono seudo revolucionario de la rive gauche parisina, ésa que fue bautizada como la izquierda de caviar y champagne.

    Pero quizás el caso más emblemático de idiota útil, antes de Sartre, fue el periodista estadounidense Lincoln Steffens, quien al regresar a su patria, luego de una visita “guiada” por la Unión Soviética, aseguró: I’ve seen the future, and it works (He visto el futuro y funciona).

    Steffens resultó ser un idiota muy idiota y muy útil.

    Si bien los idiotas útiles pululan en muchas partes del mundo, en América Latina, por algún motivo que desconozco, son especialmente numerosos. Vivo fascinado con este tema y muy a menudo me prometo intentar ir al fondo de la cosa en forma más sistemática y consecuente. Por el momento, no he puesto manos en la obra.

    No ha sido suficiente que el imperio soviético se viniese al suelo estrepitosamente para alegría y liberación de sus cientos de millones de víctimas. No ha sido suficiente que Cuba en más de medio siglo no haya logrado un mínimo de progreso a pesar de haber sido mantenida primero por la Unión Soviética y luego por Venezuela. Los idiotas útiles latinoamericanos sienten simpatía por la experiencia soviética, siguen enamorados de la experiencia cubana y mantienen a Fidel Castro como su gran líder (y conste que no me refiero al presidente de Uruguay, José Mujica, quien dice tantas cosas y tan contradictorias que sus dichos no tienen valor alguno).

    Claro está que a estos idiotas útiles ni se les pasa por la cabeza aceptar que en sus países (con excepción de Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua) se impongan las mismas restricciones que rigen en Cuba. En ese caso, ellos serían los primeros en salir a protestar en defensa de las famosas libertades individuales. Cómo es posible conjugar tal ecuación mental es un enigma de primer orden. Pero en su visión del idiota útil, Lenin sabía que esa contradicción era posible.

    Tenemos algunos ejemplos de idiotas útiles uruguayos que merecen estar en alguna enciclopedia universal. Me refiero, entre otros y otras, a las mujeres socialistas que aplauden o miran con simpatía o despliegan infinidad de argumentos para justificar las razones de ser del fundamentalismo musulmán al mismo tiempo que dicen luchar por los derechos y la independencia de las mujeres. Lo que sostienen esas “luchadoras feministas” como justo y aceptable en otros países va a contramano de lo que estarían dispuestas a aceptar en su propia patria.

    Dos casos emblemáticos, que como lluvias de octubre han hecho reverdecer más aún el prado fértil del idiotismo útil, son los de Assange y Snowden. Como estas dos personas han ocasionado ciertas pérdidas a los intereses del gobierno de Estados Unidos (tampoco hay que exagerar el tamaño de las mismas, pues han denunciado lo que todos sabían), los idiotas útiles se han apresurado a declararlos “héroes de la libertad”, al mismo tiempo, por supuesto, que miran para otro lado cuando los gobiernos “progresistas” imponen leyes de censura a la prensa e importan sofisticados sistemas de espionaje para controlar llamadas telefónicas y redes sociales.

    Bonitos héroes de la libertad, Assange y Snowden, que terminan buscando refugio en los países donde la libertad es más pisoteada: Rusia, Nicaragua, Cuba, Ecuador, Bolivia y Venezuela. Allí buscan estos dos “adalides de las libertades individuales” su escondite.

    Muchas cosas han cambiado radicalmente en el mundo en los últimos veinte años. El paraíso comunista quedó en el basurero de la historia, el capitalismo ha seguido avanzando, una nueva revolución tecnológica y mental ha tenido lugar y el individualismo se ha impuesto sobre el colectivismo como postura existencial básica. Pero los idiotas útiles no han desaparecido. Siguen allí, al pie del cañón, fomentando y soñando con una idea que, de llegar a materializarse, los haría salir automáticamente a la calle para combatirla con violencia.

    ¿Por qué? Justamente por lo que hemos visto: son idiotas.