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    La esperanza del invierno y las decisiones

    Nº 2075 - Nº 2075 - 11 al 17 de Junio de 2020

    Durante muchos años la espina dorsal de la agricultura uruguaya fueron los cultivos de invierno. El trigo en particular estaba en el ADN del agricultor. Después apareció la cebada cervecera y la última en llegar fue la colza. La soja trastocó todo el esquema: pasamos de ser un país con un foco en la agricultura invernal a uno con un claro foco estival. Hay casi un millón de hectáreas destinadas a producir los granos de verano, principalmente de área sojera.

    La productividad por hectárea ha avanzado tanto en cultivos de invierno como de verano, y la posibilidad de manejar los precios de los productos también ha logrado avances notables. Que la rentabilidad agrícola no es la mejor no es ninguna novedad a estas alturas, pero conviene repasar algunos conceptos. Lamentablemente, la falta de información hace que algunas de las afirmaciones sean basadas en la experiencia, pero no descuento que en el futuro se puedan demostrar.

    ¿Cómo hace un agricultor que pierde plata en la zafra de verano por la sequía o por los malos precios? Busca desempatar en invierno. Aunque la cuenta no sea brillante le permite mantener el flujo de caja, porque tiene ventas sobre final del año y mantiene a su personal ocupado. Digamos que usted puede elegir entre las tres alternativas de invierno: trigo, cebada y colza. Entonces, ¿cuál elige? Primero, depende de la productividad que espera obtener (siendo justos debería pensar en cómo el clima afectará la producción: si viene un año seco por delante conviene plantar más cultivos que consuman menos agua) y, segundo, ver si tiene la posibilidad de fijar el precio en forma anticipada, mucho más si el precio está a niveles que aseguran una rentabilidad razonable.

    Es aquí cuando nos encontramos con el primer escollo. El agricultor tiende a no vender anticipado hasta no ver el cultivo plantado. Ignora lo básico del manejo de precios con contratos de futuro: es un papel que no exige compromiso físico de entrega, simplemente la diferencia de capital. Por este motivo, deja pasar la oportunidad de algo que explica una buena parte de su resultado, que es el precio de venta. Y puedo entender que ese miedo lo tenga un pequeño agricultor que siembra muy pocas hectáreas y no tiene posibilidades técnicas, pero no he visto en muchos años de carrera a un agricultor mediano o grande enfrentar la situación de no poder plantar.

    Es claramente una percepción equivocada del riesgo, un fantasma que inmoviliza y hace perder oportunidades. Muchas veces el agricultor esgrime que operar con contratos de futuro es costoso (porque requiere capital), pero para mí es un misterio cómo una persona que está dispuesta a enterrar 700 dólares por hectárea no está dispuesta a destinar 150 dólares por hectárea, que es lo que requiere (a ojo de buen cubero) el hacer coberturas de precios para asegurar un precio de venta decente.

    El segundo problema es que no deberían pesar lo mismo en la matriz de decisión el tener un grano que tiene la posibilidad de venderse a futuro en forma fluida de uno que no lo permite.

    En ese sentido, hay mucha preferencia por el trigo, pero el proceso de venta de ese producto no siempre es eficiente en el tiempo. Las decisiones no son fáciles y se agravan por las miserias a las que nos exponen el manejo incorrecto de los precios y la pobre elección de cultivos en base a sus posibilidades comerciales.

    Como siempre pasa, la expectativa es que se supere la siembra del año anterior. Ojalá se dé, porque por primera vez en muchos años el clima parece colaborar con la siembra en tiempo y forma. Sin embargo, la pobre rentabilidad agrícola debería actuar como contrapeso. En diciembre sabremos cómo le fue a la agricultura de invierno.

    (*) El autor es ingeniero agrónomo (Dr.), asesor privado y profesor de Agronegocios en la Universidad ORT