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Es notorio que los dos largometrajes de Manuel Nieto (Montevideo, 1972) llevan la impronta de la escuela Control Z, del cine pausado, con historias donde no sucede nada extraordinario y predilección por los personajes vagos, perdedores, marginados del mundo. No en vano Nieto fue asistente de dirección de Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella en “25 Watts”. De algún lado se abreva.
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La visión desencantada, por momentos negra, ya estaba en “La perrera” (2006), donde un muchacho que debía terminar la construcción de una casa en un balneario en pleno invierno se dedicaba, por pura anemia espiritual, a fumar porros y a vegetar. La película no era redonda, los diálogos no alcanzaban el filo pretendido y los actores no encontraban el naturalismo necesario para expresarse del mejor modo. Pero había algo, una cierta forma de encuadrar, una acertada ambientación, un humor subterráneo y una voluntad de captar imágenes que anunciaba a un creador desprolijo pero creador al fin.
El lugar del hijo (o The Militant, vaya ironía) comprueba varias cosas: que Nieto no se sale de su estilo, que no reniega de su pesimismo básico ni de su humor negro, que sigue siendo algo desprolijo pero a pesar de todo alcanza momentos de buen cine e incluso algunas secuencias estupendas. Estamos frente a una película valiosa, que sabe obtener recursos expresivos no solo de la imagen sino también del sonido más allá de la música; una película cuya impronta va sedimentando de a poco en el espectador.
En esta oportunidad, el protagonista es un dirigente estudiantil que debe viajar a Salto de apuro cuando se entera de la muerte de su padre. Hay un costado urbano, vinculado a los estudiantes que ocupan en la facultad, y otro rural que tiene que ver con la herencia de un campo en bancarrota. Tanto los estudiantes como los peones de la estancia son seres erráticos y muchas veces desagradables. No es la vida real, es la visión de Nieto. Esto que parece obvio, mucha gente no lo entendió.
También se le reprochó al realizador que no hubiera ninguna explicación argumental a la notoria dificultad de habla y movimientos de Felipe Dieste, el protagonista, que nunca antes había actuado. Si bien es natural que uno se pregunte por esta disonancia, hay una toma —y es un dato— donde Dieste está parado frente a un espejo y exhibe una cicatriz en su pecho (de niño sufrió en la vida real un grave accidente de auto, en el que murieron dos familiares).
Este cándido observador de la realidad circundante es una opción deliberada de Nieto, y es un gran acierto. Es el testigo impasible, una especie de Forrest Gump que ve pasar ante sus ojos el mundo muchas veces cruel, otras veces estúpido y no pocas veces gracioso (la escena del debate televisivo entre un empresario y un sindicalista es genial). Así, el protagonista contempla en silencio (y vemos su rostro reflejado en el vidrio) cómo los estudiantes fuman porros y escuchan rock en una noche de ocupación absolutamente desesperante y darkie, iluminada con sutileza y una inconfundible paleta torresgarciana por Arauco Hernández. Al fin y al cabo, esta secuencia no solo resultó la mejor de la película sino de todo el Festival Internacional de Cine de Punta del Este.
Voy a hacer futurología: la próxima película de Nieto será la mejor.
“El lugar del hijo”. Uruguay, 2013. Escrita y dirigida por Manuel Nieto. Fotografía: Arauco Hernández. Con Felipe Dieste, Alejandro Urdapilleta, Germán De Silva. Duración: 116 minutos.