En el centro educativo donde trabajo hay a la entrada un guardia de seguridad. Está tras un vidrio.
En el centro educativo donde trabajo hay a la entrada un guardia de seguridad. Está tras un vidrio.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn su cuartito luce una jarra eléctrica para el agua del mate. La sala de profesores carece de jarra. Tal vez los guardias de seguridad hayan coordinado una colecta para comprarla y entre los docentes esto no haya sido posible.
No tomo mate pero sí soy fanática del café con leche. Los jueves trabajo desde las 9.30 de la mañana hasta las 11.30 de la noche. Muchas horas de clase y de Departamento. ¡Entonces mi cerebro pide cafecito con leche, aunque más no sea instantáneo, para sobrellevar la maratón!
A veces les solicito agua hirviendo a los guardias de seguridad. Voy con mi taza y una sonrisa. No siempre me sonríen, pero hoy, un hombre muy uniformado, de camisa blanca e impecable, mulato, me deja pasar, me llama profesora con respeto, y señala la jarra.
Me percato de que no sabe usarla. Y junto con su acento, deduzco que es un recién inmigrado del Caribe, donde se toma jugo de papaya, mango o directamente con una pajita en el coco.
Le pregunto de dónde es y me dice, como yo preveía, de Santo Domingo. Le digo que al lado de mi casa, en la Ciudad Vieja, hay una pensión donde viven muchos de sus paisanos. Y que son muy tranquilos, buenos vecinos. También él vive en mi barrio. Me cuenta que han venido muchísimos dominicanos, aunque algunos ya se han ido a Argentina y Brasil. Que son casi todos hijos de haitianos. Hace un tiempo el gobierno de Santo Domingo quiso expulsarlos con efecto retroactivo. Lo supe, los grupos de derechos humanos se alarmaron.
Como soy hija de inmigrantes, y yo también lo fui en España durante mis años de estudiante, todo aquel que llegue de otra tierra a buscar un destino y un trabajo me llena de empatía. Se lo digo. Me sonríe otra vez.
Y ya va hacia los pormenores: la mayoría de sus compatriotas que están acá provienen de una misma zona. Al parecer, a dos hermanos los embaucaron por Facebook, les dijeron que se podían alojar en el edificio de 18 y Andes (!) y que iban a tener buen trabajo.
Le aseguro que yo los veo trabajar mucho: hay numerosos guardias de seguridad como él y en los supermercados señoras muy oscuras y muy altas pasan el lampazo.
El señor me dice: “Sí, las mujeres están en la limpieza. No nos falta trabajo. Encontramos enseguida”. Y exclama con énfasis: “¡Es que los uruguayos no quieren trabajar!”.
Duele esta frase. La he escuchado en boca de uruguayos reaccionarios.
Y yo trabajo mucho. Pero en la voz de este trabajador dominicano eso me hace estremecer.
Me consuelo pensando que en los países donde hay inmigración, los que llegan hacen trabajos que la población autóctona no quiere hacer. Como los uruguayos en Barcelona. Creo que los nativos rechazan los peores trabajos porque confían en encontrar un trabajo mejor.
¿Será este el caso de los uruguayos que enjuicia este hombre que vino pobre y solo desde el Caribe? ¿O son hijos de la madrepatria del Estado?
Adiós, le digo.
Y adiós cultura del trabajo.