El ejército estadounidense bombardea con napalm a Charlie Cong. Si les dieran a elegir, los soldados —tanto yanquis como vietnamitas— seguro que preferirían estar en la mansión de Hugh Hefner, atiborrada de mujeres sensuales, cervezas frías y chocolatinas M&M. Las bolsas especulan, las empresas hacen sus proyecciones, los trabajadores reclaman por sus derechos, mientras Hefner apuesta por el sexo. ¿Cuánto piensas al día en sexo? Eh… bastante. El sexo es ingobernable, el sexo es maravilloso, el sexo vende. Y allí está desde 1953 la revista Playboy, para los que se tocan, para los que se inician, para los millones y millones de solitarios en el mundo, desde Chicago hasta los Balcanes, desde Montevideo hasta Ulán Bator. Es cierto: no solo mujeres famosas desnudas; también muy buenos reportajes, firmas como Jack Kerouac, Norman Mailer, Truman Capote o Hunter Thompson y hasta valiosas autobiografías por entregas, como la de Lenny Bruce. Dictaduras en América Latina, hambre en África, Guerra Fría en todos los continentes, pero Hefner —que ya es una representación o siempre lo fue— se pasea por la mansión de la felicidad eterna enfundado en su bata de seda. Tiene que cuidar de los flamencos, de los monos y de los pavos reales que hay en el jardín, y también de sus conejitas, porque hoy habrá otra fiesta con el condimento que todos quieren: sexo, alcohol y drogas, la auténtica noche puerca. Mohamed Atta se estrella contra las torres, América entra en pánico pero la mansión no se detiene: más sexo, más merca, más flamencos, porque la vida es una sola. El mundo es el eterno devenir de Heráclito, mientras la mansión es el ser inamovible de Parménides. ¿Podrán volar los flamencos por el salón mientras lo hacemos?, pide un invitado. Hugh se ríe, limpia su pipa, abandona por un momento el bullicio y se recluye en su cine privado para ver Casablanca. Con 91 años se queda dormido, al lado del nicho de Marilyn.

