En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
A partir del sacrificio de Jesucristo, los judíos fueron acusados de ser “sus asesinos”. El mensaje tomó cuerpo en una larga lista de pogromos (persecuciones sangrientas) que los judíos sufrieron a lo largo y ancho de Europa durante siglos y milenios.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Hace alrededor de 800 años, en la recopilación jurídica de Alfonso X el Sabio conocida como Las Partidas, una serie de leyes con penas de muerte establecían que “ningún judío puede tener oficio o dignidad” y que los judíos debían portar algún tipo de marca en sus vestimentas que los distinguiese del resto de la población. Este detalle es un claro antecedente de la llamada “estrella de David”, que el nazismo impuso a la población judía.
Tenemos datos fehacientes de los pogromos más sangrientos en el continente a lo largo de los siglos. La mayoría de ellos fueron consecuencia de las malas cosechas u otras calamidades, automáticamente adjudicadas a los judíos, a quienes se acusaba de envenenar los pozos o de echar a perder las cosechas.
En 1290, los judíos fueron expulsados de Inglaterra, en 1306 de Francia y en 1492 de España, luego de sangrientos pogromos como los de 1391. En 1449 se dictó en España una sentencia que aprobó los Estatutos de limpieza de sangre, según los cuales los judíos y los conversos fueron declarados personas esencialmente diferentes a los cristianos “de verdad”.
A partir de allí, los judíos (convertidos o no al cristianismo) fueron acusados de tener “la sangre manchada”. Esa mancha, imposible de lavar a pesar del paso de los siglos, los separaba para siempre del resto de la sociedad. Como subrayo en mi libro La herencia. Cultura y atraso, la palabra “siempre” significaba una condena “para ahora y para siempre jamás”.
Para vigilar la segregación de los judíos e impedir que “corrompiesen la sociedad cristiana”, en 1478 se creó el Tribunal de la Inquisición española, que no precisa presentación.
El 29 de marzo de 1516 —hace 500 años— en Venecia se aprobó un decreto que ordenaba que “los judíos debían vivir todos reunidos en una misma zona” y alejados del cuerpo de la ciudad. El de Venecia es considerado el primer gueto, si bien las juderías ya existían en España desde hacía siglos.
Con la derrota militar de Alemania en la I Guerra Mundial, los judíos pasaron nuevamente a ser “los culpables de todos los males”. La profunda crisis económica, social y política que vivió Alemania después de la Paz de Versalles en 1919 abonó más aún el antisemitismo.
La hiperinflación, que condenó a la mayor parte de la población alemana a la desocupación, a las hambrunas y a una falta compacta de perspectivas, potenció el rápido enriquecimiento de los banqueros y los prestamistas, entre los cuales sobresalían los apellidos judíos. La imagen del “judío chupasangre” se propagó en libros, afiches y películas propiciadas y apoyadas por casi todo el espectro político.
En este antisemitismo “reverdecido”, Hitler encontró una de sus bases ideológicas. Cuando sostenía que los judíos, con su fuerte poder financiero, eran los mayores culpables de los males de Alemania, el líder nazi tenía inmediata aceptación. A sus allegados, el Führer les explicaba que no era suficiente con transmitir una idea abstracta: era necesario apelar a algo concreto, algo que todos conocían de su vida cotidiana.
Peor que en Alemania era el antisemitismo en Rusia, primero, y en la Unión Soviética después. Si en Alemania los judíos representaban “el motor de la revolución bolchevique mundial” (Karl Marx, Friedrich Engels, Leo Trotsky, Rosa Luxemburgo, Béla Kun, Eugen Leviné, Kamenev, Klara Zetkin y Karl Radek eran judíos), en la Unión Soviética eran acusados de representar al capitalismo y de ser los enemigos “de las clases trabajadoras”. Francia, por su parte, ya había vivido su célebre “Affaire Dreyfus”, que dejó al descubierto el fuerte antisemitismo reinante en ese país.
Lo mismo se puede decir de prácticamente todos los países europeos: los judíos eran por doquier el enemigo común. En Alemania, “la conspiración judía” estaba representada en los partidos comunistas —como la Liga Espartaco— y en la socialdemocracia, uno de cuyos máximos líderes era Walter Rathenau.
Es imposible comprender la dimensión sangrienta del Holocausto si no se tiene en cuenta esta fuerza y esta amplitud del antisemitismo en la Europa de comienzos del siglo XX.