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    Una velada excepcional

    El Auditorio Adela Reta se conmovió hasta los cimientos con la visita de la Orquesta Sinfónica Nacional de Washington, bajo la batuta de Christoph Eschenbach, el 22 de junio pasado, como parte de la programación del Centro Cultural de Música. La notable acústica de la sala fue un legítimo cómplice para el disfrute de un sonido suntuoso. El organismo sinfónico que nos visitó fue fundado el mismo año que la Ossodre, en 1931. Tuvo, entre otros, al maestro Howard Mitchell como director estable durante 19 años, el mismo que dirigió varias fechas de ciclos sinfónicos de la Ossodre. Y aunque la Sinfónica de Washington no está considerada entre las cuatro o cinco “grandes” orquestas del mundo, después de escucharla el viernes, quizás habría que repasar los rankings un poco.

    Por si las coincidencias anotadas no alcanzaran, el concierto comenzó con una obra favorita de Mitchell: el “Carnaval Romano” de Berlioz, pieza breve y exitosa que su autor compusiera con dos temas de su fracasada ópera “Benvenuto Cellini”. Allí empezó el grato asombro: la contundencia y la limpieza del ataque de la orquesta; el contraste con la suavidad del tema en el corno inglés; la tersura de las cuerdas; una fila de bronces que puede sonar sedosa y también entonar un acorde filoso como un bisturí; el tutti homogéneo y, por último, la gama dinámica de cada sector, perceptible hasta en los platillos y el triángulo.

    La velada continuó con Édouard Lalo, un compositor francés veinte años posterior a Berlioz. Su poco frecuentado “Concierto en Re menor para cello y orquesta” es una obra sin mayor atractivo. No obstante, su inclusión en el programa sirvió para comprobar las bondades del joven cellista uruguayo-peruano Claudio Bohórquez, de sonido no muy generoso pero gran musicalidad, que hizo cantar su instrumento efusivamente en el movimiento lento y pasó airoso una prueba de fuego interpretando con excelencia, y fuera de programa, la Giga de la “Suite N°3 en Do mayor” de Bach.

    Capítulo aparte mereció la labor de Eschenbach como acompañante, cuidadoso en el equilibrio de sonoridades y siempre atento a la coordinación de entradas y rubatos con el solista. Es difícil escuchar un pianissimo orquestal tan limpio como el telón de fondo brindado al cello solista en el Andantino.

    La “Sinfonía N°7 op.92” de Beethoven, estrenada en 1813 en Viena bajo la dirección de su autor, fue el vehículo ideal para subrayar y disfrutar a pleno los atributos de Eschenbach como conductor. El ataque fuerte de los tres primeros acordes del comienzo, con el acento después de la nota y no sobre la nota, como enseñaba Bruno Walter, evidenciaron la formación alemana del director (puede el lector comparar este aspecto escuchando el comienzo del primer movimiento en las versiones de Wilhelm Furtwängler y de John Eliot Gardiner).

    Esa impresión se confirmó minutos después con la calma de los tiempos elegidos. El Beethoven de Eschenbach avanza sin apremios, respira hondo, canta siempre y alcanza momentos de profunda emoción. Luminarias de esta versión fueron, por ejemplo, la gama dinámica del crescendo al final del primer movimiento, la tensión emocional ascendente durante el segundo y, en el allegro final, el fraseo del segundo tema por las maderas y las cuerdas.

    Visita desafortunadamente breve, nos permitió apreciar las bondades de esta orquesta y conocer en su director a un intérprete mayor con un dominio técnico absoluto de la dirección orquestal y una sensibilidad exquisita. Su pasaje por Montevideo es, desde ya, un hito en el año musical. Y así lo comprendió el público presente en la sala, que despidió a los visitantes con aplausos y bravos de lógico entusiasmo.