El nuevo impulso de la floristería contemporánea

Mercedes Lalanne, Josefina Laborde, Sophie Caubarrère y Catalina Araoz apuestan por un oficio en extinción y reescriben las reglas de la floristería

Los cardos, las escabiosas, los solidagos, las carquejillas y las luceras, todas flores silvestres y algunas nativas, tienen su lugar en los floreros de la floristería contemporánea. Algunas se consiguen a través de los productores locales, que tienen sus campos de cultivo en Manga, Colón Norte, Sauce o Toledo, y otras se recolectan de manera informal, ya que nadie las cultiva con el objetivo de comercializarlas. Acompañan las flores importadas que viajan en cámaras de frío, o deshidratadas en cajas, desde Ecuador o Colombia. Ejemplos de estas son las orquídeas, los lirios y las rosas, que además son las más conocidas por la clientela uruguaya. Este público, a diferencia del de Copenhague, Ámsterdam­, París o Tokio, es pequeño y le cuesta comprar —o recolectar de manera informal— flores más allá de lo fúnebre o los días festivos, como el Día de la Madre o San Valentín. 

<em>Sociedad de las flores. Foto: Adrían Echevarriaga</em>Sociedad de las flores. Foto: Adrían Echevarriaga
<em>Mercedes Lalanne, de La Florería. Foto: Valentina Weikert</em>Mercedes Lalanne, de La Florería. Foto: Valentina Weikert

La cultura floral llegó a Uruguay de la mano de los inmigrantes italianos, franceses, españoles e ingleses, que trajeron consigo la costumbre de acompañar su día a día con flores. La inmigración japonesa también dejó huella en los comienzos de la floricultura en Uruguay, especialmente con las familias Yamamoto, Takata, Fukuhara, entre varias más, que fueron de las primeras en cultivar claveles, crisantemos, felpillas, gladiolos y rosas, flores que difícilmente se produzcan hoy de manera local. En 1919 se inauguró Castilla Flores, de las florerías más antiguas del país, cuyas puertas en Ciudad Vieja siguen abiertas. 

La floricultura en Uruguay está, actualmente, marchita. En 20 años se pasó de 100 a 20 productores locales. Si bien se encuentran varios puestos callejeros en distintos barrios, la mayoría de las florerías se encuentran frente a las funerarias, su estilo es todo menos cálido y sus precios más que elevados. Las flores se limitan a acompañar pocos días del año y cada vez son menos los jóvenes que quieren seguir el legado familiar del oficio floral. El mercado se va haciendo más pequeño, aplastado por la flora importada que ofrece mayor durabilidad en agua, morfologías perfectas y colores exóticos. Eso, sumado al gran sacrificio que significa trabajar el cultivo de flores, hacen la escena local cada vez menos atractiva.  

<em> La Florería. Foto: Valentina Weikert</em>La Florería. Foto: Valentina Weikert

Sin embargo, surgen proyectos que eligen apostar por el oficio en extinción y por el retorno a los años dorados de flora en el país, aquellos en los que un ramo era un placer embellecedor diario y no un lujo excepcional. A contramano del orden, la perfección y simetría que busca la floristería clásica, surgen propuestas con énfasis en lo contrario. La florería, Villa 9 y pico y Sociedad de las flores son tres proyectos que ofrecen una mirada fresca y contemporánea sobre el tema. Eligen darle luz a la flora silvestre, nativa y producida de manera local, valorando su imperfección o aspecto agreste, una tendencia que también se nota en los rubros vecinos, como el paisajismo y la jardinería. 

Estos proyectos buscan desplazar, cada uno a su manera, las flores de su uso, casi exclusivo, en días festivos. Defensoras del poder que tienen las flores de alegrar a una persona, un momento, un día o un rincón de la casa, así como del efecto positivo que tiene su belleza, estas cuatro mujeres fomentan el uso cotidiano de ramos o flores sueltas, ya sean comprados o recolectadas del jardín, como se hacía en el Montevideo de principios del siglo XX. Además, cuando se trata de una ocasión especial, una intervención de estas florerías, un gran ramo o la elección de su florero (que puede tener forma de U o ser una botella de vino) deja en claro que el juego, la experimentación y la creatividad caracterizan a la floristería contemporánea. 

Sophie Caubarrère y Catalina Araoz - Sociedad de las flores

<em>Sophie Caubarrère y Catalina Araoz. Foto: Adrían Echevarriaga</em>Sophie Caubarrère y Catalina Araoz. Foto: Adrían Echevarriaga

Esta dupla está enamorada de la flora silvestre y nativa. Es por ella que quiere seguir desarrollando Sociedad de las flores, el emprendimiento de ambientación floral que fundaron en setiembre del año pasado. Se podría decir que las flores buscaron a Sophie y Catalina, una radicada en José Ignacio y otra en La Barra. Unos conocidos le propusieron a Sophie decorar con flores su casamiento y ella le preguntó a Catalina si la podía ayudar. “En aquel momento no éramos tan amigas, ahora somos el contacto número uno de la otra”, comenta Sophie entre risas. 

De a poco, los encargos de arreglos para eventos y locales gastronómicos en Uruguay y Argentina fueron creciendo y sus casas se convirtieron en los talleres de la Sociedad de las flores. El nombre tardó en llegar y vino por parte de la hermana de Sophie, Sabine, que lo propuso. La diseñadora británica radicada en Uruguay Hannah Sandling, el restaurante Unido en Nordelta, el colegio Woodside de Punta del Este, e incontables casamientos celebrados en el Este figuran entre sus clientes. 

<em> Sociedad de las flores. Foto: Adrían Echevarriaga</em>Sociedad de las flores. Foto: Adrían Echevarriaga

El interés por las flores de Sophie viene de larga data. Al igual que su madre y otras mujeres de su familia, es paisajista y jardinera. “Nos juntábamos a decorar los casamientos de mis primas. Era un momento muy lindo de reunión entre todas”, recuerda. Además de trabajar con su madre, Cristine, en Manos negras, estudio de paisajismo, Sophie trabajó con la florista uruguaya Ana Kavinsky­, que siempre la impulsó a formalizar su trabajo relacionado con la floristería. 

Catalina es argentina y vive en Uruguay hace siete años. Es ilustradora, muralista, orfebre y su trabajo siempre estuvo atravesado por la morfología de las flores. Si bien uno de sus primeros trabajos fue asistir a las floristas de una empresa que realizaba trabajos para casamientos, su mayor conexión con las flores corre por lo creativo y artístico. Son la inspiración detrás de todo mural que pinta, que le dan vida a las paredes de Keep Rolling Bar y a Monoccino­ en Manantiales, a uno de los locales de Provaca, y a numerosos lugares más, tanto privados como públicos. Interviene paredes enteras con sus ilustraciones de plantas y flores, muchas veces nativas. Otro ejemplo son unas oficinas privadas en Montevideo, en donde sus murales representan las áreas protegidas del Uruguay, como la Quebrada de los Cuervos, la laguna Garzón, el palmar de Rocha, el monte del Queguay y el humedal de Santa Lucía. Los anillos, dijes y demás piezas de joyería que fabrica a mano también están completamente inspirados en el mundo de la flora. 

<em> Sociedad de las flores. Foto: Adrían Echevarriaga</em>Sociedad de las flores. Foto: Adrían Echevarriaga

Con un estilo etéreo, natural, imperfecto y relajado, la Sociedad de las flores quiere fomentar el valor de la flora nativa. “Mucha gente la ve como maleza, pero en realidad es espectacular y tiene una singularidad increíble”, acota Sophie. Además, explica, cuanta más flora nativa haya, más refugio habrá para la fauna nativa, y por lo tanto más biodiversidad en el ambiente. 

La dupla trabaja con carquejilla, lileras, la flor del perejil, luceras y distintos tipos de senecio, entre muchas otras más. “Queremos que la gente note lo divino de la flora que crece a su alrededor, que se anime a crear y jugar con ella”, dice Catalina. “Nos encanta que la gente quede impactada con lo que hacemos con flores que por ahí ellos veían como simples yuyos o con flores a las que nunca les habían prestado atención”, suma Sophie. 

Lo que también caracteriza a la Sociedad de las flores son las intervenciones florales, en muchos casos escultóricas y artísticas. Es por eso que el taladro, el alambre y los tornillos forman parte de su caja de herramientas diaria. De las intervenciones y esculturas más impresionantes figuran el nido que hicieron para Portal Bosque, una intervención que acompañó una obra de Diego Haretche en un casamiento, los varios altares de boda y otras esculturas que hacen en su taller y luego comparten por Instagram. Otra intervención que verán todos aquellos que frecuenten el clásico restaurante de Manantiales Dos Hermanas es una línea de siemprevivas, hortensias y más flores que cuelgan del techo. 

<em> Sociedad de las flores. Foto: Adrían Echevarriaga</em>Sociedad de las flores. Foto: Adrían Echevarriaga

“Nuestro sueño es tener nuestro propio terreno y plantar todas las flores que queramos, con un invernadero y una mesa gigante para trabajar”, comenta Sophie. Ambas admiten que todavía les queda mucho por aprender sobre la flora nativa, el negocio de las flores y la producción local, pero están seguras de que encontraron el camino que quieren seguir. “Cada día tenemos el ojo más afinado. Vamos caminando o en auto y paramos a mirar y recolectar flores”, dice Sophie. Se nota el entusiasmo de las dos y que las flores las hipnotizan por completo. También es claro que el disfrute y la diversión abundan en la Sociedad de las flores. 

Consejo floral: ponerse en modo explorador y empezar a recolectar flores.

Flor del verano favorita: Galianthe fastigiata.

Mercedes Lalanne - La Florería

<em>Mercedes Lalanne. Foto: Valentina Weikert</em>Mercedes Lalanne. Foto: Valentina Weikert

Son las 16:30. La Florería, en Brito del Pino 1151, cerró hace unos minutos y en la entrada hay cuatro cajas con arreglos de flores rosadas prontos para ser retirados. Mercedes Lalanne, dueña del lugar, barre hojas, tallos y pétalos. Eva, que trabaja todos los días con ella, ordena herramientas en una de las grandes mesas de madera. “Conocí la florería de mi familia a través de los cuentos de mi abuela”, dice Mercedes al preguntarle sobre su legado familiar de floristas. 

<em> La Florería. Foto: Valentina Weikert</em>La Florería. Foto: Valentina Weikert

Es la bisnieta de Étienne Gautron, inmigrante francés que llegó a Uruguay a comienzos de 1900. Es el fundador del reconocido vivero Ciudad Jardín y la florería Gautron, ambos ubicados en Salto. Étienne se especializó en los frutales de la zona y también trabajó con el cultivo de flores. En 1940, su vivero producía una gran cantidad de gladiolos, gerberas, dalias enanas, casi 40 tipos de camelias, 80 variedades de rosas y más. Se convirtió así en uno de los pioneros en cultivar flores de corte (las que se cultivan para ser cortadas) en Uruguay. La familia continuó su legado y Mercedes no fue la excepción. 

<em> Foto: Valentina Weikert</em>Foto: Valentina Weikert

Las anémonas y los snapdragons pintan su infancia de violeta, rojo y blanco. Recuerda cuando su madre traía de la feria de los sábados ramitos de anémonas y juntas los arreglaban en algún florero de la casa. Se acuerda también de cómo apretaba los pimpollos de las snapdragon, que se asemejan a bocas de sapo. Enamorada de las flores desde chica y al haber absorbido los conocimientos florales por ósmosis, no sorprende que Mercedes haya querido emprender en el mundo de los pétalos y tallos. En 2019 empezó a vender ramos por Instagram, luego de formarse como florista­ en Buenos Aires­ y de practicar el oficio desde el garaje de su casa. “Al volver de Argentina me tomé como cinco o seis meses para practicar y preparar el proyecto”, cuenta sobre los comienzos de La Florería. “Hacía el ejercicio de ir a comprar flores, armar ramos, estudiar qué tenían que tener para que me gustaran, calculaba los precios de todo y tiempos de armado. Luego los regalaba. Lo hacía una vez por semana. También empecé a entender qué implicaba el oficio. Es uno muy sacrificado”.

<em> Foto: Valentina Weikert</em>Foto: Valentina Weikert

Recuerda que la pandemia fue el punto de inflexión para su negocio. El mismo día que se anunció le empezaron a llegar mensajes de todo tipo. Muchos le querían hacer llegar flores a su abuela, a su madre, o querían un ramo para alegrar la casa. La Florería pasó de vender tres o cuatro ramos por día, a vender entre 20 y 25. Fue el impulso que Mercedes necesitaba para poder abrir su propio espacio y en junio de 2020 abrió las puertas de su florería en Pocitos. 

Una de las grandes misiones de La Florería es compartir el placer de tener flores en el ámbito doméstico, en un uso diario. Mercedes invita a desplazarlas de su uso, casi exclusivo, en ocasiones especiales para incluirlas en la cotidianidad. No es necesario tener un ramo espectacular para disfrutar de las flores en el día a día. Con una sola margarita en un vaso con agua ya se puede vivir una experiencia floral. Se puede observar todo el proceso de la flor, desde que se abre el pimpollo hasta que la flor se marchita. Observar ese ciclo es, según ella, lo más lindo e interesante que se puede promover en relación con las flores. 

<em> Foto: Valentina Weikert</em>Foto: Valentina Weikert

La flora silvestre, la que crece de manera natural, agreste, es de los grandes tallos de La Florería. Define su estilo de diseño y de trabajo. A diferencia de lo que se cree en general, la floristería no solo se trata de flores ornamentales y clásicas, como la rosa, el lirio, la orquídea o el clavel, sino que el abanico es infinito. En La Florería eso se ve a simple vista. Entrar al lugar es rodearse de floreros con crisantemos, lirios y rosas (flores importadas) que posan al lado de cardos, flores de zanahoria, escabiosas y solidagos. Todas estas son flores silvestres que Mercedes recolecta en su campo o compra a algún productor local, que conoce de manera cercana. Todo ese conocimiento lo desplegó, junto con Natalia Jinchuk, en el libro En flor (Editorial Grijalbo, 2021). “Me parece que el acercamiento a lo autóctono, a la flor de estación, es lo que tiene más sentido. Adentrarse en ese mundo es un acercamiento sincero hacia las flores”. 

Experimentar con la paleta de colores, así como con la morfología y estructura del ramo, es de los juegos favoritos de esta florista. “Los ramos son como una pieza artística, como cuando se crea una escultura o un cuadro. Probamos y experimentamos. No hacemos un ramo igual al otro. Preferimos trabajar con flores de producción nacional o silvestres, porque morfológicamente nos presentan otras formas y posibilidades. A veces salen dos flores de un mismo pimpollo y eso para nosotros es fantástico. Sin embargo, para la floristería clásica, esa sería una flor que se descarta”. 

Consejo floral: apreciar las flores de a una y así aprender, de a poco, sus características. Interesarse por la producción nacional. 

Flor del verano favorita: cosmos.

Josefina Laborde - VILLA 9 Y PICO

<em>Josefina Laborde. Foto: Mauricio Rodríguez</em>Josefina Laborde. Foto: Mauricio Rodríguez

Antes de ser la gran ciudad que es, Madrid fue una pequeña villa, y los kilómetros que la separan de Montevideo son 9.000 y pico. “Esa era la distancia que me separaba de mi familia y mis amigos. Ahora que estoy acá, la cosa es al revés”, explica Josefina Laborde, que vivió en la capital española durante siete años y medio, hasta que decidió volver a Uruguay para emprender su propio negocio floral. La suma de esos dos elementos, cual fórmula, equivale al nombre, poco convencional, de su florería: Villa 9 y pico. “Me gusta que sea raro, que moleste un poco y que la gente se pregunte qué quiere decir”, admite la fundadora. 

<em> Villa 9 y pico. Foto: Mauricio Rodríguez</em>Villa 9 y pico. Foto: Mauricio Rodríguez

“Regalar flores es regalar emociones”, dice Enrique, florista en sus 50, que trabaja en el mundo floral desde los 15 años. Hoy es parte del equipo de Laborde. Cuenta que comenzar a trabajar en esta florería significó darle rienda suelta a su creatividad, porque hasta el momento su experiencia había sido, mayoritariamente, en florerías fúnebres. Allí, explica, los ramos son más estructurados, la gama de colores utilizados no es tan grande y no hay lugar para romper las reglas. “En Villa 9 y pico ningún día es igual, los pedidos son siempre distintos y siempre hay alguien que entra por primera vez”, dice. “Además, los ramos que haga Josefina van a ser unos y aunque yo intente hacer uno igual, no me va a salir. Cada uno tiene su estilo de diseño y eso es lo más lindo. Si uno está cruzado o triste, no le van a salir buenos ramos, está todo muy conectado­ con las emociones”. 

<em> Josefina Laborde. Foto: Mauricio Rodríguez</em>Josefina Laborde. Foto: Mauricio Rodríguez

Enrique describe así lo que atraviesa cada ramo y arreglo que se diseña: el juego y la osadía. “Si un cliente me pide rosas rojas, que sería la flor más clásica de todas, me gusta abrirlas. Hay una técnica que se utiliza para hacerlo y quedan divinas. Siempre me gusta dar una vuelta de tuerca a todo y que los ojos vean algo nuevo”, aclara Josefina, que se formó como florista en la Escuela Española de Arte Floral, en Madrid. Viajó a los 20 años a estudiar letras y pintura, y mientras tanto trabajaba organizando eventos en un hotel. Si bien siempre le gustó la naturaleza, fue en ese trabajo donde conectó con las flores de manera profunda.

Una vez terminada la formación profesional, Josefina trabajó en El Ángel del Jardín, fundada en 1887, la florería más antigua de la ciudad.

Villa 9 y pico intenta contagiar el amor por lo efímero de las flores. “Que no dure para siempre también la hace especial. Que caduque me parece algo bueno, porque lo valoras más”, dice Laborde. Las flores, todas de tallos larguísimos que miran hacia el ventanal gigante del local, son una mezcla de flora nacional e importada. 

<em> Foto: Mauricio Rodríguez</em>Foto: Mauricio Rodríguez

Al igual que La Florería de Mercedes, Villa 9 y pico es como la cocina a la vista de un restaurante. El local es completamente blanco y en el centro hay una gran mesa, en la que todo se cocina. Quien vaya en busca de una flor o un ramo verá todo el proceso de armado. Las herramientas y materiales que se utilizan para crearlos, como el papel que los envuelve, las tijeras o las cintas para atar sus tallos están desperdigados por la mesa. Hay todo tipo de hojas y tallos en el suelo, que se limpian al final del día. A diferencia de las florerías clásicas, la idea es trabajar en vivo para que la gente se interiorice en la tarea, mostrar el detrás de escena. 

Consejo floral: animarse a jugar y dejarse aconsejar por el florista. 

Flor del verano favorita: hortensia.