Después del Everest, ¿qué lo motivó a embarcarse en otra expedición de este tipo?
Esta montaña, que se llama Ama Dablam, queda muy cerquita del Everest y es más técnica, otra montaña completamente. El Everest es de altura extrema y esta es técnica. Es como estar escalando un edificio por fuera. La vez pasada puse la bandera de Donar Sangre Salva Vidas en la cumbre del Everest. En Ama Dablam, el campo 2 está cerca de los 6.000 metros y tiene la particularidad de ser uno de los campos de altura más extremos, más expuestos. Las carpas están casi colgadas al vacío. Es un lugar superemblemático en el mundo de la montaña. Ni siquiera me había planteado ir a la cumbre. Me planteé ir al campo 2 a poner la bandera ahí y lo pude hacer, me lo permitió la montaña, así que fui y lo hice. Fue una experiencia impresionante. Quiero que la bandera se vea en lugares poco frecuentes, insólitos. Y en las notas que voy haciendo, siempre tengo unos minutos para hablar de algo que es realmente importante, como esto.
¿Cómo se entrena para este tipo de desafíos?
Requiere que tengas un muy buen estado de salud, porque no te permite no tenerlo, sobre todo tenés que estar bien aeróbicamente. Tengo 54 años, entonces empiezo a tener que tener en cuenta varias cosas que antes no. Tengo que tener cuidado con mis rodillas, con las articulaciones, con los cambios abruptos de altura, tengo que avanzar muy de a poquito, y lo hago. Me copa jugar con las figuritas que tengo, y no hacer de cuenta que tengo un ancho de espada cuando no lo tengo. Y la cabeza es el 70% de la cosa. Pero son tantas las cosas lindas que te van pasando y tantos los paisajes impresionantes con los que te vas topando, que realmente es algo que a mí me rompe la cabeza de felicidad. Me hace bien que mis propios pies me lleven a lugares tan lejanos. No hubiera soñado eso, no se me hubiera ocurrido jamás.
Es curioso que se exponga a situaciones muy extremas como esta y que las repita habiendo atravesado un cáncer a los 17 años. ¿Hay algún tipo de conexión entre esas experiencias?
Probablemente no sea consciente, porque era muy chico. Lo que creo que ocurre es que decidí vivir al mango, al máximo, y eso tiene que ver con hacer todo sin perder la objetividad. Creo que vivir al máximo no es enfrentarse a peligros y tampoco creo que tenga que ver solamente con una enfermedad. Me pasaron cosas terribles en la vida, como a todo el mundo, que no necesitan ser un cáncer. Hay gente que pierde seres queridos muy temprano y que nunca le encuentra sentido a eso. Yo viví la partida de gente muy querida, muy jóvenes, entonces en mi caso tiene que ver con la decisión de buscar la felicidad en lo que al alma le dé felicidad, que no es solamente escalando la montaña más alta del mundo. Gracias a Dios me pude ordenar la vida para actuar, para cantar, tocar mis instrumentos, escribir, dibujar. Me encanta, me hace muy bien desde siempre. No imagino mi vida sentado en un lugar haciendo algo que no me guste hacer para pasar mi tiempo, no me sale. Cuando decidí que quería ser actor, saxofonista, que quería cantar, quería escribir y dibujar, fue entre los 13 y 17 años. Mi viejo me dijo: pero ¿de qué vas a vivir? Y le dije: pa, yo prefiero comer arroz toda la vida, pero que mi alma sonría a comer caviar todos los días y que mi alma esté triste, porque si mi alma está triste yo me voy a morir, y si mi alma está feliz yo puedo comer arroz, que no me va a importar. Y eso lo sostengo.
¿Qué le atrae del formato teatral que presentará en Montevideo, que se desarrolla en conjunto con la participación del público?
Me llama poderosamente la atención el hecho de saltar al vacío junto con toda la gente que esté ahí esa noche, y empezar a buscarnos entre nosotros. Es un formato que me acercaron y que me pareció muy honesto. Lo encontramos o no lo encontramos entre todos, y esa búsqueda da un resultado que nunca va a ser gris; por cómo está planteado, me parece que va a ser una pieza que nos va a dejar a todos muy contentos, porque todo el espectáculo está ordenado, pero se busca entre todos. La gente no se va a sentar a contemplar, la gente se va a sentar a ser parte de algo, que arranca y termina, pero que yo solo no lo podría hacer.
¿En qué etapa siente que está personal y profesionalmente?
Me siento en el momento más pleno de mi vida. Todos los proyectos que tenía los llevé a cabo. Lo que viene por delante son aventuras, sueños. Los 54 me agarran en un momento de balance, que dice que dentro de cinco minutos puede ser el último momento de mi vida, sin dramatizarlo. Al día de hoy, ese balance me da absolutamente positivo. Crie unos niños que hoy son jóvenes nobles, maravillosos, atentos, generosos y eso tiene que ver con la compañía que elegí para criar esos niños y poder decir hoy: ya está, ya son jóvenes maravillosos que pueden hacer su camino. Con la necesidad de no dejarles un mandato, que sean felices, que hagan lo que quieran porque están bien educados. Mi generación creció con mandatos que eran superpesados, entonces lo único que se les pide a nuestros hijos como mandato es: por favor, vayan y vivan, sean lo que quieran ser.
Facundo Arana
El actor gozó de aquella fama arrolladora que no le permitía prácticamente salir a la calle, período que ahora lo lleva a valorar profundamente la posibilidad de sentarse a tomar un café.
¿Cree que usted logró desligarse de esos mandatos en su momento?
Era difícil desligarse, porque el mandato iba de la mano de que tus viejos querían lo mejor para vos, querían que pudieras encontrar la felicidad, y esa felicidad en aquel momento tenía más que ver con una carrera, con una familia, y hoy me doy cuenta de que no. Los mandatos son como los autos, que se ponen viejos, demodé. Y en un punto me encanta que hoy sea distinto. Lo que pasa es que la felicidad hay que salir a buscarla y pesa más incluso que solo apoyarte en una carrera que ya está hecha, que ya es un camino que vos conocés. Salir a buscar la felicidad y decirle a tu hijo: sos una página en blanco, andá y llenala con lo que vos quieras. Resulta loco eso de ser una página en blanco. Es algo que tienen que ir haciendo de a poco y nosotros estar cerquita para tener un plato de comida caliente, una palmada, que intenten y tengan adonde volver hasta que realmente puedan hacer su camino y volar.
¿Cuál fue el mayor aprendizaje que le ha dejado la paternidad?
Que no sé nada, no importa cuánto crea que sé. Me enseñó lo que es el miedo desde las tripas a que tus hijos tengan en algún momento algún problema de salud, no querés que les pase nada, querés que sean felices. La paternidad te enseña lo frágil que sos, porque sin ellos no le tengo miedo a nada. Con ellos todo es: por favor, que estén bien, que estén felices, que no tengan una mala experiencia. Hay muchas cosas que no vas a poder evitar, porque la vida está llena de esas cosas divinas y otras que no. Así que me enseñó que no tengo ni la menor idea de nada.
¿Tener hijos de 17 y 18 años lo ayuda en algún punto a mantenerse actualizado ante los cambios tan acelerados?
Lo que pasa es que a mí ya esos cambios me quedan grandes, hace rato que me quedan grandes. No se puede seguir la velocidad del cambio de la juventud, pero lo que sí se puede hacer es estar en un lugar franco, en un lugar al que ellos puedan volver, que puedan salir volando y que tengan donde volver si las cosas no les van en ese momento como ellos quisieran que les vaya. Tener a su vieja sentada ahí dispuesta a recibirlos, tener a su viejo sentado ahí dispuesto a recibirlos, su cuarto si necesitan volver y una vez que hayan todos abierto las alas, empezar a achicar el espacio para no tener que limpiar tanto la casa. Te juro que no le busco más vuelta que eso. Me di cuenta de que si vos crias presidentes, es probable que te salga un hippie y si crias un hippie es probable que te salga un presidente. Entonces, prefiero que ellos decidan qué quieren ser. Nosotros lo que les enseñamos es a saber agradecer, a pedir por favor. La importancia de respetarse y respetar al otro. Es un lindo lugar donde pararte como padre. Y ser honesto con ellos, decirles: chicos, esta es la jugada, esto es lo que hacen sus papás, el resto es de ustedes.
Surgió como galán de la televisión en los 90, cuando las figuras tenían otro nivel de popularidad. ¿Cómo ve el presente y el futuro de los actores frente a las nuevas formas de consumir los contenidos, el paso de la televisión a las plataformas?
No veo que esto se estanque. Cuando salió la televisión uno decía: ¿y los radioteatros? Fue una plataforma que duró muchos años sin demasiado cambio, salvo los canales de cable. Hace pocos años, de golpe, las ficciones dejaron de existir en la televisión abierta, que hoy guarda sus espacios para magazines, noticieros, programas de chimentos. La ficción ahora pasó a las plataformas. Tenés más plataformas que los canales de aire que tenías en su momento, pero también se globalizó el laburo. Hay mucha gente muy talentosa que hace distintas cosas, que actúan, que tienen programas de streaming en los que meten millones de personas, llenan estadios. No tengo una visión crítica hacia nada de todo eso. Son tiempos de cambio. Lo que pasa es que los cambios que antes llevaban varios años hoy ocurren de un momento para el otro. El mundo en ese sentido está superrevolucionado.
Yo veo los cambios desde la ventana de mi casa con unos mates; mientras tanto, miro para atrás y a mí me fue realmente tan bien que me puedo sentar a mirar esos cambios desde afuera, adentro de mi casa, tranquilo, por la ventana, y seguir haciendo teatro. La gente nos viene a ver, me siento un tipo muy querido. Por un lado me puedo tomar un café en la calle, pero el teatro se llena de gente que me viene a ver. Y eso no es un lujo, es 200 millones de veces un lujo, el haber podido vivir la de ser una estrella de rock y hoy sentarme pocos años después a tomar un café en la vereda, que eso no lo había podido vivir como adulto.
¿En qué se diferencia un galán de telenovela de los 90 de un galán de hoy?
No creo que se diferencien en mucho. Me parece que entonces era una locura de trabajo y hoy es una locura de trabajo. Si yo naciera de nuevo, me gustaría hacer el mismo camino, elegiría lo mismo para trabajar. Me gusta muchísimo haberlo hecho y haber aprendido el oficio y jugarlo, poder grabar 20 escenas por día, estudiar para el otro día, hacerme tiempo para mis cosas, comprarme mi propia casa. Después con el tiempo empezar a bajar un poco. Yo hablé con María —Susini, madre de sus hijos— y le dije: Mary, ya no voy a trabajar más para que prosperemos, voy a trabajar para que no te vuelvas loca criando a los chicos, para que podamos tener tiempo. Entonces puse gente en casa para que nos pudiera acompañar, que nos pudiera ayudar. Mi suegra, que era lo máximo del universo, estuvo ahí presente cuando nacieron los mellizos. Fue una familia presente, funcional.
¿Y en qué se parece el amor romántico de las telenovelas en las que actuó a lo que usted entiende por amor?
Eso no cambia. En el año 2019 hice Pequeña Victoria. Mi personaje es un médico pediatra que recibe en su consultorio a cuatro madres: una es la que quiere tener un hijo, la otra es el vientre subrogado, la otra es una chofer de Uber que las levantó y las está llevando al hospital, y la cuarta es una chica trans que es donante de esperma.
Mi personaje es un tipo que está ya en una meseta de la vida, tiene su propia clínica chiquitita de pediatría. Su mujer, que tiene más o menos la edad de él, escribe papers, también es médica, y resulta que les va bárbaro en la vida. Tiene dos hijos y de repente se enamora de la chica trans. Era una historia de amor superpoco convencional, pero es que el amor no tiene género. El amor es amor, pero eso no me lo dieron escrito. De eso me di cuenta yo solito buceando el personaje. Yo estaba trabajando en esa tira con Mariana Genesio, que es una actriz espectacular, la chica trans de la que te hablo. Una noche me despierto, llamo por teléfono a Mariana como a las nueve de la mañana, y le digo: Marian, ya sé por qué este personaje mío se enamora de la chica trans. Por qué mi personaje se enamora del tuyo. Porque el amor no tiene género. Ella, del otro lado, se queda callada, y yo supe que estaba llorando. Esta ficción me había permitido darle una vuelta a algo que yo nunca me había puesto a pensar. Me gusta mucho poder mirar para atrás y pensar que la llamé para decirle esto, que su compañero de ficción había entendido algo que para ella es esencial.
Siempre se mantuvo al margen de posturas políticas. ¿Tiene que ver con protegerse ante tanta polarización?
Lo que pasa es que mi postura abraza lo mejor de cada lugar. Una persona, para ser presidente, ¿tiene que ser honesta? Sí. ¿Tiene que ser capaz? Sí. ¿Tiene que ser educada? Sí. ¿Tiene que estar formada? Sí. La persona que tenga eso es la persona a la que yo voto. En todos los partidos hay una persona así. Yo busco a esa persona. No soy de un equipo de fútbol; busco buenos jugadores. Entonces, no me vas a ver puesta una camiseta de partido político. Me vas a ver acompañando a las personas honestas de cada uno de esos partidos, porque las hay.