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    La empatía humana

    Sr. director:

    “La muerte de la empatía humana es uno de los primeros y más reveladores signos de una cultura a punto de caer en la barbarie” (Hannah Arendt)

    “Todo lo que observamos en otra persona genera significado en un nivel inconsciente y nuestro circuito emocional lo lee constantemente” (Goleman, Daniel, 2013, Focus, el motor oculto de la excelencia, Ediciones B Argentina S.A., pág. 128). En la medida que se utiliza una clave compartida —implícitamente— por el que habla y el que escucha, como si se tratara de un baile preciso de gestos y palabras que ocurre en segundos, sin que se sepa que están bailando. Es una manera de relacionarnos que nos define, nos constituye. Comunicar es navegar en forma eficiente entre las intuiciones, los gestos y las voces, entre lo implícito y lo explícito; las palabras representan un pequeño fragmento de aquello que se dice, el cuerpo es un consorcio de expresiones, el cuerpo se convierte en un reflejo del mundo externo.

    La lectura hipersensible de señales emocionales es la culminación de la “empatía cognitiva”, uno de los aspectos fundamentales de enfocarse en lo que otras personas experimentan. Este aspecto de la empatía nos permite comprender la perspectiva de otro, su estado mental, y al mismo tiempo manejar nuestras emociones. Estas operaciones mentales se controlan por el centro ejecutivo del cerebro, dependen de nuestra voluntad (Goleman, Daniel, 2013, op. cit., pág. 131). Por el contrario, la empatía emocional nos une a los sentimientos de otra persona, nuestro cuerpo registra alegría o la pena que esa persona siente. Esta sintonía tiende a producirse a través de los circuitos cerebrales, emocionales, automáticos y espontáneos.

    Si bien la empatía cognitiva o la empatía emocional nos permiten detectar lo que la otra persona piensa y resonar con sus sentimientos, no necesariamente conducen a la simpatía, o sea, por el bienestar del otro. La empatía cognitiva nos ofrece la capacidad de comprender las maneras de ver y pensar de otros. Ver a través de los ojos de los demás y seguir su línea de pensamiento nos ayuda a elegir el lenguaje acorde con su manera de entender.

    El lado oscuro de la empatía cognitiva aparece cuando alguien la utiliza para detectar las debilidades de los otros y aprovecharse de ellos (Goleman, Daniel, 2013, op. cit., pág. 134).

    La empatía emocional es la habilidad de percibir lo que otra persona siente e interesarse por ella está largamente arraigado en la evolución. Este circuito emocional es compartido con otros mamíferos, funciona a partir del cerebro emocional y despierta en nosotros el mismo estado emocional detectado en la otra persona (Goleman, Daniel, 2013, op. cit., pág. 135).

    “La mayoría de los hombres no son capaces de pensar, sino solo de creer, y no son accesibles a la razón, sino solo a la autoridad” (Arthur Schopenhauer). Un individuo solo hace caso a lo que cree, a las creencias que posee, que no son otra cosa que “hábitos del pensamiento” (Bachrach, Estanislao, 2021, En el limbo, Penguin Random House Grupo Editorial, pág. 27). Si crees que una persona es buena, tu cerebro buscará todo tipo de argumentos para demostrar que tienes razón. El cerebro ama tener razón, incluso más que ser feliz. Las creencias determinan lo que es verdad o fantasía en la gente. Entonces una persona a partir de sus creencias “crea su realidad”. Como indica la palabra, las creencias se construyen desde el creer y, a su vez, el creer se construye desde la confianza. Si creemos en algo o alguien es porque confiamos en ese algo o alguien. Luego, el diálogo con la realidad, el ensayo y el error, el esfuerzo y el aprendizaje, la recompensa que supone el logro, la realización y el placer de crear y transformar nacen de la confianza en uno mismo, en el otro y en la vida.

    Las creencias en su mayoría y con fuerza se originan durante la infancia. A medida que se crece, se remodelan, se mantienen o se cambian. Lo relevante es que tus creencias están representadas en tu cerebro físicamente, por muy fuertes conexiones sinápticas, al formarse tempranamente, se constituyen en verdaderos “cables de acero”, que constituyen tu “forma de pensar”. Ellas son las que te hacen sentir mal o incómodo frente a determinadas situaciones y no las situaciones en sí mismas. Tus creencias son parte de tus experiencias pasadas, todo aquello que te sucedió en la vida, influyen en tu forma de interpretar y de dar sentido y significado a las circunstancias y los hechos que te ocurren. Son siempre tus creencias las que le dicen a tu cerebro qué es verdad y qué es fantasía, o sea, qué es verdad para ti (Bachrach, Estanislao, 2021, op. cit., pág. 27).

    “El hecho de que una opinión la comparta mucha gente no es prueba concluyente de que sea completamente absurda” (Bertrand Russell). Algunos creen que la sociedad en que viven no es igualitaria, hay que cambiarla por órdenes imaginados que prioricen la igualdad. Piensan que la libertad del hombre se ve limitada por la religión u otros factores. Creen y cuestionan el racionalismo que impera e intentan liberar al hombre de la conciencia falsa que le ha sido impuesta. Esto les permite pensar que el hecho de crear una filosofía sobre esta noción es una falacia. Es más, que la misma noción de conciencia también es otra falacia.

    Afirman que el sujeto no se construye a sí mismo, sino que es resultado de condicionantes históricos, sociales, morales y psíquicos, sobre todo económicos, “un fatalismo historicista”. Piensan que la conciencia del individuo se falsea por intereses.

    Creen que el motor del cambio es la economía. Detectan el problema descubriendo que la ideología es en realidad una falsa conciencia enmascarada por el materialismo y los intereses económicos. La sociedad vive unas circunstancias desastrosas que hay que cambiar con urgencia. Es la falsa conciencia social, política y económica. Creen que la Revolución Industrial consolidó el capitalismo como sistema de producción, y sus consecuencias son terribles. Explotación masiva del ser humano por el ser humano.

    Advierten del error de pensar que el motor del cambio son las ideas; el motor del cambio es la economía. La ideología y la filosofía corresponden a la clase dominante, que gracias a ellas se mantiene en su posición de privilegio. Hay que cambiar este mundo injusto para crear un mundo nuevo de seres libres e iguales.

    Hay que conseguir la igualdad social, donde no existan las clases ni el Estado burgués. Creen en la alienación religiosa. Dios como engaño. La idea de que Dios es un pretexto creado para engañar a la gente, una herramienta inventada para alejarla de la razón y de la realidad.

    “La religión es el opio del pueblo. Es el espíritu de un mundo que carece de espíritu”. Un analgésico. Cuando las necesidades espirituales no están cubiertas, la sociedad busca evadirse a otro mundo imaginario en el que se le prometa una vida mejor. Y eso es la religión.

    Están convencidos: si elaboramos racionalmente un modelo justo y equitativo de sociedad, este se puede imponer a la realidad. Todas las utopías sociales, de Platón a Tomás Moro y Marx, han partido de creencias personales que no necesitan pruebas. Creen que “la gente opina, refleja su educación y su entorno social, que tanto a ricos como a pobres se les lava el cerebro desde que nacen, a los ricos se les enseña a obviar a los pobres y a los pobres se les enseña a obviar sus propios intereses”. Creen que el partido es el que sabe mejor lo que conviene y en la economía el sindicato siempre tiene razón.

    Dichas creencias derivan en “religiones seculares” (marxismo, comunismo, progresismo), creer que el motor de la historia es solo el conflicto entre burguesía y proletariado, e ignoran la multiplicidad de factores sociales, culturales, étnicos, religiosos, psicológicos, familiares y personales.

    “Una idea crucial en el concepto de humanismo es la idea de libertad” (Hannah Arendt). Con Hannah Arendt, la libertad es actuar y ser significativo. La libertad humana se ve amenazada a medida que adquirimos cada vez más la capacidad de rediseñar el mundo, ya sea desde nuestro entorno físico, el mundo vivo y la naturaleza, gracias a la inteligencia. Así, las personas ordinarias se convierten en actores complacientes en los sistemas totalitarios porque dejan de pensar libremente y se desconectan del mundo real. Ocurre una pérdida del sentimiento del mundo y el reconocimiento de que todos estamos vinculados, que hay una unicidad en la humanidad y del compromiso cívico que este vínculo implica.

    Arendt sostenía, si miramos el mundo y a nuestras actividades como si estuviésemos fuera de él, nuestras acciones acabarán por perder su sentido más profundo. “La estatura del hombre no solo se habría reducido según los estándares que conocemos, sino que habrás quedado destruido”. En otras palabras, perderíamos nuestra libertad, nuestra democracia y dejaríamos de ser humanos.

    Para Hannah Arendt, la empatía, entendida como la capacidad de “pensar desde el punto de vista de los otros” (no de sentir con ellos), es crucial para la política y la moral, pues su ausencia revela la “banalidad del mal” y la proximidad a la barbarie, al permitir la deshumanización; aunque ella criticaba la empatía como mera emoción sentimental, la veía como un ejercicio de pensamiento imaginativo necesario para la responsabilidad cívica y el pluralismo.

    “Todo se expresa a través del lenguaje rudimentario del cuerpo” (Mariano Sigman).

    Rafael Rubio