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    Hechicero en el podio

    Comenzó la temporada del Centro Cultural de Música

    Nada más gratificante que descubrir artistas valiosos en oportunidades impensadas. Aclaremos: tratándose del nivel de excelencia habitual en los espectáculos del Centro Cultural de Música, hablar de oportunidad impensada puede parecer poco amable. Pero si tenemos en cuenta que el programa reiteraba dos Tchaikovsky trillados, el Concierto Nº 1 para piano y la Quinta Sinfonía, hechos por un pianista ruso de 27 años y un director noruego, ambos con buenos currículums aunque ninguno de ellos “estrella” en el mundo musical, la verdad es que uno no esperaba con mucha curiosidad ni ansiedad el concierto. Exceptuemos sí la curiosidad por la orquesta, por ser rusa y con ochenta años de vida. Es decir, una respetable anciana en un país de tradición orquestal pesada.

    La velada empezó con el compositor noruego Edward Grieg (1843-1907), que escribió la música para el drama Peer Gynt de su compatriota Henrik Ibsen. De esa música original Grieg seleccionó ocho partes y armó dos suites para orquesta con cuatro partes cada una. La orquesta rusa no se atuvo a ninguna de ellas y armó una suite para la ocasión con cinco partes, tres extraídas de la suite Nº 1 y dos de la Nº 2. Cuando salió a escena, el director noruego Terje Mikkelsen, alto, robusto, con una melena blanca por los hombros, barba blanca y cara rubicunda, uno no sabía si estaba frente a un vikingo bajado de un barco o a un mago salido de una lámpara maravillosa. Cuando terminó de dirigir la suite la cosa estaba clara: estábamos frente a un mago. La belleza melódica de Grieg fue servida con una sutileza y una gracia poco comunes. Las pequeñas inflexiones de fraseo anticiparon que estábamos frente a un conductor inu­sual y distinto.

    En contraste con la figura del noruego apareció luego el joven pianista moscovita de 27 años de edad Philipp Kopachevsky. Flaco, espigado y pálido, transitó por la partitura de Tchaikovsky con una seguridad y musicalidad pasmosas. Sus acordes del inicio fueron sonoros pero no golpeados, la cadenza llena de contrastes de fraseo, el andantino expuesto con exquisita sensibilidad, y el final con grandeza arrolladora. Una vez más me impresionó Mikkelsen, ahora como acompañante, por su elasticidad en los tiempos, su concertación precisa con el solista y nuevamente por detalles varios de color y fraseo que extrajo de la orquesta.

    La sinfonía de Tchaikovsky confirmó el vuelo de Mikkelsen. Es un hombre lleno de finezas y de sorpresas en el discurso musical. Sus crescendos y diminuendos son de antología. Está además frente a una orquesta de magnífico nivel, con cuerdas de una tersura poco común, bronces brillantes y maderas de gran expresividad. Su versión mostró sonidos nuevos, inaudibles en otras versiones. El mejor termómetro de esta maravilla fue un silencio espeso en la sala, sin toses ni en los intervalos. Velada para el recuerdo y los anales.