Para la japonesa Yayoi Kusama, el arte es una táctica de supervivencia. “Mis obras de arte son una expresión de mi vida, especialmente de mi enfermedad mental”, declaró a la revista estadounidense Bomb en 1999.
En homenaje a la trayectoria cargada de desafíos de la japonesa, el Museo Ludwig de Colonia (Alemania) inauguró el 14 de marzo una exposición retrospectiva que recorrerá su obra y se podrá visitar hasta agosto
La idea de autodestrucción o desaparición para fundirse y reintegrarse en algo mucho mayor está presente en toda la obra de Kusama.
Para la japonesa Yayoi Kusama, el arte es una táctica de supervivencia. “Mis obras de arte son una expresión de mi vida, especialmente de mi enfermedad mental”, declaró a la revista estadounidense Bomb en 1999.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáA sus 96 años, la artista, que por decisión propia vive en un psiquiátrico, es una de las figuras más influyentes del arte contemporáneo. En homenaje a su extensa trayectoria cargada de desafíos y para celebrar los 50 años de existencia del recinto, el Museo Ludwig de Colonia (Alemania) inauguró el 14 de marzo una exposición retrospectiva que incluirá un recorrido inmersivo por toda su obra —desde su primer dibujo, que data de 1934— hasta una instalación creada especialmente para la muestra, que podrá visitarse hasta agosto.
En total, se exhibirán más de 300 obras entre pinturas, esculturas, literatura, instalaciones inmersivas y dibujos, entre las que no faltarán sus reconocidos infinity rooms, sus esculturas de tela y sus clásicos lunares a gran escala.
“Este fuerte sentido de la fuerza vital en la expresión artística es lo que me ha sostenido y me ha dado poder para superar sentimientos de depresión, desesperanza y tristeza. He sido guiada por mi creencia en este poder”, señaló Kusama al describir el hilo conductor de su trabajo.
La japonesa tenía apenas 10 años la primera vez que experimentó alucinaciones, sensaciones que la acompañan hasta el día de hoy, y que muy pronto aprendió a transformar en arte.
Kusama atribuye sus problemas de salud mental al estrés psicológico con el que tuvo que lidiar desde niña, al ser obligada por sus padres a reprimir su esencia y comportarse como la tradición dictaba, una situación que se prolongó durante sus primeras décadas de vida. “Mis padres constantemente intentaban obligarme a aceptar matrimonios concertados con hombres que no conocía”, le contó al escritor Andrew Solomon, quien catalogó sus veinte años como su época de mayor crisis nerviosa.
Tras estudiar en la Escuela de Artes y Oficios de Kioto, Kusama expuso por primera vez en su país natal, aunque sin mayores repercusiones. El gran salto llegaría a fines de los años 50 al mudarse —o, mejor dicho, huir— a Nueva York, convencida de que lograría hacerse un lugar importante en el panorama artístico al liberarse de todo lo que la limitaba en Japón. “Era excepcionalmente segura de sí misma y estaba decidida a forjar su propio camino”, dijo el curador de la exposición en el Museo Ludwig, Stephan Dietrich, al medio alemán DW.
Sus certezas y esperanzas se derrumbaron cuando en Nueva York se encontró con una nueva barrera. Aunque logró integrarse al círculo más innovador del arte de la ciudad con sus famosos infinity nets (telares monocromáticos cubiertos por tramas repetitivas), muy pronto Kusama comenzó a sentir en carne propia las desigualdades económicas y de acceso con respecto a sus pares masculinos.
Su lenguaje visual, tan propio e innovador, terminó siendo asociado con artistas hombres como Andy Warhol o Claes Oldenburg, a través de quienes se popularizaron ideas que primero surgieron de su trabajo, como las performances nudistas o las infinity nets, que fueron posteriormente adoptadas por sus colegas. Por si fuera poco, ellos comenzaron a vender obras a precios mucho más altos y a acceder a galerías más poderosas, mientras Kusama luchaba por hacerse un lugar con poco respaldo como mujer migrante.
Todo eso, sumado a sus fragilidades emocionales, la llevó a intentar quitarse la vida, un episodio del que por obra del destino logró salvarse.
Tiempo después, en 1964, usó el arte como herramienta de protesta contra las desigualdades de género. Su escultura Traveling life es una escalera cubierta de formas fálicas, con zapatos de mujer sobre sus peldaños. Esta pieza se convirtió en uno de los motivos recurrentes de su producción: en 2002, Kusama explicó en su autobiografía que, más allá de expresar sus frustraciones, estas obras también le permitieron procesar su profundo temor hacia la sexualidad, percibida durante años como algo perturbador.
Sus alucinaciones de la infancia en las que percibía flores, puntos y otros patrones repetitivos atraviesan hoy toda su obra, junto con la idea de autodestrucción o desaparición para fundirse y reintegrarse en algo mucho mayor. “A través de la aniquilación del propio ser, uno regresa al universo infinito”, llegó a explicar la artista.
Pese a ser reconocida, Kusama estuvo durante buena parte de su carrera relegada al lugar de lo exótico o marginal, sin ubicarse como una verdadera protagonista dentro del mundo artístico. Pero quedarse de brazos cruzados nunca fue una opción para la japonesa: en 1966, al no haber sido invitada a la Bienal de Venecia, Kusama instaló frente al ingreso una obra titulada Narcissus Garden, compuesta por 1.500 esferas metálicas reflectantes que comenzó a vender al público por dos dólares cada una, en una ironía acerca de la comercialización del arte.
Recién en 1993 fue invitada oficialmente a participar en esta exposición cultural. “Este es el mejor momento de mi vida. Quiero ser aún más famosa”, declaró al Financial Times sin una mínima intención de mostrarse modesta.
Desde entonces, la popularidad de Kusama no dejó de aumentar. En 2018, la artista vendió 90.000 tickets en una tarde para su muestra en el museo The Broad de Los Ángeles, mientras que en 2022 las entradas para su exposición en la Tate Modern de Londres se agotaron rápidamente.
Parte de su intensa actividad creativa la atribuye a la decisión que tomó en 1977 de residir en el Hospital Seiwa, una clínica psiquiátrica de Tokio, como parte de una estrategia para lograr la estabilidad mental necesaria para mantener una rutina, continuar produciendo y creando desde su estudio cercano a la clínica y así, solo así, seguir adelante.