El libro para mí fue algo muy personal; lo escribí para sanarme, como un remedio propio. Pero me di cuenta enseguida, cuando empecé las investigaciones y a viajar por el mundo, de que estamos todos en lo mismo. Ya por los años 2002 y 2003 estábamos llegando a los límites en términos de velocidad, a lo que podíamos aguantar como seres humanos y lo que podía soportar el planeta. A mi juicio, fue a raíz de eso que el libro llegó y, de inmediato, la gente lo entendió y lo tomó como un manifiesto y una inspiración.
¿Qué ha pasado desde entonces? Por un lado, el ritmo de la sociedad ha ido aumentando; la aceleración sigue siendo el motor dominante de la cultura en el mundo globalizado. Pero, por otro lado, la corriente slow —tratando de bajar un cambio y hacer las cosas de otra manera— ha crecido muchísimo en estos años. Estamos en una situación bifurcada: mientras la tendencia dominante sigue siendo la prisa, cada vez más personas se dan cuenta de que esto ya no sirve y que debemos reconectar con nuestra tortuga interior.
Algo que he visto en estos últimos años es que los jóvenes están llegando a la misma conclusión. A veces la rapidez es la mejor opción y tiene sentido, pero no tiene lógica hacerlo todo a todo vapor ni vivir en modo de avance rápido.
Son los jóvenes quienes están liderando estos movimientos con clubes offline y tecnología lenta. Hablamos de adolescentes y personas de menos de 30 años que están muy metidas en este cambio. Esto aumenta mi optimismo: la gente joven es el futuro, pero también demuestra que el virus de la prisa es universal y que a todos nos haría bien pisar el freno y bajar las revoluciones.
Si hicieras una actualización del libro y le agregaras un capítulo ahora, 20 años después, ¿en qué harías énfasis? ¿Qué es lo que más te preocupa de estos tiempos?
¿En términos de velocidad?
Sí.
La inteligencia artificial, porque creo que tiene el potencial de cambiarlo todo. Puede ser en un sentido muy positivo, pero también en uno bastante catastrófico. Me parece que mucha gente anda por el mundo haciendo futurología, diciendo cómo va a ser todo, pero lo cierto es que no se sabe hacia dónde vamos. Sin embargo, esta tecnología es un salto como nunca hemos visto en la historia; no es como las armas nucleares. Esto es un cambio tectónico.
Ya se percibe un impacto profundo en la aceleración de todo y en el outsourcing del esfuerzo cognitivo. Los seres humanos somos perezosos y, si alguien nos ofrece la posibilidad de delegar una tarea cognitiva, lo vamos a hacer. El problema es que este fenómeno presenta dos frentes. El primero es que la IA no es confiable: alucina, inventa, comete errores. Pero nos entrega el producto final de manera tan complaciente y simpática que nos seduce. Sin analizar el resultado, salimos corriendo con el informe o el libro diciendo: “He creado esto y es una maravilla”. Eso termina siempre mal.
Pero me genera aún más angustia la idea de que la IA pueda reemplazar el pensamiento humano. Esa es la gran amenaza. Debido a nuestra tendencia a la pereza, ya estamos usando estos sistemas —que están lejos de ser perfectos— para sociabilizar o chatear en apps de citas como Tinder. Es como si ya hubiéramos tirado la toalla.
Esto me preocupa porque lo que traemos a la fiesta como seres humanos es, justamente, el pensamiento. Existen estudios que demuestran que, en cuanto empezás a delegar un trabajo cognitivo a las máquinas, perdés la capacidad de procesar esas cosas por tu cuenta. Sucede con los médicos que usan IA para analizar exámenes: a los pocos meses les quitan la tecnología y han perdido la habilidad de hacerlo sin esa muleta. Son capacidades desarrolladas durante años, a veces décadas, que se hacen humo en cuestión de meses. Es espantoso.
Y el miedo aumenta con respecto a los niños. El objetivo número uno de la educación es cultivar el arte de pensar, la reflexión, el pensamiento crítico y la creatividad. Nosotros tuvimos la suerte de desarrollar esas capacidades en un mundo pre-IA, y ahora lidiamos con la tentación de dejar de usarlas. Pero para los chicos, que aún no han consolidado esas habilidades y ya están delegando su creatividad, el riesgo es enorme. No solo para la sociedad, sino para la humanidad.
¿Qué pasó con el ocio? ¿En qué cambió el uso del tiempo libre desde que publicaste Elogio de la lentitud?
Yo creo que seguimos teniendo la misma relación compleja con el ocio. En una sociedad que pone en el pedestal la productividad, sobre todo la productividad vinculada a lo económico, cuesta abrazar el ocio auténtico, genuino.
Llegamos al momento del ocio con una carga de vergüenza, de culpa, de miedo, y cuesta usarlo porque llegamos con ese lente, esa perspectiva, ese prisma de productividad de la época victoriana, la época de Frederick Taylor. Esto a mi juicio ha empeorado en estos 20 años con una palabra que ahora conquistó el mundo, que es la optimización: se habla de optimizar el tiempo. Esto, que empezó en el mundo laboral para optimizar los procesos, las reuniones, etcétera, salió del mundo de trabajo y terminó contaminándolo todo.
Vivimos en una cultura que hace el culto a la optimización. Se ve, por ejemplo, a la hora de dormir. La gente usa métricas y cifras: se levanta a la mañana y tiene un marcador de 52%. Es como que hasta a lo más íntimo y más humano llegamos con esa obsesión, con las métricas, la optimización. Vi algo increíble el otro día: aparentemente hay una app para hombres que te dice la velocidad de la penetración, te da una gráfica. Entonces el problema que trae la optimización es que, una vez que tenés un número para describir un acto, una tarea, entra la tentación de acelerarlo, de hacerlo más rápido, porque la optimización en general es sinónimo de hacerlo más rápido. O de hacer otra cosa al mismo tiempo. Así surge el fenómeno de la segunda pantalla. Es cuando la gente que mira una serie en Netflix tiene otra pantalla en mano, scrolleando en TikTok o mandando mensajes por WhatsApp o lo que sea. Eso ahora está influyendo en cómo escriben guiones en Netflix, por ejemplo, porque tienen en cuenta que la gran mayoría del público estará en modo segunda pantalla. Estamos sacrificando tanto por la prisa, la distracción, la sobreestimulación, incluso el arte.
¿Y qué pasa con el edadismo hoy? En tu libro Elogio de la experiencia hablás de eso con una mirada esperanzadora. ¿Cambió la percepción del envejecimiento en los últimos años?
Me genera una gran tristeza, por ejemplo, que una mujer se sienta obligada a mutilarse con cirugías estéticas; me parece muy triste. Pero lo entiendo, porque el culto a la juventud sigue reinando en muchos sentidos. No lo hemos derrotado ni tirado por la borda; sigue siendo una influencia profunda en la sociedad. Pero creo que la contracorriente de una mirada mucho más abierta ha crecido muchísimo.
Por un lado vemos a ciertas estrellas hiperoperadas, pero por otro en las revistas femeninas —incluso en estos últimos meses en publicaciones como Vogue— vemos a mujeres de 50 o 60 años en la portada. Esto, que hubiera sido casi inimaginable hace 10 años, pasó a ser casi la norma, algo común. No hemos llegado al paraíso del posedadismo ni por asomo; no soy utópico, sino realista. Pero creo que vamos avanzando y cambiando el discurso alrededor del envejecimiento.
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Carl Honoré fue pionero del movimiento slow con la publicación de Elogio de la lentitud en 2004.
Otra señal es que, cuando empecé a escribir en LinkedIn sobre el edadismo en el mundo del trabajo, era un tema incipiente, y hoy está muy sobre el tapete. Casi todas las empresas buscan tener alguna política respecto al envejecimiento en el ámbito laboral y entienden la potencia del trabajo en equipos multigeneracionales.
Son temas que están en el centro del debate en las redes sociales, mucho más que hace cinco años. Lo veo también en mi propio trabajo: las empresas se me acercan buscando eventos, charlas y talleres sobre edadismo y trabajo multigeneracional. La demanda ha dado un salto impresionante, lo cual es otro indicio de que estamos avanzando y cambiando.
Pero falta mucho. Hay otro ejemplo que me gusta. No sé si conocés la famosa —o, para algunos, infame— serie de televisión The Bachelor. Hay un soltero guapo de 20 o 30 años que tiene que elegir a su compañera de un grupo de mujeres y, en el último episodio, le regala una rosa roja. Hace un par de años, la franquicia lanzó la primera versión para gente mayor: The Golden Bachelor (El soltero dorado). El primer protagonista tenía 72 años —y estaba muy bien el hombre, por supuesto; si a los 72 llego así, estaré feliz de la vida—. Eligió a una mujer de un grupo donde las participantes tenían entre 58 y 78 años. Fue un exitazo. El año pasado lanzaron la segunda temporada con otro soltero de 66 años y, otra vez, con mujeres de entre 58 y 80 años.
Estos son cambios en el paisaje cultural que hubieran sido inconcebibles hace 10 años. Ahora existen y tienen un impacto en el rating y a nivel económico; son proyectos que funcionan. La imagen que tenemos de la gente de más edad como un infierno de declive, tristeza, aburrimiento y olvido es mentira. Cada vez más la gente se está dando cuenta de que se puede contar otra narrativa sobre la edad, una mucho más optimista.
Pero aún falta mucho. Te doy otro dato sobre The Golden Bachelor. Antes del lanzamiento de la segunda temporada, el protagonista, Mel, dijo a la prensa en una entrevista: “Yo nunca saldría con una mujer de más de 60 años”. Obviamente, eso mina totalmente el concepto del programa; fue un desastre. El canal estuvo a punto de cancelar la serie y él tuvo que salir a hacer una gira de disculpas. Pero esto subraya algo fundamental: la mujer suele pagar un precio más alto por envejecer. El edadismo tiene una dimensión de género muy marcada, especialmente en imagen y cómo las mujeres deben presentarse físicamente. Definitivamente, todavía no hemos llegado a la tierra prometida.
Yendo al otro extremo, a los niños: ¿se está acortando la infancia? Hablabas de eso en tu libro Bajo presión. ¿Cómo ves el panorama ahora? ¿Con la aparición de las redes sociales se complejizó más la crianza?
Las presiones que sienten, o sentimos, los padres son iguales. Mi segundo libro trató el tema de cómo la parentalidad había pasado a ser un cruce entre un deporte competitivo y el desarrollo de un nuevo producto; era casi como si hubiéramos profesionalizado eso de ser padres. Y esto no tenía lógica en aquella época, y tampoco tiene lógica hoy, porque los chicos necesitan lentitud, necesitan momentos no estructurados, momentos libres de tests y pruebas, incluso momentos de aburrimiento.
Siempre hablo de la importancia del aburrimiento. Durante toda la historia, cuando un chico le decía a su papá “estoy aburrido”, era el problema del chico. O sea, tu papá te decía: “Bueno, andate a jugar, o buscá a un amigo, o usá la imaginación”. Hoy, ¿qué pasa cuando un chico le dice a su padre que está aburrido? El padre entra en pánico. Es como que está fracasando como padre. “Mi hijo está aburrido, ¿dónde está el iPad?, a lo mejor necesitamos otra actividad extracurricular”. No. Lo que tendría que hacer en ese momento es, precisamente, desacelerar y dejar que el aburrimiento florezca para hacer volar la imaginación. Porque es precisamente en esos momentos no estructurados, de no saber bien lo que viene después, momentos de aburrimiento, que los chicos aprenden a pensar, a usar la imaginación, a llevarse bien con sus colegas, a regular sus emociones, a mirar hacia adentro, a conocerse a sí mismos. Es importante, es imprescindible; es la piedra angular de una infancia digna de su nombre.
¿Qué ocurre en estos días? Hemos prácticamente aniquilado esa dimensión de la infancia. Y los chicos corren de una actividad programada para otra. Y los momentos intersticiales, en los que antes podría surgir un momento de aburrimiento, un momento de maravilla, de asombro, de contacto con el otro, ahora han sido conquistados por los gadgets, los dispositivos, la tecnología y las redes sociales. Y esto, yo creo, explica los problemas que vemos con respecto a los niños: los problemas epidémicos de soledad, aislamiento social, de trastornos psicológicos, físicos, obesidad. Todo pasa por este enfoque de optimización: estamos también tratando de optimizar a nuestros hijos. Y, como en todo, la obsesión por la optimización termina mal; termina con el resultado contrario.
Existen estudios que demuestran que, en cuanto empezás a delegar un trabajo cognitivo a las máquinas, perdés la capacidad de procesar esas cosas por tu cuenta. Sucede con los médicos que usan IA para analizar exámenes: a los pocos meses les quitan la tecnología y han perdido la habilidad de hacerlo sin esa muleta. Existen estudios que demuestran que, en cuanto empezás a delegar un trabajo cognitivo a las máquinas, perdés la capacidad de procesar esas cosas por tu cuenta. Sucede con los médicos que usan IA para analizar exámenes: a los pocos meses les quitan la tecnología y han perdido la habilidad de hacerlo sin esa muleta.
Pero hay también gente a contracorriente, diciéndose: “Esto no tiene ninguna lógica”. Hay que desacelerar, hay que ralentizar la infancia para que los chicos puedan ser chicos y puedan desarrollarse de manera saludable, duradera y humanista. Y ya se ve. En relación con la tecnología, hemos visto en los últimos meses un punto de inflexión. Australia fue el primer país en prohibir las redes sociales para chicos de 16 años para abajo. Varios países —España, Irlanda— han seguido ese primer paso. Yo trabajo mucho en colegios, y muchos han prohibido el uso del celular. Eliminar esas armas de distracción masiva que todos llevamos en el bolsillo; quitarlos y borrarlos de la experiencia infantil. Cada vez más se ve ese cambio positivo, a mi juicio.
Y como padres, ¿cómo podemos administrar el temor de que nuestros hijos queden rezagados en tiempos de IA y ante un futuro incierto?
Es difícil porque hay mucho miedo y esa sensación de “deporte competitivo”. Pensamos: “Si mi hijo deja de correr, va a perder la carrera porque los demás están corriendo”. Pero tenemos que darnos cuenta de que una corrida constante no lleva a una adultez fructífera o exitosa; al contrario, es la mejor manera de minar el desarrollo del chico.
Tenemos que buscar un equilibrio. Para superar ese miedo ayuda mucho crear tu propia tribu, encontrar otros padres que tengan la misma visión. Es muy difícil alzar la bandera de la lentitud unilateralmente; da miedo. Es mucho más fácil avanzar de manera colectiva. Podés armar un brunch o un café en el colegio, invitar a padres que tengan una visión parecida o buscar en los grupos de WhatsApp familias que también busquen más tiempo para el juego libre. No trates de hacerlo solo, porque es muy difícil. Es más fácil armar tu pandilla e ir avanzando juntos.
Creo que resulta cada vez más fácil porque el discurso general ha cambiado. Un libro que salió el año pasado tuvo mucho revuelo, La generación ansiosa. Eso marcó un punto. Ya existían tendencias y críticas al enfoque de los niños y la tecnología, pero ese libro plasmó el momento y catalizó el discurso. A raíz de eso, creo que la puerta hacia una niñez digna está mucho más abierta.
Otro ejemplo es Suecia, un país que suele ser pionero en nuevas tecnologías. Lo hicieron con la educación: fueron de los primeros en importar pantallas a las aulas. Últimamente, Suecia ha dado un giro de 180 grados; se dieron cuenta de que esta tecnología no ha mejorado la educación, al contrario, la ha empeorado. Están sacando pantallas y volviendo a una educación basada en papel físico, lapicera y lápiz. Ya sabemos por los estudios que, cuando un ser humano toma apuntes con lapicera y papel, lo procesa y recuerda mejor. Parece lento, parece prehistórico, pero funciona mucho mejor que una tableta o una MacBook.
En toda la historia hemos visto el mismo fenómeno: cuando surge una tecnología, al principio nos cuesta porque no tenemos los protocolos sociales o las reglas para usarla bien; se nos va de las manos. Con las redes sociales y las pantallas el péndulo se desplazó hacia un extremo, pero ahora lo estamos moviendo hacia un punto intermedio, hacia un equilibrio.
Tengo optimismo. Un ejemplo es un nuevo ritual llamado stacking, que se ve mucho en Londres. Stacking es amontonar o apilar. Cuando los jóvenes salen a tomar un café, amontonan sus celulares en el centro de la mesa y el primero que lo agarre paga la cuenta de todos. Es una manera entretenida de decir: “Tenemos este momento juntos y nunca vamos a volver a tenerlo, ¿por qué arruinarlo tratando de estar en varios lugares al mismo tiempo?”. Y fíjate que este ritual no es un invento de los baby boomers, sino de los propios nativos digitales que están llegando a la misma conclusión: estos aparatos son herramientas increíbles, pero hay límites. El hecho de que sea un invento de esa generación me provoca optimismo, porque demuestra que no hemos perdido esa cosa humana; es algo universal y permanente. La prisa nos deshumaniza, la lentitud nos rehumaniza.
Lo de la IA es otra cosa. No tengo bola de cristal, pero me da miedo la posibilidad de quitarnos el privilegio de esforzarnos, de usar el cerebro para pensar, meditar, reflexionar, escuchar y procesar. Es la piedra angular del aprendizaje. Me parece distópico un futuro en el cual hacemos un outsourcing de todo y solo nos quedan series de Netflix interminables y juegos electrónicos sin fin.
En cuanto a los padres: hay que avanzar muy cautelosamente con la IA. Yo diría: nada de uso de IA sin la presencia de un adulto, al menos hasta los 16 años. O por lo menos tener un debate en familia: ¿cuándo lo usamos? ¿Qué impacto tiene? ¿Qué estás sacrificando cuando usás IA?
¿Cómo es tu relación con el tiempo hoy?
Tengo una relación bastante fluida, ligera, sana, humana. No pienso mucho en el tiempo. Tengo un antes y un después muy claro. En mi “antes”, yo era un correcaminos total; cada momento de mi día era una carrera contrarreloj y miraba constantemente el reloj. Decía: “Ok, me quedan cinco minutos, ¿qué puedo hacer con ellos?”. Era una cosa neurótica; una relación profundamente malsana con el tiempo. Ahora, en mi “después”, después de mi desaceleración, para mí el tiempo es algo que existe. Es como el aire que respiro, pero no manda como antes. No es una obsesión. No lo veo como un recurso limitado que tengo que optimizar y correr para llenar con más y más cosas; es algo que está ahí como para dar un poco de estructura, de arquitectura, de silueta a mi día. Pero no vivo con un ojo puesto en el reloj.
Tengo una sensación de libertad impresionante gracias a ese cambio de chip, pero sigo siendo muy puntual. La puntualidad para mí es importante; es como un acto de mostrar respeto a los demás, de no quitarles su tiempo.
Muchas veces la prisa es un contagio. Yo ahora soy capaz de estar en un entorno de mucha ansiedad y no contagiarme. Me lo han dicho muchas veces: “Vos encarnás lo que predicás”. Compañeros que están estresadísimos me ven como en una burbuja de calma. Y es verdad, vivo en una vorágine entre Buenos Aires y Londres, pero, sinceramente, no me afecta.
Siempre le digo a la gente: “Vos tenés mucho más tiempo de lo que pensás y, al mismo tiempo, tenés menos tiempo del que pensás”. Esa paradoja para mí es casi como un lema. Por un lado, significa que no tiene sentido correr como un correcaminos, porque la prisa con mucha frecuencia es un despilfarro. Pero la segunda parte del lema es para subrayar que el tiempo es limitado y hay que aprovechar el aquí y el ahora. Si lográs manejar esa contradicción, creo que es una buena palanca para vivir bien.