El viejo piso de baldosas pintadas y tablas. La pared de ladrillos. La vieja araña colgando del techo (ahora con bombitas led). El piano contra la pared enfrentado a la batería, que siempre está en el rincón opuesto. En el medio, el contrabajo (o el bajo eléctrico, dependiendo del estilo de la formación de turno), el teclado, la guitarra, la trompeta, el saxo o el trombón. Y al fondo, la pared despintada que se ha transformado en el telón de un escenario. El jazz sucede casi todas las noches en el interior de esa típica casa estándar monteviadeana construida en 1924. Esa pared centenaria que revela varias capas de pintura y revoque ha sido el marco de incontables conciertos de bandas y solistas uruguayos y de la región. El paso del tiempo todo lo multiplica por cientos, incluso por miles. Miles de recitales (los cálculos indican más de 3.000), miles de acordes, miles de partituras en atriles, miles de aplausos. Y miles y miles de platos servidos, porque El Mingus es buena música y también es buena comida y buena bebida.
El espacio es reducido, pero desde hace 16 años la música suena sin pausa —hoy más que nunca— en esa casa situada en la esquina de San Salvador y Jackson. Con 10 conciertos por semana (cinco fechas en doble función), este bar está consolidado como el principal boliche de jazz en Montevideo. Este Día Internacional del Jazz —el 30 de abril, proclamado por la Unesco, por iniciativa del pianista Herbie Hancock— es una buena oportunidad de contar su historia.
Bautizado en honor a Charles Mingus, legendario contrabajista estadounidense que llegó a tocar en el Teatro Solís en 1980, el bar abrió sus puertas el 18 de marzo de 2010. Cuenta su propietario que un mes antes de la inauguración hubo un primer concierto, del guitarrista Juan Pablo Chapital, a puertas cerradas, para la familia, los amigos y allegados de los dueños, mientras preparaban el local para su apertura. Santiago Ottonello, a quien sus amigos llaman el Negro, es el único de los tres propietarios fundadores que continúa detrás del mostrador. Mejor dicho, estuvo detrás del mostrador durante los primeros años, hasta que la pandemia ocasionó varios cambios. Hoy dirige el local, pero ya no está en la barra. Sentado en una de las mesas, un mediodía de abril, con jazz a volumen bajo de fondo y con dos platos de ñoquis verdes humeantes recién servidos, Ottonello cuenta a Galería la historia de El Mingus, donde hay jazz en vivo de domingos a jueves, en doble función, a las 20 y 22 horas —modalidad clásica de los bares de jazz de Estados Unidos y Europa— durante todo el año.
Ottonello, abogado de profesión, tiene 45 años y cuando empezó en El Mingus tenía 29. En los años 2000 un amigo suyo muy cercano llamado Álvaro Pereira abrió La Olla, un pequeño restaurante en el barrio Villa Dolores (en la calle Bernardina Fragoso de Rivera) que comenzó a albergar toques de jazz. “Le fue muy bien, lo tuvo unos pocos años y después se cansó y lo vendió. Los nuevos dueños fueron por otro lado, pero en esos años de La Olla yo vivía ahí, iba casi todas las noches, y ahí me enamoré del jazz y conocí a muchos buenos músicos uruguayos”, recuerda.
Su amigo viajó a Europa por una temporada y a su regreso ambos le dieron forma al proyecto de El Mingus junto con Gerónimo García. “Entre los tres armamos esta casa, pero el gran inspirador fue Álvaro con La Olla”. Luego de la pandemia Ottonello quedó como único propietario. “Por más que hoy no están más en el negocio, Álvaro y Gerónimo son dos amigazos de la vida”, cuenta quien recientemente se formó como sommelier, por lo que, además de la curaduría musical del boliche, también diseña la carta de vinos. La propuesta gastronómica es muy estable desde hace varios años: platos de día, tapas de noche. “Al mediodía la gente quiere comer bien”, dice con seguridad. Y en ese momento menciona que su hermano Martín es quien se encarga de toda la operativa del boliche. “Si no fuera por él, no podría mantener abierto el boliche”.
Santiago Ottonello, propietario de El Mingus
Santiago Ottonello fue uno de los tres fundadores de El Mingus, el único que hoy sigue sosteniendo el mostrador.
Adrián Echeverriaga
A lo largo de los años, en El Mingus se han fogueado decenas de músicos jóvenes uruguayos identificados con el jazz, con la música instrumental y con la escena experimental y de vanguardia. Ha sido el espacio donde surgió una generación de músicos que hoy están en sus 30 y 40 años. Algunos de los más trascendentes son los hermanos Martín y Juan Ibarra, Mateo Ottonello (que nada tiene que ver con el dueño) y Felipe Ahunchaín. En 2012 los Ibarra iniciaron un ciclo de toques los martes por la noche, que se mantiene hasta el presente. Martín, guitarrista y cantautor, está dedicado a su ambicioso proyecto Nair Mirabrat, al frente de una decena de músicos con frecuentes presentaciones en las principales salas montevideanas.
La casa del jazz
Es un placer sonoro y también visual ver tocar a Juan Ibarra —virtuoso baterista y compositor, con dos discos como solista— por su refinado despliegue corporal sobre los platos y parches. “Hace 14 años que toco acá todas las semanas. Es mi casa”, dice sin vacilar a Galería en la vereda del local, un martes de abril, junto al deck, en el intervalo entre las dos pasadas de la noche. Y desgranó un raconto de las formaciones con las que ha tocado allí durante todo este tiempo: “El Mingus es la casa de mi carrera musical. Es mi casa porque siempre tuve la mejor relación con los dueños, porque siempre he tenido las puertas abiertas para hacer lo que se nos ocurra. Mi historia con El Mingus se dio a raíz de mi vínculo con el Flaco Alvarito (Pereira), el Gero (García) y el Negro (Ottonello) en La Olla, donde armamos una jam. En el 2012 empezamos en El Mingus con Maxi Clérici (bajo), Juanita Fernández (batería) y Juan Olivera (trompeta). Tocábamos los lunes con ese cuarteto y después pasé a tocar los martes con Antonino Nino Restuccia (bajo) como dupla fija durante mucho tiempo. El tercero rotaba y por ahí pasaron Diego Goldsztein (piano), mi hermano Martín (guitarra) y muchos más. Después se fue el Nino y entró Juan Pablo Szilagyi en el bajo y armamos trío con Martín durante varios años. Más recientemente se fue mi hermano y apareció Darwin Silva en el piano para formar el trío que somos hoy”.
Otro de los “inventos” de los Ibarra fue el ciclo Domingus Sala, que tuvo lugar durante varios años, los domingos. “Arrancamos allá por el 2014 con un grupo llamado Música Efímera (consagrado a la improvisación jazzera, y que sigue en actividad). Transformábamos el local, sacábamos todas las mesas y lo convertíamos en teatro. Siempre nos dijeron sí a todo. Hoy, además de los toques del martes también programo los jueves, con carta abierta para cualquier propuesta. Ahora estoy haciendo versiones de músicos tan distintos como Radiohead, los Beatles, (Fernando) Cabrera y (Gustavo) Cuchi Leguizamón. No sé si existe otro lugar en el que los músicos tengan esta libertad para programar y durante tanto tiempo”.
El Mingus
Martes de Jazz: Darwin Silva (piano), Juan Pablo Szilagyi (contrabajo) y Juan Ibarra (batería).
“Con los años El Mingus se ha ido convirtiendo en un lugar icónico, por lo menos para nuestra generación, que me parece que representa el jazz en Uruguay, tal como lo hizo décadas atrás el Hot Club o en los 80 la Alianza Francesa. Es la esquina sagrada del jazz. El Mingus también tuvo durante años una jam, los martes, que fue gloriosa, y que esperemos pueda volver”, dice Ibarra.
El pianista Felipe Ahunchaín tiene a su cargo (dirección, arreglos y selección de invitados) el ciclo de los lunes, llamado Residencia Mingus, junto con dos músicos titulares en la banda: Juan Pablo Szilagyi en contrabajo y Juan Manuel Cayota en batería. En marzo el ciclo estuvo dedicado a la música brasileña (Chico Buarque, Caetano Veloso, Tom Jobim y Milton Nascimento); en abril, a cuatro grandes voces femeninas de la canción estadounidense, en un miniciclo llamado Las Heroínas del Jazz: Billie Holiday, Esperanza Spalding, Joni Mitchell y Ella Fitzgerald. Las cuatro solistas fueron Laura Chinelli, Lía Almada, Camila Ferrari y Sara Sabah. En mayo el ciclo rendirá tributo a cuatro grandes figuras de la música uruguaya: Hugo Fattoruso, Eduardo Mateo, Mariana Ingold y Urbano Moraes, quien estará cantando sus canciones. También desfilarán frente a la pared despintada los cantantes Nico Selves, Anita Archetti y Sabrina Díaz.
“Conocí a toda la gente de El Mingus cuando estaban en La Olla, un boliche que estaba en la equina de la casa de mi madre. Era un lugar muy especial”, cuenta Ahunchaín, hijo del dramaturgo y director teatral Álvaro Ahunchaín. “Yo tenía 12 años y ya me dejaban entrar a ver jams de jazz, toques de música brasilera, había gente tocando música todas las noches. Le pedía a mi madre para ir a comer ahí para ver los toques. Yo a esa edad estudiaba piano clásico y ver música en vivo ahí me partía la cabeza. Después ellos abrieron El Mingus y yo ya era más grande. Empecé a tocar ahí, empecé a desarrollar mis proyectos desde los inicios del boliche. Fue un escenario muy valioso para mi formación. Compartir música con esa cantidad de buenos artistas fue clave en mi experiencia. Y ahora hace unos años, después de otros viajes, de vivir en Buenos Aires y tocar a bordo de cruceros, volví a entrar en la esfera de El Mingus. Poder ocupar hoy un lugar en la grilla semanal, estar tocando todas las semanas y poder aprovechar ese espacio para desarrollar ideas y generar proyectos para compartir con colegas, para producir música nueva todas las semanas, es un placer, un orgullo y una oportunidad muy valiosa”.
El Mingus
Heroínas del Jazz: Felipe Ahunchaín (piano), Sara Sabah (voz), Andrés Pigatto (contrabajo) y Santiago Lenoble (batería).
Residencia Ottonello
El baterista y compositor Mateo Ottonello, uno de los músicos de mayor proyección de la escena instrumental montevideana reciente, está entre las principales figuras de El Mingus en los últimos años. Es un músico con un estilo avasallante, que deslumbra por su despliegue arrollador. Fue, por ejemplo, uno de los más aplaudidos en la Musicasión VI que organizó en 2025 Urbano Moraes en El Galpón. Es miembro de una casta de bateristas: su padre, Rubén Ottonello, integró La Triple Nelson y La Tabaré, entre otras formaciones protagonistas del rock uruguayo. Su hermano Camilo, también dedicado a ese conglomerado de instrumentos de percusión, ha formado parte de diversos proyectos jazzeros y de fusión de jazz y música uruguaya. Mateo ha publicado varios discos, uno junto con Hugo Fattoruso (Unno Trío) y tiene un dúo con Luciano Supervielle, con quien llegó a tocar en una obra de la Comedia Nacional (Entre rimas y riberas) que estrenó en Madrid. En marzo, estuvo a cargo de la dirección musical del tributo a Claudio Taddei junto con su hijo Romeo.
Desde 2022, el baterista se presenta todos los domingos en El Mingus con Residencia Ottonello, un ciclo en el que está a cargo de todo. Elige los músicos que lo acompañan y el repertorio. Actualmente, Mateo está radicado en Buenos Aires, en cuya fermental escena jazzera está ganando terreno a ritmo de vértigo. Convocado de manera regular por solistas porteños de primera línea, toca dos o tres veces por semana en Buenos Aires y todos los fines de semana viaja a Montevideo para presentarse en El Mingus, religiosamente. Gracias a sus crecientes vínculos con los músicos argentinos, en el último año tocaron en este bar junto con él el bajista Javier Malosetti y el pianista Hernán Jacinto.
Sobre el final de la charla, Santiago Ottonello contó la historia de la intocable pared despintada que ha proyectado el maravilloso sonido del jazz en varios miles de toques: “Cuando estábamos preparando el local para abrir íbamos a pintar la pared y comenzamos a rasquetear para que cayeran los pedazos de revoque que estaban sueltos. Pero vimos que aparecían las capas de pintura y que la combinación de viejos colores verdes y rosas era perfecta. Así que decidimos dejarla así”.