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    La vida sin talento

    “Florence: la ‘mejor’ peor de todas”, retrata la historia real de una mujer rica, aficionada a la música y sin habilidad para el canto, que llegó a forjarse una carrera de intérprete de ópera y a agotar localidades en el Carnegie Hall

    Cuando un sueño depende exclusivamente de un talento nato, es difícil saber hasta dónde perseguir ese sueño. A veces, para seguir adelante sin un don, se requiere de, además de esfuerzo y obstinación, una falta total de espíritu crítico. Es difícil saber si Florence Foster Jenkins sabía que cantaba mal, pero se empeñaba en creer lo contrario, o simplemente estaba convencida de que de su garganta emanaba una voz prodigiosa. Los últimos años de esta mujer de familia adinerada y de la alta sociedad, que llegó a cantar en el Carnegie Hall tolerando estoicamente los abucheos del público, son los que retrata Stephen Frears (“La reina”, “Philomena”, “Alta fidelidad”) en “Florence: la ‘mejor’ peor de todas”, una película protagonizada por Meryl Streep que ya está en cartel.

    “Este es mi lugar favorito en el mundo. Voy a cantar aquí”. Eso le dice Florence a su marido, St. Clair Bayfield (Hugh Grant), sentada en una de las butacas del Carnegie Hall. Se habían conocido 35 años atrás y desde entonces existía entre ellos una especie de amistad o acuerdo de convivencia en el que primaban el cariño y el respeto y faltaba el contacto carnal. Tal vez nada chispeaba entre ellos, pero todo lo demás estaba. Él la apoyaba y le concedía sus caprichos; ella, con su pose infantil y gestos cándidos, se esforzaba por aprender técnicas que jamás podría ejecutar. Qué triste es la falta de talento cuando el deseo es tan grande.

    Florence, tal como la pinta Frears (con guión de Nicholas Martin), era una señora completamente adorable con una cuota de gracia. No necesitaba de su dinero para ganarse el afecto de las personas, pero ayudaba.

    Florence Foster Jenkins llevaba siempre consigo un portafolios de cuero, tenía una hilera de sillas en su departamento en las que nadie podía sentarse, sentía total rechazo por los objetos puntiagudos y un gusto exagerado por la ensalada de papas. En los banquetes que ofrecía en su casa, por miedo a que no alcanzara, mandaba preparar tanta cantidad que debían almacenarla en la bañera. Estos eran rasgos que su marido conocía al dedillo y se esmeraba por que nadie los pasara por alto contrariándola. Cuando llegaba la noche, él se despedía de su Bunny (conejita, así llamaba a Florence cariñosamente) y partía hacia su otra casa, donde pasaba las noches con su novia Kathleen (Rebecca Ferguson). No se trataba de un engaño, sino de un arreglo. Cuando el pianista de Florence, el joven Cosme McMoon (SimonHelberg, Howard en “The Big Bang Theory”) lo descubre, St. Clair le dice que Florence lo sabe, y que ella entiende, como lo entiende él, que hay “distintas clases de amor”.

    Ella es, visiblemente, la fuente de ingresos, pero St. Clair, un actor para nada descollante, no responde solo a eso. Ese afán suyo por mantener a toda costa eso que él llamaba el “mundo feliz” para Florence (para ambos, en realidad), hablaba puramente de amor. Él hizo todo lo posible por inventarle una realidad paralela a Florence y pudo sostenerla por muchos años en los que ella, ayudada por un alto concepto de sí misma, vivió pensando que era una intérprete excelente. Su marido se encargaba de que sus conciertos fueran en ambientes controlados y él mismo supervisaba a quiénes se vendían entradas y a quiénes no. Les pagaba a los críticos para que escribieran reseñas alentadoras y, a los que se negaban, les prohibía la entrada al concierto y el acceso a Florence. Un día, sin embargo, el entorno se volvió incontrolable.

    Gustar, por las razones equivocadas. Son cosas que pasan. No siempre se gusta por lo que se quisiera gustar. Florence gustaba por su entrega y gustaba por su gracia. Salvo raras excepciones, en que Florence gustaba por su voz. Pero gustaba. Por algo sus conciertos privados en el Ritz-Carlton de Nueva York tenían siempre sus localidades carísimas agotadas. Tenía un público fiel, seguidor: casi todos miembros del llamado Club Verdi de aficionados a la música, que ella misma había fundado, dirigía y en gran medida financiaba.

    En noviembre de 2003, David Bowie elaboró para “Vanity Fair” un listado de la música que había cambiado su vida. En esa lista estaba Florence Foster Jenkins. Bowie la describe como una mujer “rica, social y devota de la ópera”, “felizmente inconsciente de tener una de las peores voces del mundo de la música”, y asegura que el recital en el Carnegie Hall, que tuvo lugar en plena II Guerra (en octubre de 1944) fue uno de los que más rápido se vendieron en ese anfiteatro. Era tal el misterio en torno a Florence y sus pequeños shows a los que solo accedían conocidos, que muchos corrieron a comprar un boleto para saciar su intriga. Florence, que esa noche se cambió tres veces de vestuario, había regalado mil invitaciones a los veteranos de guerra —quería llevarles alegría a los soldados, decía—, por lo que esa audiencia era muy distinta a sus seguidores devotos y contenedores a los que estaba habituada. Allí se encontró con un público voraz e implacable, que empezó abucheándola y terminó animándola a cantar solo para seguir riéndose. Según cuenta Bowie, mientras interpretaba “Clavelitos” (del compositor español Quinito Valverde), la cantante, que entonces tenía 76 años, “se dejó llevar a tal punto puntualizando las cadencias de la canción lanzando pequeñas flores rojas desde una canasta, que la canasta misma, en su entusiasmo, siguió a las flores hasta la falda de una fan que quedó encantada”. Pese a todo ese marco ridículo y grotesco que Bowie pinta, se hizo de un lugar en la lista. Al parecer, Florence no supo lo mal que había salido todo hasta que lo leyó en una crítica.

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    2016-07-14T00:00:00