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Abigail Tucker es norteamericana,
periodista, escritora y, dato no menor, madre de cuatro niños. Con su primer
libro, The Lion in the Living Room, se convirtió en bestseller y
recibió el premio a Mejor Libro Científico de 2016 por LibraryJournal
y Forbes. Ahora publicó Mom Genes: Inside the New Science of Our
Ancient Maternal Instinct (Genes de madre: Dentro de la nueva ciencia de
nuestro antiguo instinto maternal), disponible en Amazon y en el que se embarcó
porque quería una prueba científica de que entre los seres humanos el instinto
materno existe.
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El libro, que por ahora no tiene traducción al español,
da cuenta de que Tucker sacó a relucir todos los recursos del periodismo: leyó,
investigó, entrevistó, comparó y buscó hondo en su propia historia. Y aunque su
hipótesis inicial no pudo ser confirmada al cien por ciento por la ciencia, en
el camino hubo hallazgos más que interesantes. Para arrancar, que más de 90% de
las mujeres del mundo se convierten en madres pero muy pocos científicos las
han estudiado. Para seguir, que si bien los investigadores se han devanado los
sesos para encontrar una versión humana del “patrón de acción fijo” —como
tienen los animales—, todavía no han encontrado uno lo suficientemente
determinante. En un momento se evaluó lo que en inglés se llama ‘motherese’,
esos patrones de habla graciosos y agudos que usan las madres cuando se dirigen
a sus bebés. Había registros de que esto ocurría en buena parte del mundo
occidental e incluso entre madres sordas, pero luego se supo que en muchas
culturas las mujeres ni siquiera les hablan a sus hijos pequeños, y quedó
finalmente descartado.
Pero los descubrimientos más impactantes llegaron cuando
Tucker se metió en el campo de la ciencia médica más pura y dura. Y ahí es
cuando queda más que demostrado —y no creo que exista la madre que lo vaya a
negar— que la maternidad modifica el cerebro de la mujer. Sus estructuras
cambian, se forman nuevas conexiones, mueren otras y, según la universidad de
Leiden, en Países Bajos, se da una pérdida de materia gris que en algunas
mujeres alcanza a 7%. Las lagunas mentales son otro clásico de la maternidad:
se le dice “mamnesia” y alrededor de 80% de las madres la padecen. Esa
sensación de que vivimos desconcentradas, que ya no recordamos todo como antes,
que nos cuesta que salgan o confundimos las palabras… es bastante más que una
sensación. La autora cita a Linda Mayes, profesora de Psiquiatría, Pediatría y
Psicología Infantil en el Centro de Estudios Infantiles de Yale, quien se
refiere a una “economía de atención”. “No es que haya una atrofia. Es solo que
(la madre) está muy concentrada en una cosa. Hasta cierto punto, su biología la
empuja a concentrarse en ese bebé, y entonces algunas otras cosas tienen que
hacerse a un lado”. En promedio, las madres recientes piensan 14 horas por día
en su hijo. A nivel de los sentidos, los cambios también son brutales: eligen y
disfrutan más los aromas que refieren al universo infantil y bastan 48 horas
después del parto para que una nueva madre adquiera la capacidad de reconocer
el llanto de su propio bebé, lo identifique en medio de otros llantos en el
hospital, y solo se despierte con el de su hijo.
El panorama se vuelve todavía más inverosímil cuando se
llega a los hallazgos de orden genético. Algunas investigaciones que se
realizaron en animales y son extrapolables a los seres humanos mostraron que en
el corazón de las madres había células propias y otras que coincidían con el
ADN de sus crías. Lo mismo se vio más adelante en otros tipos de estudios y con
otros órganos, donde las células de esos hijos se colaban en los pulmones, el
hígado, la tiroides o la piel, incluso cuando no habían llegado a nacer.
Todavía no se sabe a ciencia cierta qué hacen esas células infantiles en el
cuerpo de sus madres, pero a juzgar por la influencia que tienen a la hora de
curar o compensar enfermedades, todo indica que están allí para protegerlas a
ellas y a su vez asegurar la continuidad de la especie.
El universo de la maternidad es inmenso; de él se habla
mucho, pero se estudia poco, sobre todo con el foco médico/científico. Cuando
Patricia Mántaras, autora de la nota, periodista y mamá, comentó algunos de
estos datos en la redacción de Galería, donde somos mayoría mujeres y
hay varias madres, muchas entendimos muchas cosas. Lo primero, lo valioso e
importante de compartir las experiencias con otros que hayan transitado
situaciones similares. La sensación de no estar solo no tiene precio. Lo
segundo, que todas nos preguntamos alguna vez si somos buenas madres. No hay
una única respuesta para esa interrogante, tampoco una receta mágica de cómo
hacerlo. De hecho, una vez descartada la teoría del instinto como móvil
fundamental de la maternidad, todo indica que este camino tiene mucho más que
ver con la historia de cada uno, esa mochila que nos acompaña en cada paso. Y
lo tercero, que no hay que cumplir mandatos ni actuar por presión social, y eso
aplica tanto para la decisión de ser madre como para la forma de crianza. Nada
de eso nos vuelve mejores o peores personas. Al finalizar su investigación,
Tucker estaba más lejos que nunca de colocar etiquetas. En una nota publicada
en The New York Times definió al cerebro materno como “una especie de
revoltijo”, o lo que es más gráfico, “como el contenido de la cartera de una
madre”. Ahí no se equivocó, la vida misma.