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El juego de billar de Javier Milei en la política internacional
¿Puede la alianza con los EE.UU. y el “occidentalismo de cruzada” favorecer a Argentina en su reclamo sobre Malvinas, su presencia en el Atlántico Sur y su proyección antártica?
Monumento a los Caídos en Malvinas, ubicado en la ciudad de Buenos Aires.
Como es sabido, la cuestión de las islas Malvinas no representa para la Argentina un simple diferendo cartográfico o un capítulo más en los densos anaqueles de la historia diplomática. Es, en rigor, el único hilo conductor que ha logrado sobrevivir ileso a las fracturas sociales, políticas y económicas de los últimos 150 años. Mientras otros consensos nacionales se desintegran al calor de la polarización extrema, la “causa Malvinas” permanece como un núcleo de identidad compartido, un “territorio mental” que une a generaciones.
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Sin embargo, bajo la administración de Javier Milei, este “significante” —que para el común de los argentinos tiene un carácter arraigado— está atravesando un desplazamiento vinculado a la reorientación drástica de la política exterior. Detrás de los acuerdos con los Estados Unidos (EE.UU.) en materia de defensa, los anuncios de compra de armamento y equipamiento, las fotos oficiales en Ushuaia y arriba del portaviones norteamericano Nimitz frente a las costas de Mar del Plata en aguas del Atlántico Sur, puede entreverse un complejo “juego de billar” geopolítico en el que el gobierno argentino busca obtener beneficios adicionales.
Para dimensionar la estrategia actual, hay que tener presente los significados de Malvinas en el imaginario colectivo. Un significante moldeado por capas temporales que a menudo se contradicen. La primera capa es la histórico-jurídica, que se remonta a la ocupación de 1833 y sostiene el reclamo de integridad territorial como un derecho inalienable. La segunda es la heroica y trágica, forjada en la turba y el frío del conflicto bélico de abril-junio de 1982, donde conviven el orgullo por el valor de los soldados y el repudio a una dictadura militar que utilizó un sentimiento legítimo para intentar mantenerse en el poder. La tercera es la capa contemporánea y prospectiva, que ve en las islas no solo un territorio reclamado, sino una plataforma fundamental hacia la Antártida y una reserva estratégica de recursos hidrocarburíferos y pesqueros en un mundo sediento de energía.
Este espesor simbólico es lo que hace que cualquier movimiento diplomático sea interpretado con una lupa de extrema sensibilidad. Durante décadas, la política exterior argentina osciló entre el endurecimiento de las sanciones —el modelo de “aislamiento” kirchnerista— y la seducción cultural hacia los isleños —el modelo de los “ositos” del menemismo—. Ninguna de estas variantes logró que el Reino Unido aceptara, siquiera, la existencia de una disputa de soberanía, esgrimiendo el principio de autodeterminación de los kelpers, una población que Argentina considera implantada.
Es en este estancamiento crónico donde la gestión de Milei introduce un cambio de enfoque: la soberanía ya no se reclama desde la victimización del “pueblo herido”, sino desde la pertenencia incondicional al eje occidental y sus prioridades de seguridad global. La jugada consistiría en impactar primero la bola en Washington para que el rebote de la influencia estadounidense termine moviendo la posición de Londres en favor de algún tipo de negociación que incluya compartir soberanía.
Washington como el “mediador necesario”
La “lógica de la carambola” explica por qué la Casa Rosada parece hoy más preocupada por sintonizar con el Pentágono que por confrontar directamente con el Foreign Office. La premisa subyacente se define como realista y, para algunos, cruda: ante la debilidad estructural del país, Argentina debe volverse un activo tan valioso para los Estados Unidos que la Casa Blanca se sienta motivada a interceder ante su aliado histórico, el Reino Unido.
En esta jugada, el punto de impacto crítico es la seguridad hemisférica y el control del Atlántico Sur. El reciente anuncio de construcción de una base naval integrada en Tierra del Fuego con participación del Comando Sur de los Estados Unidos es parte de esta búsqueda por desplazar el centro de gravedad logístico regional.
Si Argentina lograra ofrecer una plataforma de servicios, control y rescate hacia el continente blanco que fuera superior en eficiencia y cercanía a la que ofrecen las islas, el valor estratégico de la base británica en Monte Agradable podría perder exclusividad ante los ojos de Washington. El mensaje implícito sería: “Ustedes no necesitan una base británica en el extremo sur si tienen a una Argentina fiel, moderna y equipada custodiando el paso interoceánico”.
Sin embargo, para que esta carambola sea efectiva, Washington debería abandonar su histórica “neutralidad probritánica” y actuar como el mediador que fuerce a Londres a sentarse en una mesa de negociación. El gobierno de Milei apuesta a que, en un mundo de creciente tensión con China y Rusia, la oferta de una Argentina que se autodefine como “faro de libertad en el sur” sea lo suficientemente tentadora como para que el Departamento de Estado empiece a ver el conflicto de Malvinas como un anacronismo que entorpece la arquitectura de defensa occidental en el hemisferio.
Una “teoría del dominó” invertida
La apuesta de Milei se inserta en el reposicionamiento argentino en el cambio de época global. Si en el siglo XX la teoría del dominó temía el avance del comunismo, hoy se presenta una versión invertida: una ola de derechas radicalizadas que ganan terreno en Occidente y en la que Argentina aspira a tener un lugar destacado.
En este esquema, el alineamiento con EE.UU. e Israel es una fuerte movida de fichas en ese juego de dominó y apunta a que el gobierno norteamericano presione a Londres —en especial si figuras como Nigel Farage ganan influencia en la política británica— para encontrar una solución a la cuestión Malvinas que se inscriba en la nueva arquitectura de seguridad occidental.
Los mensajes y gestos del gobierno argentino no dejan margen de dudas: “La Argentina, con el impulso del presidente @Jmilei —señala un comunicado del Ministerio de Defensa que puede leerse en X—, busca consolidarse como el principal socio hemisférico de los Estados Unidos, con una integración política, militar y operativa cada vez más profunda, basada en la cooperación y una visión compartida en materia de defensa regional. Atlántico Sur, Antártida, objetivos de valor estratégico como Vaca Muerta, minerales críticos y recursos naturales forman parte de una nueva mirada sobre la defensa nacional, donde las Fuerzas Armadas también cumplen un rol clave en la protección de estos activos y en la proyección geopolítica argentina” (https://x.com/MinDefensa_Ar/status/2055048427453493511).
En el mismo sentido se pronunció el canciller Pablo Quirno, en una nota publicada en el medio oficialista La Derecha Diario bajo el título La Argentina eligió volver a estar del lado correcto de la historia: “En ese escenario, la Argentina tiene una oportunidad histórica. Pocos países pueden ofrecer al mismo tiempo energía, alimentos, minerales críticos, talento, estabilidad geopolítica relativa y una política exterior alineada con las democracias occidentales. Esa combinación nos permite posicionarnos en un lugar distinto. No como espectadores de la reorganización global, sino como proveedores confiables de aquello que el mundo necesita para producir, crecer y sostener estabilidad” (https://x.com/laderechadiario/status/2056208337155273177?s=48&t=4JyDO8o2-OFXmA5PIGl0QA).
El factor Antártida, un verdadero “premio mayor”
No se puede analizar Malvinas sin mirar el mapa de la Antártida. Londres y Buenos Aires tienen reclamos territoriales que se superponen casi en su totalidad sobre el continente blanco. Las islas son, para el Reino Unido, la “puerta de entrada” legal y logística a ese reclamo. Por lo tanto, la rigidez británica no responde a un capricho sentimental por unas islas lejanas, sino a una visión estratégica de largo plazo sobre el agua dulce, los minerales y la proyección de poder en el último rincón virgen del planeta.
La carambola de Milei intenta entrar en esa discusión ofreciendo a Ushuaia como una verdadera “capital antártica”. Pero aquí el realismo debe ser consecuente con sus premisas: ¿por qué el Reino Unido cedería su llave maestra hacia la Antártida solo porque Argentina se volvió un país más ordenado o aliado estrecho de Washington? La desproporción de fuerzas sigue siendo el factor determinante, y el Reino Unido ha demostrado una paciencia secular para mantener sus enclaves coloniales mientras les sigan siendo útiles.
Los límites del realismo y la incertidumbre del tablero
Suponer que Argentina puede transformarse, de la noche a la mañana, en un actor protagónico en el concierto de naciones resulta una expectativa desmedida, y la Argentina tiene un largo historial, tanto en expectativas desmesuradas como en oportunidades perdidas. ¿Por qué el Reino Unido negociaría con una administración que podría ser reemplazada en cuatro años por otra de signo ideológico opuesto que retome la retórica de la confrontación? La falta de una política de Estado que trascienda la coyuntura de los gobiernos es, quizás, la mayor debilidad de esta jugada, sumada a las restricciones presupuestarias y los ajustes que afectan al presupuesto destinado a la defensa, impuestas por una gestión que se propone “destruir al Estado desde adentro” (Milei dixit).
En conclusión, Malvinas hoy se inscribe en una reconfiguración de escenarios que ofrecen oportunidades no exentas de riesgos. Ya no es solo el reclamo de una nación que se considera lesionada, sino una pieza de ajedrez en un tablero global donde los intereses estratégicos permanentes suelen pesar más que las afinidades ideológicas coyunturales. El éxito de estas movidas se medirá en tiempos más largos que los de una o dos gestiones presidenciales. El tiempo dirá si el alineamiento incondicional con los EE.UU. logra finalmente mover la bola británica. Mientras tanto, el reclamo argentino por la soberanía en las islas Malvinas sigue allí, como un recordatorio de que, en la alta política, las carambolas más ambiciosas son también las que tienen mayor margen de error. Las repentinas “ventanas de oportunidad” también pueden tornarse “cisnes negros”.