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He observado —con énfasis este año que corre— que entre varios calificados formadores de opinión nacionales va surgiendo la idea de rebelarse contra la corrección política, generada esta, a su vez, por la oficialización de algunos de los llamados nuevos derechos. Incluso, más de uno ha planteado que ya las minorías sociales han ido demasiado lejos en la reivindicación o aplicación de esos derechos, prácticamente avasallando los de las mayorías, o al menos sus posibilidades de expresión.
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En principio, lo de ir contra la corrección política como precepto está muy bien. Los periodistas, los pensadores, los científicos en general y en este caso los científicos sociales, tenemos el deber de la actitud crítica. Por otro lado, de nuestro querido Escanlar a Los Simpson y de Vaz Ferreira a Lipovetsky, uno disfruta mucho cómo se ha puesto en duda o en ridículo, según el estilo de cada apellido, lo políticamente correcto. Es más: hoy entre los intelectuales es bastante más cool ser políticamente incorrecto.
Y se ve que un poco cool debo ser, porque considero que acentúa la discapacidad decirle “capacidad diferente”, que acentúa la diferencia racial decirle “afrodescendiente” a un negro, y entre mis amigas feministas —las más abiertas de cabeza, reconozcamos— nos divierte bromear con el “todos y todas” y, ya no bromeando sino en serio, me pone de un humor espantoso el uso del arroba para no poner el masculino o el femenino, porque es como violar a Cervantes o, por ser más adecuado al género, a la mismísima María de Moliner (la Gran Dama del mataburros, como llama mi amigo y colega Daniel Gianelli al Diccionario).
Hay casos que se van de mambo, digamos.
La falta de sentido del humor, por otro lado, es bien característica de los autoritarismos o de los lerdos de entendederas (que muchas veces coinciden, aunque no siempre). El caso de la dictadura de acá no lo cito porque cortaban grueso, con el humor y con todo, aunque también probablemente porque fueron menos totalitarios. Pero cuando viví en La Habana, en los 80, los pobres humoristas profesionales se las veían dificilísimas: no podían reírse de los ciegos, ni de los rengos, ni de los gallegos, ni de ningún extranjero, por supuesto que de ninguna autoridad del rango que fuese; es curioso pero sí podían bromear sobre gordos y mujeres (la esposa, la suegra, las chusmas del barrio), por ejemplo, aunque lo que más abundaban eran los chistes que incluyeran la palabra “gusano”, ahí siempre rendía. Sin embargo, cuando de verdad te morías de risa era con los chistes antifidelistas o con rusos como protagonistas, que a mí, por ejemplo, me hacía un amigo que a su vez los aprendía en las guardias nocturnas de vigilancia revolucionaria que hacía en la sede central de la Juventud Comunista (lo cual, además, era un chiste en sí mismo). Debe ser por eso que, a priori, me cayó gordo lo del tan comentado reciente concurso de humor políticamente correcto.
Porque uno se ha pasado la vida riéndose justamente del diferente: del tartamudo, del mellado, del mariquita (en Carnaval es un clásico entre clásicos), y por supuesto, también de quien está en el poder de lo que sea.
Sin embargo, si uno lo piensa, el concurso tenía un fin que me parece destacable, y que es reflexionar sobre de quién nos reímos. No creo que esto nos sirva socialmente hoy más que para mofarse, una vez más, de las autoridades que lo organizaron, pero es una contribución a la construcción de una nueva cultura. Es evidente que, por más que tratemos de racionalizarlo, quienes fuimos formados en determinada cultura y con determinados códigos de humor ya somos casos perdidos: nos va a seguir causando gracia que nos hagan chistes con el bizco, la mujer a la que le faltan dientes y sonríe, la machona, el gordo, la vieja solterona, el plancha. Pero si generamos en nuestros hijos una visión diferente de la sociedad, ya es probable que ellos no se rían de lo mismo. Los míos no se ríen de un gay muy mariquita, ni de una gorda, ni mucho menos festejan un chiste que tenga que ver con violentar a una mujer, pero nunca los evangelicé con esos temas; simplemente, su padre y yo hemos conversado muchas veces de esos y otros sufrimientos.
Cité el humor al principio, porque me parece que es la expresión más descarnada de la cultura social de cualquier comunidad y a través de él confesamos todos nuestros prejuicios, nuestros miedos y muchas cosas que nos faltan y quisiéramos tener.
Que nadie crea que el humor es ingenuo, o descontextualizado de nuestra ideología; en ese sentido me parece que es un poco como los sueños: los psicólogos se deben hacer panzadas cuando miran profesionalmente a alguien que se pone a hacer bromas. Igual que si se pone a insultar. Alguno dirá que cuando uno dice un insulto no está pensando en el contenido literal del insulto, que solo expresa su rabia, pero vamos, ¿cuántas personas inteligentes pueden creer que la comunidad que te transmitió esa forma de putear no estaba pasándote también un pensamiento determinado sobre tu madre, la prostitución, lo que se entiende por masculinidad, o acerca de la relevancia del tamaño del pene en nuestra vida?
Cambiar una sociedad para hacerla más democrática, para que cada vez más gente sea efectivamente más igual ante la ley en los mismísimos hechos implica cambiar, más que sus leyes, su cultura, esto es, su forma de mirarse unos a otros y de mirar al mundo, y vaya si en eso está implicado el lenguaje, que es por donde se expresan los sentimientos, la ideología, el humor, los conocimientos académicos, los valores en general.
Pero, llegando casi al fin, diré que me fui de tema y no planteé lo esencial: está muy bien cuestionar la corrección política, incluso estoy de acuerdo con que puestas las cosas al extremo de la corrección política, hasta resultan ridículas, pero me parece totalmente equivocado decir que en Uruguay las minorías sociales están atropellando a nadie. Lo que les pasa es que ahora se escucha su voz, pero que nadie se equivoque, y para citar los tres casos más clásicos: fíjense cuántos negros ven en una facultad, incluso en un liceo (aun partiendo de la base de que son poco más del 10 por ciento de la población), fíjense cuántos negros ven en las colas de los refugios del Mides; tomen nota de que las cifras de ONU siguen dando a Uruguay en el primer o segundo lugar alternativamente de los países de la región donde mueren más mujeres por violencia doméstica (y es un error decir que no se contabilizan las muertes de los niños de sexo masculino, es un error) y cuando se habla de los hombres víctimas de violencia doméstica, hablamos de 2% de las víctimas; tomen nota de la cantidad de mujeres que hay en el Parlamento (aun con ley de cuota), en los Directorios de los bancos en particular y de las grandes empresas en general; tomen nota de la cantidad de mujeres en las cátedras universitarias, y tomen nota (son más del 60 por ciento) de las mujeres egresadas de los posgrados universitarios en Uruguay, y por tanto perfectamente capacitadas para estar en cualquier puesto de dirección. Y tomen nota de quiénes se ocupan de organizar una casa y del cuidado principal de los hijos, y tomen nota de a quién se critica y por quién se pregunta si esos hijos son abandonados o esa casa queda a la deriva. Y además háganlo poniendo foco en los hogares pobres y van a ver si ahí las mujeres están avasallando a alguien, y si son negras, ni les digo. Y pregúntense, ya que ahora muchos dicen que parece que los que cuestionan el matrimonio gay son casi discriminados: ¿cuántos empresarios se atreven a casarse con alguien de su mismo sexo? ¿Y cuántos políticos, legisladores, ministros, han declarado su condición de gays? ¿Y cuántos periodistas de televisión son públicamente gays, y cuántos futbolistas, y cuántos terratenientes, y cuántos boxeadores? ¿Están seguros de que está tan bien visto? ¿No creen que en una de esas no lo dicen porque saben que correrá peligro su imagen pública, incluso su posición económica o su reputación académica?
Lo que quizás tenemos que hacer comprender quienes estamos a favor de cambiar la cultura para que cada vez más personas seamos más iguales ante la ley (no iguales a secas, Dios nos libre) es que todos somos víctimas y victimarios de la cultura de la discriminación y que para ir dejando esta de lado tenemos que cambiar aquella, y que cuando nos sentimos avasallados deberíamos preguntarnos si no es que nos están forzando (pacíficamente) a repensar cómo leemos el mundo.