Ramiro Rodríguez Villamil, Kid Gragea, siempre presente en la historia de Búsqueda, que cumple 50 años

Caía el sol en la Barra de Maldonado. Era verano, enero de 1971, un año electoral que ya se imaginaba convulsionado. La voz de Ramón Díaz sonaba firme y clara.

—Ramiro, nos quedaron cosas pendientes, un discurso pendiente, algo que quisimos decir y hacer y no pudimos. Fue una frustración. Pero las ideas las tenemos que seguir peleando. ¿Qué te parece si sacamos una revista para seguir dando la pelea?

Origen tienen las cosas y esta, la del semanario Búsqueda, que aún no tenía ese nombre, la tuvo en torno a dos cafés frente a la costa atlántica. Uno de los cafés lo tomaba el anfitrión, un abogado especializado en economía llamado Ramón Díaz, que entonces tenía 44 años. El otro era uno de sus alumnos más avanzados, Ramiro Rodríguez Villamil, de 28. El año anterior, durante seis intensos meses, habían sido director y subdirector, respectivamente, de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP). Y el sistema político les había pasado por encima.

“¿Qué me llevó a mí a fundar una revista con Ramón Díaz? En realidad, ¡qué lo llevó a él a fundarla conmigo!”, ríe hoy Rodríguez Villamil, abogado y empresario, casado dos veces, seis hijos y 14 nietos, que el 25 de noviembre cumple 82 años, en su apartamento con vista al Parque Villa Biarritz. En diálogo con Galería, para recordar los 50 años del semanario del que fue uno de los fundadores, dice que Díaz era Don Quijote y él sentía que era su Sancho Panza. También dice, y aguanta la emoción, que es “el último de los dinosaurios”, sobreviviente del grupo original que llevó a Búsqueda a ser lo que es; y también que es, y no oculta el orgullo, “el único que ha escrito en todos los números” publicados a lo largo de este medio siglo, de 1972 a hoy. Desde 1981 lo ha hecho como Kid Gragea, el seudónimo con el que firma su columna humorística “No es broma”.

Pero el origen es una derrota, aunque se sabe que las derrotas pueden ser madres de los éxitos. El profesor y el alumno se habían conocido en la Facultad de Derecho, donde Díaz daba clases de Economía Política. Por inquietud propia, él convocaba a unos cursos paralelos a los estudiantes más interesados y ávidos de aprender en el tema. El joven Ramiro era uno de ellos. “Yo me hice amigo de él. Y cuando lo designan director de la OPP, me lleva de subdirector. Eso fue en abril de 1970. Él le llevó al presidente, Jorge Pacheco Areco, un plan de austeridad del gasto público muy severo, pensado para bajar la inflación de dos dígitos a uno. Y también le propuso un proyecto de ley de Rendición de Cuentas pensado para ‘apretar la bolsa’. Pacheco le dijo que sí a todo, pero luego…”.

Luego pasó lo que pasa en todo año previo a una instancia electoral: los técnicos proponen ahorrar y los políticos disponen derroche. “Los ministros rodearon a Pacheco y le dijeron que en el año previo a las elecciones convenía gastar. Nosotros fuimos a la Comisión de Hacienda del Senado a presentar nuestro proyecto de 26 artículos. Estaban Zelmar (Michelini, colorado), Wilson (Ferreira Aldunate, blanco), Alba Roballo (colorada), Dardo Ortiz (blanco), (César) Reyes Daglio (del Frente Izquierda de Liberación), todos pesos pesados que impusieron más artículos para fortalecer a determinados sectores. ¿Resultado? Un texto de 360 artículos que fue aprobado. Nosotros renunciamos en octubre de 1970. Duramos muy poco…”.

Luego de ese revolcón, luego de esa charla de café en Maldonado, llegó el momento de buscar dinero para llevar adelante esa quijotada. El nombre original que Ramón Díaz tenía para esa publicación era El Intransigente. “Empezamos a hablar con amigos, con gente que tuviera ideas liberales en economía. Acá no eran muchos, la economía era muy cerrada. Creamos un grupo llamado Centro Uruguayo de Estudios Económicos y Sociales. Estaban Carlos Végh Garzón (que había sido presidente de la Cámara de Comercio y ministro de Hacienda en la década de 1960, además de presidente interventor del Banco República durante el gobierno de Pacheco Areco), los hermanos (Arturo y Federico) Soneira… toda gente que apoyaba ideas liberales y que estuviera dispuesta a prestarnos unos mangos porque no teníamos plata para fundar una revista”. En total debieron juntar diez mil dólares, que terminaron de devolver a los dos años. No fue fácil, un reconocido contador con mucho prestigio en el ámbito político, bancario y deportivo, aventuró que una revista así “no duraba ni seis meses”. Por suerte, no todos pensaron así.

Una puerta que tocaron fue la del matrimonio de Eduardo Strauch y Sara Urioste, “padres de uno de los muchachos que luego fue uno de los sobrevivientes del accidente de los Andes”. Cuenta Rodríguez Villamil que Ramón Díaz estaba vendiendo de la mejor forma que podía su idea y su título, El Intransigente. En un momento, Sara Urioste lo interrumpió:

—Ramón, ese nombre es horrible, ¡parece que van a la guerra! ¿Por qué no lo cambian? Yo estoy leyendo algo en francés, que está buenísimo: A la recherche d’une meilleure philosophie, en la búsqueda de una mejor filosofía, ¿eso no sería más entrador en la gente?”.

“Y Ramón compró enseguida”, recuerda Rodríguez Villamil. “Entramos con El Intransigente y nos fuimos con Búsqueda abajo del brazo. El matrimonio Strauch fue muy generoso, fueron los que prestaron más plata y a los que primero les devolvimos”.

El arranque. “Me estás llevando medio siglo atrás…”, dice el abogado y se emociona, mientras pasa las páginas del número 1, con un extraño color naranja en la tapa. “Yo escribí estos textos sobre economía nacional y economía internacional…”. Es un ejemplar con más editorial y análisis que información pura y dura en sí. Era un poco el reflejo de la minirredacción inicial: dos personas a las que les gustaba escribir, con la facilidad para ello que tienen los abogados, pero totalmente amateurs como periodistas y “nulos totales como gestores”. A veces se atrasaban y no había más remedio que enviar dos mensuarios en uno.

El número 1 fue publicado en enero de 1972. La edición era mensual, se vendía por suscripción, no había publicidad alguna y su formato era el de un cuaderno chico cuadrado. Si bien aparecía la firma del Centro Uruguayo de Estudios Económicos y Sociales (CUEES), el trabajo recaía casi completamente en los dos ideólogos. Las primeras tiradas fueron de entre 200 y 300 ejemplares. Ni siquiera sus redactores zafaban de pagar por la revista. “Hace poco me saludó un hombre de barba blanca en un shopping. Yo no lo reconocía”.

—Yo era cobrador de Búsqueda. ¡Usted me pagaba la cuota para leer lo que usted escribía!

Él mantiene en su casa “la sellada”, el número cero, ese que puso en tapa la frase de Platón: “Lo que digo no lo digo como hombre sabedor, sino buscando junto con vosotros”. En “el 0” falta el detalle del consejo de dirección, con Végh Garzón como presidente, y el consejo editorial, con Ramón Díaz como redactor responsable. La reunión de producción se limitaba a encontrarse en la casa de uno de ellos, cuando eso era posible, y pelotear temas. Luego escribían, corregían y editaban.

“Yo trabajaba como jefe legal de Laboratorios Roche y viajaba mucho en esa época. Eran épocas en que si había que discutir un contrato tenías que tomarte un avión. Mis interlocutores siempre eran abogados que tenían contactos en el mundo político. De lo que sacaba de un lado y otro armaba mis artículos y mis columnas de política internacional de Panamá, de Venezuela, de Ecuador, ¡una audacia! Al menos tenía buenas fuentes”, se ríe.

El primer gran cambio fue en 1975. Varios integrantes del Centro, ejecutivos bancarios, les ofrecían comprarles espacios para publicidad para solventar la publicación. Díaz se negaba. Había una suerte “de pica” entre Búsqueda y Marcha, el prestigioso semanario que dirigía Carlos Quijano. Eso a veces se traducía en filosos editoriales que iban de un sentido a otro. Pero Ramón Díaz no quería saber de nada con los avisos.

—Si metemos publicidad, van a decir que nos vendimos a la banca internacional, Quijano nos va a dar con un fierro.

Pero Marcha había cerrado en 1974, ya en dictadura. “Dos amigos, Manfredo Cikato y Pablo Fossati (ambos también abogados), nos dijeron a Ramón y a mí que si seguíamos así íbamos al muere, que había que cambiar la filosofía, vender publicidad y traer a un periodista profesional. Ahí entra en juego Danilo Arbilla, que entonces trabajaba con Cikato en Casa de Gobierno. Ahí recompusimos la sociedad entre nosotros cinco, Díaz, Cikato, Fossati, Arbilla y yo. La publicación seguía siendo mensual pero ahora con un formato más parecido a la Time, más una revista, si se quiere. Y como todos los demás éramos abogados, hicimos como los romanos: nombramos dictador a Arbilla para que se encargara de la parte periodística, la línea editorial y la contratación del personal”.

Finalmente, en setiembre de 1981, Búsqueda se transformó en semanario. Desapareció el CUESS. Y llegó para quedarse de forma definitiva Kid Gragea.

Entre Kid Gragea y El Mono. En uno de los almuerzos en los que se preparaba el entonces mensuario, Rodríguez Villamil contó la insólita peripecia que pasó su hermano para conseguir que el teléfono de la casa a la que se había mudado llevara su nombre. La burocracia estatal parecía no entender que un certificado notarial era suficiente para avalar que quien decía vivir ahí realmente lo hacía y pedía si no le podía mostrar “un recibo” de algún servicio. “Arbilla me dijo que escribiera sobre eso mismo y ahí nació Kid Gragea. Eso fue en 1976 o 1977”.

La elección del seudónimo tuvo, por un lado, la inspiración boxística. Era el auge de Kid Pambelé, un colombiano campeón de peso welter. Lo otro, lo de gragea, era más obvio: “Vivía rodeado de ellas, ¡si trabajaba en Roche!”. Cuando se pasó al formato semanal, un tabloide blanco y negro muy inspirado en The Wall Street Journal, su aporte a la causa pasó a ser definitivamente “No es broma”, su columna satírica como reacción a episodios coyunturales, siempre en la penúltima página, siempre apaisada. “Desde que arranqué con el humor no hice otra cosa”.

Sus columnas, basadas en su admirado Art Buchwald, un maestro del humor y la sátira política, ya han sido compiladas en dos libros. Algunos políticos —de todos los partidos— le han retirado la palabra y otros —también de todos los partidos— le han pedido que los nombre, porque siempre viene bien algo de visibilidad.

El humor político, al que define como “un tábano”, era realmente difícil en la dictadura, cuyas cabezas tenían un inexistente sentido del humor. Rodríguez Villamil tiene en su poder una resolución de Presidencia de la República, fechada el 26 de abril de 1984, que anuncia la clausura por ocho ediciones, dos meses, del semanario. Entre los motivos esgrimidos, desarrollados en una redacción de claridad dudosa, se señala la publicación en el número del día anterior de una serie de artículos referidos a la actividad en Argentina de “un ciudadano inhabilitado políticamente y además requerido por la Justicia”, en referencia a Wilson Ferreira Aldunate. Uno de ellos, en la página 31, estaba titulado “¡W.F.A., che!”, en la que se desarrolla “como chasco” (sic) una crónica del retorno del exilio del líder nacionalista, proscripto por el régimen. No hace falta decir quién lo había escrito.

“Inventé ahí un viaje turístico a Buenos Aires donde se incluía la visita a un astillero de siglas A.C.F. (N. de R.: el grupo que respaldaba en Uruguay a Wilson se llamaba Adelante con Fe), donde se iba a construir un lanchón que iba a transportar a 33 personas al país”, se ríe. “Hoy pienso el dolor que fue, nos cerraron dos meses y teníamos que pagar sueldos. Pero nunca nos arrepentimos. Por algo cuando volvimos pusimos ‘la información debe continuar’”.

La dictadura fue la época más difícil. Rodríguez Villamil recuerda “por lo menos tres cierres” del semanario. Ramón Díaz “fue metido preso dos veces, una vez en un cuartel y otra vez en Cárcel Central”. Y él sufrió apremios en la Dirección Nacional de Información e Inteligencia policial, que funcionaba en Maldonado y Paraguay. “Me vinieron a buscar, hay otros que la pasaron mucho peor que yo así que no me gusta mucho hablar de ello… pero me apretaron un rato, me movieron el esqueleto… Había un flaco con una máquina Remington, preguntándome cosas, intencionalidades, tenía ciertas dificultades de lectura y digitalización”, se sonríe con amargura.

Entre los “proscriptos” de la dictadura estuvo, insólitamente, Kid Gragea. Acá estuvo involucrado su otro trabajo. En un momento, los visitadores de Roche volvían de los hospitales públicos, el Pasteur o el Pereira Rossell, con la respuesta de que no se necesitaban medicamentos, que había stock. A través de contactos que tenía el gerente general del laboratorio, un alemán llamado Eric Bahr, mandaron un “globo sonda” para saber si el Ministerio de Salud Pública (MSP) tenía algo que ver con esa postura. Y recibieron una respuesta.

—Mientras tengan al comunista ese que escribe de humor en Búsqueda no le compramos más nada a Roche.

“Se habla de los militares, pero los civiles que trabajaron para el régimen de facto eran peores, solo que no tenían armas”. Rodríguez Villamil no oculta la ironía, ni algo parecido a la bronca. “No te voy a decir quién era el ministro de la época, que era un contador (N. de R.: se refiere a Luis Givogre)”. Para la dictadura, el concepto de “comunista” era insólitamente amplio, incluyendo a personas totalmente alejadas de esa ideología, como él.  Con entonces cinco hijos a los que mantener, Rodríguez Villamil se reunió con Bahr y le dijo que renunciaba a su columna en el semanario. El propio gerente general de Roche lo frenó.

—De ninguna manera. Para lo mal que paga Salud Pública y lo poco que nos compra, que hagan lo que quieran. 

“Entonces hablé con Ramón y con Arbilla y quedamos en cambiarle el nombre a la sección”. Por tres meses, la columna apaisada pasó a ser vertical, el título del espacio pasó a llamarse “Posdata”, y el firmante fue El Mono, el mismo apodo que él tenía de joven. “Cambié un poco el estilo, critiqué otras cosas y los milicos volvieron a comprar a Roche. No se pusieron a averiguar nada, si eran tan torpes…”.

Hasta que se fracturó la mano jugando al tenis y tuvo que ponerse yeso, él escribía sus columnas a mano, con la Parker 51 que le habían regalado sus padres, ambos abogados. “Todos mis trabajos profesionales los hice a máquina, pero me parecía que el humor fluía más con la pluma. En Búsqueda había una santa, Susana Martínez, mandaba las columnas por fax y las tipeaba”. Desde entonces Kid Gragea se pasó a la computadora.

Tiempos que cambian. Ramiro Rodríguez Villamil fue también integrante del consejo directivo de la revista hasta 1999, cuando esta fue adquirida por el grupo empresarial que lo administró hasta este año. Fue testigo de todos los cambios. De los pocos cientos de ejemplares por suscripción que se vendía al principio, se pasó a tiradas de entre 18.000 y 20.000 en épocas preelectorales con la vuelta a la democracia.

Le gusta el actual formato, que incluye fotos en la portada, toda una sorpresa en un semanario donde la palabra siempre tuvo más peso que la imagen. “Eso le da una vida extraordinaria”, dice. Ramón Díaz, fallecido en 2017, director de Búsqueda hasta 1990, cuando el entonces presidente Luis Alberto Lacalle lo nombró presidente del Banco Central del Uruguay (BCU), era más conservador en ese aspecto. De hecho, Galería debió esperar a que aparecieran nuevos propietarios para ver la luz.

—Ramón, ¿qué le parece sacar junto con el semanario una revista con muchas fotos? Serviría para eventos sociales, lanzamientos comerciales, también serviría para vender mucha más publicid…

—Danilo, ¿usted está loco? ¿Cómo vamos a hacer una cosa así? ¡Esto es Búsqueda! ¡Somos política, sociología, economía, filosofía, cultura! ¿Fotos color? ¡Cómo vamos a hacer una cosa así!

“Arbilla hablaba y Ramón cada vez iba frunciendo más el ceño, hasta que lo interrumpió. Entonces, Arbilla agarró su carpetita y la metió en un cajón”, ríe Rodríguez Villamil. “Recién cuando nos fuimos nosotros del directorio y agarraron los nuevos dueños la volvió a sacar. Si de mí hubiera dependido, salía la idea. Pero Ramón era como el filósofo, el dueño de la verdad”.

El único fundador que queda tiene claro en su memoria los encuentros y las reuniones en la vieja casona del semanario de Uruguay y Rondeau con sus compañeros de aquella sociedad. Ahí cambiaban ideas pero no se metían en la parte periodística, tal como habían acordado décadas atrás. Cikato falleció en 2020. Mientras vivía, organizaba en su casa encuentros al que también iba Danilo Arbilla. Con él, pese a vivir cerca, se ven poco. “A Arbilla lo conocí en el mismo sillón donde está sentado usted ahora, cuando vino a entrevistarme mientras fui subdirector de la OPP. No sé si trabajaba en “Hechos” o en “Reporter”. Fue antes de que sacáramos la Rendición de Cuentas que nos costó el cargo”, se ríe. Y extraña. Pese a que Rodríguez Villamil también fue director de radio Sarandí y de Canal 5 durante el gobierno de Jorge Batlle (cuando este se llamaba TVeo), Búsqueda fue un “hijo”, mientras que sus demás incursiones en medios le dieron “sobrinos”.

“Yo extraño porque… cuando uno queda solo, extraña… Esas reuniones eran cambios de ideas, propuestas, cabezas. Ramón hablaba con ese tono docente y uno quedaba maravillado. Pablo Fossati­ dijo en una ocasión que ‘alguna vez en este país va a haber una calle con el nombre Ramón Díaz y ninguna con los nuestros’. Esa era la visión que teníamos de esos encuentros. Yo no estuve en la redacción, por lo que no puedo tener los recuerdos que suelen tener los periodistas”, dice.

Le gusta la actual Búsqueda, insiste. “Siempre es un cordón umbilical con la realidad”. Eso es lo que considera constate, en un organismo que siempre cambia. “Cambia la sociedad, cambian los valores. Incluso el humor. Mi último libro compilatorio es de 2004 y, como el mío es un humor coyuntural, a cada columna tuve que agregarle un copetito que la contextualizaba. Obviamente hoy no escribiría muchas columnas como lo hice, ni tampoco los artículos de economía. Pero ¡con el diario del lunes…!”, reflexiona.

El último dinosaurio del semanario que cumple 50 años no tiene una colección propia en su casa. “No tengo espacio, precisaría una habitación solo para eso”. La que tenía la cedió a la biblioteca de la Universidad Católica del Uruguay, donde su esposa fue docente hasta hace muy poco. “Si la tuviera en casa sería un egoísmo. Ahí está a la mano de los estudiantes de Ciencias de la Comunicación medio siglo de periodismo uruguayo, ver cómo se trabajaron los diferentes temas. Creo que ese es el mejor legado”.