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    Apostando a la fabricación nacional, Aluminios del Uruguay invirtió US$ 1 millón en maquinaria con un horizonte de al menos 30 años

    Con una producción anual de 5.000 toneladas, Aluminios del Uruguay es, desde 1957, símbolo del aluminio en el país. La inversión en tecnología y capacitación del personal le permitió su crecimiento dentro y fuera de fronteras, lo que consolidó a la empresa como el principal exportador de perfiles de aluminio y envases flexibles hacia el Mercosur.

    A pesar de las dificultades ocasionadas por el Covid-19, que afectaron al sector de la construcción, directamente ligado con el negocio de la empresa, su gerente general, Jorge Soler, aseguró que este tiempo les permitió concretar una inversión de casi US$ 1 millón que ya estaba prevista para la actualización de su maquinaria de producción. De esta forma, la compañía apuesta a continuar con la fabricación nacional en lugar de la importación, una alternativa que se hizo frecuente en su sector. “Tenemos un ADN muy industrial y los clientes que nos acompañaron más de 60 años merecen que sigamos con ellos, y también nuestra gente, a la que cuidamos mucho. Lo interesante es que resolvimos nuestro dilema estratégico y tomamos una definición importante”, afirmó.

    Según dijo el empresario, para Aluminios del Uruguay las perspectivas de crecimiento son positivas y confía en que el mercado se reactive en poco tiempo.

    —Son una de las empresas más grandes del rubro. ¿Qué proyecciones de crecimiento tienen para este año?

    —Las inversiones que hicimos en los últimos 12 meses tienen que ver con una confirmación de la continuidad de las operaciones.

    Tenemos dos negocios: uno de perfiles de aluminio, con los que se hacen mayoritariamente puertas, ventanas y fachadas, y otro de envases flexibles, que vendemos en bobinas para envases de alimentos y medicamentos, para etiquetas de refresco o para el envase interno de los cigarrillos. Las nuevas inversiones están concentradas en el negocio de perfiles. Hace un año y medio la maquina central para hacer los perfiles —una prensa de extrusión— empezó a dar síntomas de fatiga, tras 60 años de uso. Todos nuestros competidores paulatinamente han dejado de fabricar y se han dedicado a la importación. Entonces nos preguntamos: ¿seguimos fabricando o nos dedicamos a la importación? Eso incluía también dejar morir entre 80 y 100 puestos de trabajo, y consideramos que era una falta de consideración con nuestros clientes. En el mercado, los perfiles se importan mayoritariamente de China, pero a los clientes les gusta tener una alternativa de proveedor local con quien hablar cara a cara y asegurarse el servicio pre- y posventa. Por eso mismo, decidimos apostar a eso y rehacer toda la prensa. Mientras hicimos los planos, negociamos con los proveedores, se definió la orden de compra y se produjo, una semana antes de la instalación —prevista para el 20 de marzo— se decretó la emergencia sanitaria. Fue difícil, porque sabíamos que todo el trabajo de armado iba a llevar cuatro o cinco semanas, ya que se trata de piezas muy pesadas. Pero decidimos seguir con un protocolo de salud muy riguroso e incluso comenzamos a hacer test aleatorios para que el virus no ingresara. Nos habíamos hecho un stock de seguridad por el tiempo que hubo que parar, pero como también debió detener su actividad la industria de la construcción, la demanda también cayó mientras nosotros no producíamos. Eso nos vino bien para aguantar con el stock y atender bien a los clientes. Así que paramos el 20 de marzo y seis semanas después arrancamos.

    —¿De cuánto fue la inversión para la maquinaria?

    —Fue de US$ 1 millón, y abarcó la prensa de extrusión y equipos nuevos en la planta de anodizado de perfiles. También aprovechamos para redimensionar la prensa y hoy puede tener un 20% más de fuerza. Eso le da capacidad para hacer los perfiles más rápidamente y mejora la calidad.

    —¿Qué consecuencias tuvo la paralización del rubro de la construcción?

    —El depósito de ventas estuvo cerrado por tres semanas, pero aprovechamos para hacer estos cambios. Ahora el mercado está entre 15% y 20% por abajo de lo normal. Pero la demanda local está sostenida y estamos razonablemente contentos con el ritmo, porque hace dos meses previmos que íbamos a estar a este nivel. Es muy difícil en una industria bajar los costos proporcionalmente al volumen, entonces obviamente se está sacrificando rentabilidad. Pero lo más importante en estos casos es la caja: cuando se para una industria sin preverlo, las materias primas contratadas siguen viniendo, la cobranza de los clientes se hace más lenta y se inmoviliza mucho dinero. Pero ya llegó a su mínimo y ahora está empezando a recuperarse muy de a poco. Tenemos un ADN muy industrial y los clientes que nos acompañaron más de 60 años merecen que sigamos con ellos, y también nuestra gente, a la que cuidamos mucho. Lo interesante es que resolvimos nuestro dilema estratégico y tomamos una definición importante que soportara nuestra producción por los próximos años.

    —¿Los afectó la situación sanitaria y económica de los países vecinos?

    —Exportamos perfiles a Argentina y Brasil, y alguna cosa también para Bolivia y Perú. Y así como la demanda en el mercado local bajó, también lo hicieron las exportaciones.

    Del lado argentino nos afectaron fuertemente las medidas tomadas por el gobierno, como las licencias no automáticas, así como la dificultad para que los importadores puedan girar el dinero para pagar la mercadería que compran. Y del lado brasileño, desde que el dólar está a 5,5 reales, se volvió muy difícil competir. Hoy para ese mercado somos caros; ya hemos pasado por ciclos de seis meses en que las exportaciones son muy chicas y después los precios relativos se vuelven a acomodar, y allá vamos de nuevo. Pero siempre digo que la actividad industrial en estas latitudes es un poco insalubre, sobre todo si te dedicás a los vecinos. Ahora estamos trabajando por debajo de nuestra capacidad.

    —¿Cómo son las perspectivas para después que pase la pandemia?

    —No estoy muy de acuerdo con que vaya a haber cambios permanentes después de esta pandemia; estamos confiados en que el mercado va a resurgir. Hay algunos pilares distintos a hace un año, como el tipo de cambio, que se hizo más competitivo. Eso fue algo importante: con las materias primas, que son en dólares, no cambió nada, pero la energía, la mano de obra y otros insumos locales bajaron su costo en dólares y eso fue positivo. Si no, hubiera sido muy difícil subsistir con esta caída de demanda.

    —¿Cuál es el valor principal que Aluminios del Uruguay ha mantenido desde sus inicios?

    —Es una empresa totalmente nacional. Fue una subsidiaria de la multinacional Aluminios de Canadá (Alcan) desde 1957 hasta 1997. En ese año Alcan decidió desinvertir en América Latina y un grupo de gerentes compramos las acciones. Fue solo un cambio de paquete accionario: la cultura familiar que teníamos —con buenos procesos y sistemas, un cuidado especial del medioambiente y de la salud— se mantuvo. Y ahora se viene la tercera generación.