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    Bicentenario “olvidado”

    Sr. Director:

    Muchos uruguayos conocen o tienen información que 9 de Julio se llama la calle de Buenos Aires más ancha del mundo (en realidad son tres calles paralelas) y los uruguayos mayores (muy mayores) recordarán también que “9 de Julio” es el título de un tango que, si no me falla la memoria, tocaba la orquesta típica que dirigía Juan D’Arienzo.

    Montevideo, que se mira el ombligo, en su nomenclatura encontró lugar para recordar fechas patria de Italia, Estados Unidos, España, Francia, pero no lo encontró ni tuvo memoria, sin embargo, para homenajear nuestro 9 de Julio. Va en ese olvido, que no es el único, a mi modo de ver, un complejo de inferioridad que los uruguayos padecen desde que se han propuesto ser distintos de lo mismo.

    Lo que, muy probablemente, los uruguayos no saben (porque el establishment se ocupó de que no lo supieran o que, en el mejor de los casos, pocos casos, no lo valoraran) es que el próximo sábado 9 de julio cumplimos doscientos años de nuestra independencia de España. De esta amnesia es responsable todo el sistema que sostiene la actual República Oriental del Uruguay. La prensa en todas sus modalidades, la enseñanza en todos sus niveles, en fin, la clase pensante, que tiene el poder y modela la opinión pública, desde las últimas décadas del siglo XIX, en que se da cuenta que la provincia fue definitivamente amputada por Pedro I, es la que tomó a su cargo la tarea de hacer a los uruguayos, que no existían, al socaire del aluvión inmigratorio que no venía a discutir y, mucho menos, a cuestionar, el origen más o menos turbio del país al que avecindaban.

    Esta —9 de julio de 1816— es la fecha de la independencia de España del conglomerado que fuera el Virreinato del Río de la Plata y que, tímidamente, empezó a denominarse “República Argentina” con la Provincia Oriental formando parte de ella desde los remotos tiempos de Solís cuando aún no tenían nombre. Fue por una neurótica decisión inconsulta de Artigas, que esa misma Provincia Oriental no tuvo sus diputados en la asamblea reunida en Tucumán y, en consecuencia, no firmó el acta de la Declaratoria, como tampoco lo hicieron las otras provincias bajo su férula. Es Francisco Antonio de Escalada quien, a nombre del Cabildo de Buenos Aires, el 13 de setiembre de 1816, toma juramento por la independencia declarada en Tucumán, con un discurso que empieza: “Ciudadanos argentinos: el decreto augusto de la emancipación […]”. Como se puede leer, se dirige a todos los ciudadanos, a los que enviaron representantes a Tucumán y a los que estuvieron omisos.

    Sí, fue en aquel día y lugar, cuando los representantes, reunidos en Asamblea declaran: “Nos, los representantes de las Provincias Unidas de Sud-América, reunidos en congreso general, […] declaramos solemnemente a la faz de la Tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas e investirse del alto carácter de nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli […]”. Argumentar que las provincias que no estuvieron presentes no son alcanzadas por esta declaración, es un sofisma que no sería decoroso rebatir. Tanto es así que ya sea Entre Ríos como Santa Fe, Corrientes o Misiones, se consideran parte de esa independencia y como tal la recuerdan y la festejan. Solo la Provincia Oriental tiene que achicar su historia, reduciéndola a silencios, para que quepa en el espacio a que quedó reducida desde aquel 27 de agosto de 1828 en que los orientales volvieron a ser independientes, hasta el día de hoy, y no por su voluntad, sino por disposición de don Pedro de Bragança, fecha que la clase pensante también eliminó, no solo del almanaque, sino del recuerdo de los uruguayos.

    No cambia la cosa el hecho de que esta declaración de independencia en 1816 (que no hace mención a la propuesta —la primera de las veinte Instrucciones— del Congreso de Abril de 1813), fue, sin duda, prematura como, con más razón, lo había sido aquella iniciativa venida de Tres Cruces.

    España no había preparado a sus colonos indianos para una vida “independiente”; no dejó cuadros aptos para hacerse cargo de la situación una vez eliminados los virreyes; la administración, no ya la política, quedó a la deriva.

    Dice De Gandía, y yo lo comparto, que “1810 puso en libertad de acción las pasiones más terribles.” Sí, a partir de aquel 25 de mayo, al implosionar la carcomida estructura colonial (la expresión, no el verbo, es de Pueyrredón) se desató la lucha por los despojos del poder; fue sin pido y sin vallas.

    Con la instalación de la Primera Junta se inaugura el régimen de gobiernos fraudulentos en que unos entraban por la puerta y otros salían por la ventana; algunos podrían tener mando pero ninguno mandato y nadie autoridad.

    En esa borrasca política, se daban palos de ciego porque faltaba todo. Faltaban hombres, faltaba experiencia, faltaba cultura. Lo dice José Pedro Ramírez: “Nacieron estas colonias de la América Española bajo la influencia de aquella civilización de supersticiones y de tinieblas que extendió por toda la Europa el despotismo sangriento y tenebroso de Felipe II. ¿Podía esperarse que esas colonias se convirtieran en pueblos libres, regidos por las más avanzadas instituciones, sin convulsiones, sin luchas, sin anarquía y despotismo? […] Todo faltaba para establecer la mancomunidad política y el desarrollo regular de la vida social o administrativa […] No existían pues, ni capitales, ni crédito, ni caminos, ni garantías para la vida y hacienda, ni siquiera comunicaciones postales capaces de estimular el intercambio de ideas o de intereses”.

    En aquel páramo, aquellos primeros argentinos, deslumbrados por las luces del Siglo del que estaban tan distantes, declaran una independencia sin estar preparados para asumirla. Pero lo hicieron. Y los uruguayos modernos ni se enteran, so pretexto de que, como la Provincia Oriental no estuvo representada tanto como no lo estuvieron Santa Fe, Corrientes, Misiones y Entre Ríos, pueden desentenderse del asunto.

    Estas cinco provincias ausentes que giraban en lo que, modernamente, llamamos la Liga Federal (una entelequia que de repente apareció y se esfumó en un par de años), participaban de una misma matriz económica y tecnológica y sus cinco partes coincidían en un caudillo: Artigas, que no era afecto a las asambleas, salvo las que él mismo pudiera manipular, en ejercicio de la autocracia de que se sentía investido. En esas circunstancias, debió olfatear que la de Tucumán se le podía escapar de las manos y, como hoy decimos, le hizo el boicot (según Acevedo, “le hizo el vacío” y Maiztegui, con más delicadeza, dice que “declinó la invitación.”)

    De todas maneras, los rioplatenses (no digamos los “argentinos” para no herir susceptibilidades y mover gazmoñerías) cumplimos nuestro primer bicentenario de vida independiente. Los uruguayos, que por aquella época todavía no existían —por algo el himno no los nombra— deberían superar ese complejo de inferioridad que los aqueja, al que recién me referí, y aceptar la fecha patria y festejarla como un hecho común a la región que era hasta aquel 27 de agosto de 1828, cuando, en una “trapisonda de cancillerías” (la expresión es de Bruschera) nuestro propio país borró con el codo sus victorias militares y claudicó, firmando en Río de Janeiro un documento vergonzante, por el que entregaba dos provincias, una de ellas —Misiones— reivindicada en una de las Instrucciones de 1813, y la Oriental, particularmente estratégica porque cerraba el Río de la Plata y daba acceso a la red fluvial más importante del sur sudamericano. Guido y Balcarce, oficiando de plenipotenciarios, le entregaron al Brasil, en la mesa de negociaciones, la victoria que se le había escapado en los campos de batalla.

    Proponiendo un proyecto de organización política a base de “pactos” (la literatura lo llama “federación”, aunque nunca emplea esa palabra), proyecto que no fue discutido ni menos aun considerado porque era, sin duda, ucrónico y utópico, Artigas, aun sosteniendo esas ideas un tanto extravagantes, fue, por encima de todo, leal al principio de la unidad nacional que, enfáticamente, proclamó en el Congreso de Abril; esa unidad nacional, aun sin mencionarla, es la que se proclama independiente de España el 9 de julio de 1816, hace ahora doscientos años.

    Artigas se retiró cuatro años después, tan terco y tan argentino como había vivido y luchado, aun en el error, porque también él estuvo envuelto en el afán de poder que no le dejó ver el bosque. De todas maneras, a él también le alcanza la independencia que conmemoramos.

    Guillermo Vázquez Franco