N° 1689 - 22 al 28 de Noviembre de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDecía Paul Valéry que la misión del arte es sorprender la vida sin detenerla. Si tenemos a la vista la suerte y los destinos de la novela, podríamos añadir que por lo general ese acto de asalto a la existencia mientras el vivir está ocurriendo tiene lugar específicamente en la juventud y se refiere a la fase de crecimiento e iniciación forzosa de los protagonistas: es lo que se ha dado en llamar el bildungsroman, esto es, la novela de formación de la que notoriamente “Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister” es un perfectísimo modelo.
El mismo Goethe ya había ensayado algo con las meditadas penas de Werther, pero esa novela está demasiado concentrada en un episodio como para que se la reconozca en la propuesta un tanto más polifónica y cronológicamente más dilatada que será característica y emblema de las aventuras del joven Meistery de su vasta heredad literaria. Para hacer justicia: no es Goethe quien empieza a jugar ese juego del bildungsroman; tiene por lo menos dos ilustres precedentes que en verdad deben ser considerados esbozos del género particular y no representantes con derecho propio. Uno de ellos nos relata los infortunios de una especie de un infeliz joven que nació directamente en las aguas del río Tormes, que fue despreciado por su padre, apaleado por el hambre y por los sucesivos amos a los que su madre lo confió en vista de no poder alimentarlo. El otro ejemplo conspicuo no es menos desdichado en su albur: se trata del involuntario discípulo de un filósofo infamado por Voltaire, que cuanto más escucha más ignora, que cuanto más vive más oscuro le resulta su amo y maestro.
No quiero incurrir en vanos formalismos; me parece que tanto Cándido como Lazarillo distan bastante de las pretensiones coincidentes del bildungsroman, donde el avance del protagonista hacia la madurez, si bien es igualmente iniciático, está excesivamente encerrado en símbolos y conceptos (ambas novelas son eminentemente filosóficas) y no se vincula con las entrañables trazas de las complejas realidades afectivas de la formación. Para encontrar psicología, para ir hacia lo íntimo y a la vez entrar en diálogo con las circunstancias sociales y culturales de los personajes en su camino de crecimiento, hay que cruzar Goethe en sentido descendente, buscar su huella, su mandato. La operación nos pone de lleno en el apogeo del género y en su absoluto siglo, que no es otro que el XIX.
Para mí hay cuatro obras que representan y casi agotan taxativamente los recursos de bildungsroman; tres de ellas son “Barry Lyndon”, de William Thackeray, “Rojo y Negro”, de Stendhal y “Jane Eyre”, de Charlotte Brontë. La cuarta podría multiplicarse en varias porque lleva la firma irrepetible de Dickens, por lo que bien convendría hablar indistintamente de “Oliver Twist”, de “Grandes esperanzas” o de “David Copperfield” como de un solo discurso expresado por distintas contingencias y personajes en una sociedad poco propicia a la comprensión de los problemas con que deben lidiar los adolescentes en su resignado o prepotente afán de apropiarse del mundo. Los personajes homónimos de esos textos y aquel retorcido Julien Sorel de irreconciliables complejos constituyen, a no dudarlo, monumentos de lo fatigoso que resulta crecer en los brazos de la incertidumbre, de la incomprensión, de las tentaciones con las que los adultos oficiales emplazan el desconcierto juvenil. Y también estos personajes son leales espejos de su tiempo, es decir de los valores que persisten y se manifiestan pese a los muchos esfuerzos de la simulación organizada.
El siglo siguiente, al menos en su primera mitad y pese a las tribulaciones de Marcel frente a las muchachas en flor de la costa de Balbec, libertó a los jóvenes de complicaciones sentimentales y de carreras ascendentes en el gran rodeo de los méritos sociales. Ya no le importan los inútiles devaneos de un Frédéric Moreau veleidoso, envarado y cínico, ni la inmoralidad vulgar y preciosista de Bel Ami.
El medio siglo XX inicial es, aunque parezca raro, en este punto decididamente conformista; se parece más al disparatado Dionisius de “Yellow Crome” (Aldous Huxley) que frente a los demás busca honradamente un sueño pero para sí es puro soponcio; a Stephen Dedalus preguntándose de qué modo levantar un destino heroico sin más armas que el perplejo orgullo de la tradición y unas cuantas lejanas admiraciones; es Emilio Sinclair tratando de absorber el fuego de Demian y no sabiendo que a la primera vuelta de su camino lo estará esperando Gregorio Samsa para mostrarle que no debe esperar; que es inmoral, por inútil, eso de esperar, que cualquiera sea la salida, nunca se sale.
El bildungsroman ha muerto. Los jóvenes ya dejaron de crecer.