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Uruguay crecerá 1,6% en 2026, según el Banco Mundial; una “superestrella” en otro siglo que se apagó
El organismo actualizó las proyecciones de crecimiento económico con sesgo a la baja y describe un “entorno macroeconómico desafiante” para América Latina y el Caribe
Fachada de la sede del Banco Mundial, en Washington DC.
En vísperas de las reuniones de primavera —boreal— del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), que tendrán lugar entre el próximo lunes 13 al sábado 18 de abril, en Washington, estos organismos están actualizando sus proyecciones de crecimiento económico.
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El BM lo hizo este miércoles 8, al presentar el informe Panorama Económico de América Latina y el Caribe: reconsiderando la política industrial. En el caso de Uruguay, proyecta una expansión de 1,6% en 2026 —una tasa más magra que el 1,8% del año pasado— y de 1,9% para el 2027.
La tasa de crecimiento prevista para el 2026 por el organismo multilateral es inferior al cálculo de 2,2% que todavía manejan las autoridades económicas uruguayas, aunque ya adelantaron que seguramente lo ajustarán a la baja.
En promedio, también América Latina y el Caribe (ALC) moderará su crecimiento respecto al 2025. En efecto, el organismo multilateral estima ahora que su Producto Interno Bruto (PIB) aumentará 2,1% en 2026, por debajo del 2,4% registrado el año pasado. Para el próximo año, proyecta una ligera aceleración, cuando la región crecería un 2,4%.
Las perspectivas moderadas reflejan un entorno macroeconómico desafiante, en el que los elevados costos de endeudamiento, la débil demanda externa y las presiones inflacionarias derivadas de la incertidumbre geopolítica frenan la inversión privada y la creación de empleo, describe el BM como contexto.
Uruguay, “superestrella”
Con perspectiva histórica, el informe cita otro documento reciente del organismo —titulado Recuperar el siglo perdido de crecimiento: desarrollo de economías de aprendizaje en América Latina y el Caribe— para sostener que la región “ha tenido problemas de crecimiento desde mediados del siglo XIX, cuando países como Finlandia, Suecia, Japón, Corea, Portugal y España, que tenían niveles de ingreso comparables” a los latinoamericanos, “despegaron y convergieron hacia los niveles de Estados Unidos”. Mientras tanto, durante el siglo siguiente, la región “se estancó de manera persistente en torno a un 30% del ingreso de Estados Unidos. (…) Y lo que es más deprimente, las superestrellas (...), como Argentina, Uruguay y, en menor medida, Chile, que a mediados del siglo XIX tenían ingresos similares a los de Francia o Alemania, perdieron terreno durante el siglo siguiente y convergieron con el resto” de América Latina.
Añade que el “problema del bajo crecimiento y sus determinantes” puede comprenderse y descomponerse de manera más clara gracias a datos con mayor confiabilidad que comienzan a estar disponibles a partir de la década de 1960. Desde entonces, los subperíodos se pueden dividir de manera aproximada por la prevalencia de medidas intervencionistas; primero, la industrialización por sustitución de importaciones que se extendió de 1965 a 1989, y terminó con la aparición del Consenso de Washington, que promovió un comercio más libre. Luego, de 1990 a 2008, se dio un período de reformas favorables al mercado que culminó con la crisis financiera mundial. A esto le siguió un lapso, de 2009 a 2023, en el que los países comenzaron a experimentar nuevamente con medidas intervencionistas. Según el análisis del BM, si bien el desempeño de América Latina y el Caribe fue mejor durante este segundo período, “lo sorprendente es que, en todos los regímenes de políticas”, resultó “considerablemente peor que Asia, y el crecimiento de la productividad siempre ha sido deficiente”.
Ahora, restaurar la confianza empresarial, desbloquear la inversión privada y aumentar la productividad son tareas esenciales, según el organismo. En una presentación para periodistas, funcionarios del BM indicaron que la región cuenta con fortalezas estratégicas sobre las cuales construir: aproximadamente el 50% de las reservas mundiales de litio, un tercio del cobre, una matriz energética relativamente limpia y, en varios países, un impulso reformador que “va ganando terreno”.
Papel “minimalista”
El informe divulgado hoy señala que, actualmente, la política industrial se está reconsiderando en todo el mundo. “La frustración generada por las bajas tasas de crecimiento” en la región y en muchos otros países en desarrollo “ha llevado a cuestionar el papel minimalista del Estado en la política de crecimiento. Ademas, existe una inquietud sobre cómo prepararse para aprovechar mejor las nuevas oportunidades planteadas por la transición energética y los cambios en el orden económico mundial”.
Así, agrega, una nueva literatura académica ha proporcionado evidencia sólidamente fundamentada del éxito de las intervenciones gubernamentales dirigidas a sectores específicos en las economías milagrosas asiáticas, mientras que las sucesivas administraciones estadounidenses, referentes de la economía de libre mercado, han participado en intervenciones a gran escala de la industria naciente en energía verde y fabricación de chips y, más recientemente, en políticas arancelarias proteccionistas. Del mismo modo, afirma que, en los últimos 15 años, Argentina y Brasil han realizado esfuerzos para promover determinadas industrias, mientras que Colombia y México aumentaron el número de medidas de protección comercial.
El BM entiende que un complemento necesario de toda estrategia de crecimiento es desarrollar la capacidad para apostar, a través de una gama de nuevos productos, procesos, tecnologías y mercados que aumentarán el crecimiento de la productividad en todos los sectores en los que participa la región, identificar nuevas áreas de ventaja comparativa y aprender de esa experimentación para gestionar progresivamente inversiones más complejas. Esto, a su vez, sugiere cuatro elementos para una estrategia de crecimiento “exitosa”: desarrollar las capacidades en todo el espectro del capital humano y las instituciones relacionadas con el conocimiento para asimilar nuevas tecnologías e identificar nuevas oportunidades; facilitar la experimentación por parte de las empresas y la difusión del riesgo en mercados financieros bien desarrollados; maximizar los beneficios de la integración en la economía mundial; y, como requisito previo a los tres primeros, “fortalecer el Estado”.