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    Capitalismo de la belleza

    Columnista de Búsqueda

    N° 1813 - 30 de Abril al 06 de Mayo de 2015

    Lipovetsky querría enumerar supuestas devastaciones de la economía liberal; pero la tarea se le revela inútil y ni lo intenta. Prefiere rendirse ante las novedades que observa en la fase actual del capitalismo. A saber: la estetización del mundo. No desconoce ciertas homogeneidades que ya señaló Marc Augé relativas a los no-lugares, a la crasa indiferenciación de aeropuertos, centros comerciales y carreteras, pero su mirada se abre para mostrar las notas de esta nueva época que no es aquella en la que la producción industrial y cultural remitían a universos separados sino la época “en que los sistemas de producción, distribución y consumo están impregnados, penetrados, remodelados por operaciones de naturaleza fundamentalmente estética. El estilo, la belleza, la movilidad de los gustos y las sensibilidades se imponen cada día más como imperativos estratégicos de las marcas: lo que define el capitalismo de hiperconsumo es un modo de producción estético. En las industrias de consumo, el diseño, la moda, la publicidad, la decoración, el cine, el mundo del espectáculo crean en masa productos cargados de seducción, promueven afectos y sensibilidad, organizan un universo estético y proliferante y heterogéneo mediante el eclecticismo de estilos que se despliega en él. Con la estetización de la economía vivimos en un mundo caracterizado por la abundancia de estilos, de diseños, de imágenes, de historias, de paisajismo, de espectáculos, músicas, productos cosméticos, sitios turísticos, museos y exposiciones”.

    Constituye un horizonte fértil asomarse a esta perspectiva de análisis, tomar conciencia de las variaciones que ocurren en nuestra civilización. El libro de Gilles Lipovetsky y Jean Serroy La estetización del mundo. Vivir en la época del capitalismo artístico (Anagrama) es un estudio sobre la emergencia de este fenómeno. Para los autores hay cuatro edades de la llamada estetización del mundo: la primera corresponde a la funcionalidad ritual del arte, donde lo estilístico está íntimamente ligado a la organización religiosa o mágica. Allí el arte no tiene existencia autónoma, “informa de la totalidad de la vida: rezar, trabajar, intercambiar, combatir”. La otra edad es la de la estetización aristocrática, que tiene su domicilio en el Renacimiento y viene a representar “el advenimiento del artista separado de la condición de artesano, con la idea del poder creador del artista-genio que firma sus obras, con la unificación de las artes particulares en el concepto unitario de arte en sentido moderno, que se aplica a todas las bellas artes, con obras destinadas a complacer a un público adinerado e instruido y no ya simplemente responder a las exigencias de los dignatarios de la Iglesia. Adquiere relieve la misión propiamente estética del arte y el artista debe esforzarse por eliminar todas las imperfecciones y buscar imágenes acordes con lo que hay de más y armonioso en la naturaleza”.

    Luego tenemos la estetización moderna del mundo, donde el arte “se impone como un sistema con elevado nivel de autonomía que posee sus vehículos de selección y de consagración (academias, salones, teatros, museos, marchantes, coleccionistas, editoriales, críticas, revistas), sus leyes, sus valores y sus propios principios de legitimidad. Conforme se autonomiza el campo artístico, los artistas reivindican con fuerza una libertad creadora para componer obras que no tienen que rendir cuentas más que a ellas mismas y que ya no se pliegan a las exigencias de ‘fuera’. Una emancipación social de los artistas muy relativa porque viene acompañada por una dependencia nueva, la dependencia económica respecto de las leyes del mercado”.

    Por último, aparece la novedad de este libro, que es la era transestética, que se destaca por un nuevo universo en el que las vanguardias se integran en el orden económico “y son aceptadas, solicitadas y sostenidas por las instituciones oficiales. Con el triunfo del capitalismo artístico, los fenómenos estéticos no reflejan ya pequeños mundos periféricos y marginales: integrados en los universos de producción, comercialización y comunicación de los bienes materiales, constituyen inmensos mercados organizados por gigantes económicos internacionales. Finalizado el mundo de las grandes oposiciones reivindicativas, arte contra industria, cultura contra comercio, creación contra entretenimiento, será en todas estas esferas donde habrá la mayor creatividad. (…) Después del arte para los dioses, el arte para los príncipes y el arte por el arte, lo que triunfa ahora es el arte para el mercado”.

    Si es verdad que todo lo bueno es bello, como decía Platón, no podemos sino concluir que esta fase del capitalismo que nos ilumina Lipovetsky es de síntesis, integra dos reclamos fundamentales de la existencia: la libertad y el crecimiento incesante de los intercambios y la belleza, el revestimiento de lo espiritual en lo material. Recomiendo este libro que ya nos está hablando de una era posterior a la posmodernidad.