Nº 2075 - Nº 2075 - 11 al 17 de Junio de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHace más de 30 años, en un viaje a Buenos Aires, yo estaba sentada en la mesa de un bar y su imagen estaba en el televisor que colgaba frente a mí. La miré con curiosidad, la conocía —ya era muy famosa—, pero no sabía de qué iba ese programa que llevaba su nombre: Hola, Susana. Se movía sobre sus tacos altísimos, en su vestido estrecho, con la estética de diva de siempre. La melodía era pegadiza y se escuchaba una voz, la suya, muy desafinada. Me acuerdo de que uno de los entretenimientos consistía en adivinar cuántas nueces había en un frasco, ella se sentaba frente a un escritorio con teléfonos y recibía las llamadas que, por cierto, tenían un costo para el televidente. También había entrevistas a la beautiful people argentina, una tarea periodística que la estrella devenida en entrevistadora remaba como podía. Y, cómo no, los Susanos, un pianista, el Maestruli, y el encargado de los sorteos al que Susana convocaba con un latiguillo: Marcelito, ¿estás ahí? El programa olía a dinero y Su a glamour: una mezcla explosiva que, vista desde hoy, parece haber precedido y hasta anunciado la era menemista que se iniciaría en 1989, apenas dos años después.
Recuerdo que pensé que aquello era la quintaesencia de la puerilidad. Estoy segura de haberle comentado a mi acompañante que en Uruguay sería imposible trasmitir un show con ese nivel de pobreza intelectual, y quién sabe si no acompañé la sentencia con una risita suficiente. En mi defensa debo decir que yo era muy joven, y que la vida se encargaría de enseñarme algunas cosas: pocos meses más tarde el programa estaría en un canal uruguayo y, para mi humillación, sería de los más populares. Nunca escupas para arriba, me susurra hoy la experiencia.
En aquel 1987 Susana Giménez ya era famosa. Modelo, actriz de cine y de teatro, vedette —en los tiempos que existía el sustantivo “vedette”—, chica Playboy, pareja de un boxeador famoso, de un actor famoso, y al año siguiente sería la esposa de un polista famoso. Grabó discos, comercializó una muñeca a su imagen y semejanza y fue la efigie de dos estampillas postales.
El flechazo inicial de los televidentes se transformó en amor incondicional, y desde entonces pasaron muchos años: con otros nombres y pocas diferencias en el formato, el programa que juzgué con aquella ligereza se mantuvo más de tres décadas, y ella terminó siendo una de las grandes divas de la televisión argentina, una de las personalidades más importantes de su país, un fenómeno apoyado por su vínculo con el “gran público”. Quizá porque ella, Susana Giménez, la mujer que en la televisión nunca dejó de hacer el papel de Susana Giménez, que se interpretó siempre a sí misma hasta el cansancio, hizo vivir a sus espectadores la ilusión de proximidad que sienten los voyeuristas. Sus carcajadas estridentes, sus furcios, sus olvidos, sus actos fallidos mostraban a una diva glamorosa pero al alcance de todos, una estrella pero sin guiones, una mujer que ni baila ni canta pero lo intenta, una diva que muestra o insinúa que debajo de las lentejuelas del personaje está la Su verdadera, tan familiar, tan cercana. ¿Algo más? No, aparentemente eso era todo: una superficialidad vendida como autenticidad.
“El encanto del personaje se relaciona entonces con el placer derivado de liberar al televidente de un peligro: el abismo del sentido, la búsqueda de lo profundo, la emergencia de lo que no se ve y debe ser significado”. Y si bien es cierto que el hecho de liberar al televidente del trabajo de la búsqueda de lo profundo fue una de las razones de su impresionante éxito televisivo, parecería que la intensa vida de amores y escándalos terminó de seducir a la gente, siempre lista a comprenderla en sus pasiones. Y a acompañarla en sus emprendimientos comerciales, para bien de sus cuentas bancarias. Tanto la comprendieron sus fans que hasta miraron para el costado en algunos momentos opacos de su carrera: uso de autos para discapacitados, presuntas amistades con la dictadura, lucro con una fundación dudosa, y favores fiscales del entonces presidente Menem.
Pero a toda estrella le llega el momento de hacer mutis y, en medio de la actual crisis argentina, Telefé le dio el esquinazo: ya no tendría su espacio en el 2020. Después de una vida de fiestas, lujos, amistades con ricos y poderosos, negocios millonarios, amores y desamores, Su tuvo que resignarse a vivir aislada y solitaria en su Olimpo personal, lejos del pingüe negocio que la volvió millonaria. Y lejos, cada vez más lejos de los televidentes que la amaron, que idolatraron esa imagen satinada que los exoneraba de cualquier complicación intelectual.
Pero algo comenzó a fallar en su conexión con la gente. Tal vez fue a causa de sus protestas por el encierro, o por el viaje de Buenos Aires a Punta del Este en jet privado, en medio de una cuarentena obligatoria y en uso de permisos no demasiado claros. O a causa de sus palabras, dichas con la eterna voz de pito entre mohines: “Dejen de hablar de la pobreza, si hay mucha pobreza que vaya la gente al campo”, o “hay que enseñarle a la gente del norte a plantar, a tener gallinas en el gallinero, qué sé yo, cosas así”, o “yo todo lo que tengo me lo gané trabajando”, o “no pueden vivir todos de dádivas”, o “no quiero mantener vagos”. Las críticas y el repudio no tardaron, tampoco los insultos.
Más de 30 años después la gente vio caer el velo, vio lo más descarnado de una maquinaria que sintoniza con la vulgaridad, con la banalidad y el egoísmo, no a la persona espontánea y auténtica que creyeron ver, sino un mecanismo cuidadosamente diseñado para vender buzones, esquilmar seguidores y amasar una fortuna. Lo extraño es que tantos se extrañaran. Pero el público es veleidoso, hoy tiene un ídolo de cartón pintado y mañana tendrá otro. Porque muerto el perro, no siempre se acaba la rabia.