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    Clientelismo cool

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2078 - 2 al 8 de Julio de 2020

    “Una de las peores cosas que leo en redes (no, mentira, leo cosas mucho peores) es la idea que un ciudadano debe votar ‘agradecido’ a aquel partido que ‘le votó’ leyes. Bien, no somos una sociedad medieval en donde el siervo le agradece la protección al señor feudal, somos una sociedad democrática consolidada en donde el voto ciudadano tiene múltiples dimensiones y en donde el ‘agradecimiento’ no es mandatorio para nadie. Que placer será cuando salgamos de la Edad Media mental y lleguemos al siglo XVI... perdón XXI”.

    Ese parrafito lo escribí en redes hace un par de días, a partir de un intercambio previo en Twitter con Rafael Di Donato. En ese diálogo, el exdirector de Tránsito de la Intendencia de Salto llamaba “deshonesto” al comunicador Sergio Puglia y lo acusaba de “bastardear” a quienes “defienden sus derechos”. En resumen, de no mostrarse “agradecido” con el Frente Amplio. Es recurrente el ataque a Puglia, de quien hasta hace poco nadie parecía recordar que lleva más de 30 años en televisión y a quien una parte del frenteamplismo eligió como blanco porque cometió la osadía de criticarlos y, en el colmo de la afrenta, hacer público que no vota al FA. Como tampoco lo hace medio país, por cierto.

    Me pareció llamativo que una persona que ha pasado por la responsabilidad pública fuera tan... no encuentro la palabra, ¿áspera?, con una figura mediática que, como él mismo reconocía, seguramente la haya pasado mal en tiempos pretéritos, dado que Uruguay no era especialmente amable con los homosexuales. Y también me impactó esa concepción patrimonial del voto, como si en vez de que los partidos tengan que salir a convencer al ciudadano de sus bondades, sean los ciudadanos quienes deben rendirles pleitesía a los partidos. Como si fueran miembros del fan club de una estrella pop o feligreses de un culto. Por otro lado, y hasta donde sé, los gais vienen partiéndose la cara por sus derechos desde mucho antes de que partido alguno hiciera suyos sus reclamos, por lo cual difícilmente estén en deuda con nadie en ese rubro. Y menos Puglia personalmente.

    Saldada esa charla fue que escribí el párrafo inicial de esta nota. Y entre los comentarios que ese párrafo recibió me llamó la atención uno que decía que en realidad lo que yo llamaba “agradecimiento” era simple racionalidad: si uno es inteligente y mira qué hacen los gobiernos por uno y por los demás, elegir el correcto es simplemente usar la razón. Claro, nítido, simple. Yo creo, en cambio, que esta visión, pese a su disfraz de razonamiento, es pura ideología y no precisamente una ideología democrática. ¿Por qué? Porque supone que quien no vota lo mismo que uno, lo hace por ser irracional, por no entender las cosas como deben ser, como son.

    Si ese mecanismo en apariencia “racional” fuera real, no haría falta un sistema de partidos. Bastaría con tener uno solo, que podríamos llamar El Partido, que sería aquel en el que confluiría, de manera natural, toda la racionalidad disponible en la sociedad. Sin embargo, sabemos que una democracia real no funciona así y que ninguno de los partidos realmente existentes es el reservorio de la racionalidad, mientras los demás (junto con sus votantes) son pura irracionalidad. De hecho, creo que esa idea es alarmantemente cercana al totalitarismo. Por no hablar de que es irónico que sean precisamente los votantes de un partido que cuestionó durante décadas el nefasto modelo clientelar construido por los partidos tradicionales, quienes propongan variantes cool de ese mismo clientelismo.

    Descartado el argumento de la “racionalidad”, apareció otro, diametralmente opuesto, que si bien no justificaba el linchamiento en redes al que se viene sometiendo a Puglia desde hace meses (incluidos varios patéticos intentos de boicot), sí que lo entendía. ¿Por qué? Porque a Puglia le faltaría “empatía” con los suyos. Que vendrían a ser los gais, ya que, según esta peculiar mirada, una persona es solo un aspecto de los cientos de cosas que realmente es. Puglia, dice el argumento de la “empatía”, tiene el deber de hacer tales y cuales cosas por el colectivo LGBTQ+ y no debería desalinearse de sus consignas, ya que esos son los suyos.

    Esa mirada reduccionista parece olvidar que cada persona es el cruce de un montón de elementos que funcionan de manera sincrónica y diacrónica: uno puede ser gay, hincha de Rampla, empresario, amante de la muzzarella, estar a favor del aborto y en contra del libre comercio, defender los derechos de los animales y, cada tanto, comer carne, todo en un mismo presente. Y, a la vez, cargar la mochila de su experiencia: puede haber sido boy scout, vivido en Honduras, haber sido seguidor juvenil de la NFL, estudiado las culturas del norte de Marruecos, cursado dos años de Magisterio o haber sido miembro del fan club de la revista Billiken. Somos resultado de todos esos cruces y todos esos cruces nos hacen quienes somos, seres únicos. La idea de que somos una sola cosa y que esa cosa es nítida, perfecta e idéntica a sí misma a lo largo del tiempo, no es real. No somos un solo aspecto de nuestra identidad, somos mil cosas, muchas de ellas chocan entre sí, algunas nos gustan, otras las somos a pesar nuestro. Somos humanos.

    La empatía (según la RAE: 1. f. Sentimiento de identificación con algo o alguien. 2. f. Capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos) no parece ser un valor exigible a nadie en el terreno político, ya que es una construcción completamente subjetiva, voluntaria y que varía en cada persona. Una empatía que fuera compulsiva para los ciudadanos, Puglia entre ellos, no sería lo que nos dice la definición del término. Si la empatía es un sentimiento o una capacidad de identificarse, no se puede obligar a nadie a dirigir sus afectos hacia tal o cual zona o colectivo. No existe una “norma empática” que sea exigible en la charla pública. A menos, claro, que se crea que determinados sentimientos deben ser obligatorios.

    Lo cierto es que parte de la conversación política se procesa de esta manera en las redes, esa piscina verdosa en la que seguimos intentando jugar al fútbol. Un lugar en donde exjerarcas de gobierno hacen ásperos comentarios sobre ciudadanos, solo porque no les gusta lo que esos ciudadanos opinan. En donde en nombre de la “racionalidad” se sugiere que media población es irracional. En donde en nombre de la “empatía” se acepta el acoso a una persona que pertenece a un colectivo que, se supone, se defiende y se respeta. Por supuesto, Sergio Puglia no necesita que nadie lo defienda, se defiende solo con sus actos y con su trayectoria profesional. Pero siempre conviene recordar el dicho: “No podés amar a la humanidad en general y cagarte en la gente en particular”. Contradicciones del clientelismo cool.