N° 1800 - 22 al 28 de Enero de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa puntualidad es una condición natural del orden y también la secreta armonía de la historia, donde los hechos que cambian el mundo —como los pies de las palomas de Nietzsche— ocurren en un momento preciso y al amparo de circunstancias muy precisas.
Elíjase el acontecimiento que se quiera: el cruce del Rubicón o la mañana de los puñales en el Senado, el choque naval de Actium, la coronación de Carlomagno en la Navidad del 800 o el camino de salvación emprendido por “el mínimo y dulce” Francisco de Asís o la memorable batalla de San Crispín, la misa al papa Marcelo, el Discurso del método, la captura de Varennes o el problema de la nota presumida y flotante en la obertura de Tristán e Isolda o la poesía de Mallarmé Un coup de dés jamais n’abolira le hasard o la primera tópica del doctor Freud, o la acuarela de Kandinsky de 1910, punto de partida del arte abstracto; o el subsecuente pistoletazo de Sarajevo. O la arenga de Churchill bajo las bombas y el alarmante telegrama de Kennan. O mejor aún: la grabación de She Loves You en la esperanzada efervescencia de 1963, la pilule, el VIH, la conciencia ambientalista, el discurso de Reagan anunciando la guerra de las galaxias y retando al imperio soviético a disolverse, a entregar sus armas y cambiar de régimen o, en la misma línea, el concierto de Michael Jackson en la parte occidental del Muro de Berlín y también, obviamente, la ansiada caída del muro, aquella fría y clara noche de noviembre de 1989 que nadie debería olvidar sin culpa. Ninguno de estos hechos podrían haber ocurrido en otro momento que en el que ocurrieron, generando los resultados que finalmente dieron; estos hechos son lo que son para la historia porque supieron ser oportunos, exactos; porque vinieron en el momento justo, no antes, no después.
Para contrastar, hoy quiero mencionar dos cartas de la historia de la literatura que destacan por su impuntualidad y por tanto, en cuanto equívoco fatal, están, podría decirse, en la raíz de toda tragedia. Una de ellas tiene lugar en las inmediaciones del puerto de Áulide, según Eurípides. Agamenón, que ha ofendido a la implacable Artemisa, jactándose de cazar ciervos en un bosque sagrado, corre el riesgo de ser linchado por los generales y la soldadesca griega que se juramentó partir a Troya a reparar la ofensa de Paris. La diosa, fastidiada ante la soberbia del capitán de los ejércitos griegos, le exige que entregue a su primogénita en sacrificio, pues de lo contrario las naves nunca podrán salir del puerto. Ante ese dilema, al principio Agamenón prefiere pensar con la vanidad del poder y no con el amor del padre y envía a su esposa una carta encareciéndole que traiga a Ifigenia, pues le encontró un marido perfecto. En medio de la noche, sin embargo, la conciencia y el instinto lo trabajan hondo y se arrepiente de haber tomado esa decisión. Por eso escribe una segunda carta, que le da a un mensajero bajo el rótulo de máxima prioridad; pero Menelao, su hermano y principal agraviado por la audacia de Paris, intercepta el correo y destruye la carta. Conclusión: Ifigenia vendrá a celebrar llena de ilusión las bodas que su padre le arregló con un príncipe aqueo, pero encontrará la pira que los griegos montaron al pie del templo de Artemisa para calmar la ira de la diosa y, con ello, recibir la bendición de los vientos sobre las quietas velas del puerto.
La otra carta es trágica de otro modo: no por el desenlace, que ya ocurrió, sino por la ocasión en la que aparece. Tiene que ver con la fuga de Albertine, cansada de los maltratos, de los turbios celos, de la incomprensión, de las ruines suspicacias de Marcel. Una mañana decide abandonarlo, aunque lo sigue amando. Cuando Marcel se entera de la noticia queda estupefacto, clavado en el lecho por varios días, con las cortinas bajas. Entre tanto, Albertine fue a la casa de su tía, cierta tarde salió a cabalgar, el caballo tropezó y ella murió de la herida. Esa misma mañana de su muerte, la joven le había escrito a Marcel ratificándole su amor y manifestando su deseo de volver, pero la lentitud del correo determinó que a él le llegara primero la noticia de la tragedia y luego la carta de amor en la que ella ruega la posibilidad de estar juntos por siempre. Imagine el lector el estado del alma de Marcel frente a esa cruel impuntualidad de los servicios de correo de Francia. Comenzó, nos dice Proust, la muerte del alma, el fin de toda esperanza; el océano amargo, incoloro, banal y doloroso de la resignación. Que no deja crecer ningún fruto.